Los arzobispos toledanos (LII)

Antolín Monescillo y Viso

De 1892 a 1897.

Hijo de Nicasio Monescillo y María Viso, labradores, nació en Corral de Calatrava (Ciudad Real) el 2 de septiembre de 1811 y fue bautizado al día siguiente. Recibió la confirmación el 29 de diciembre de 1816.

Comenzó a estudiar latín en su pueblo. Su profesor le puso bajo la protección del deán de Toledo, paisano suyo. A los doce años comenzó sus estudios en Toledo, que continuó hasta convertirse en licenciado en Cánones y doctor en Teología. Su carrera académica fue brillante.

Siendo catedrático de Teología Pastoral en Toledo se hizo amigo de Zorrilla, a quien animó a dedicarse por completo a la poesía. También colaboró con amigos periodistas dando lugar a un importante foco del naciente periodismo católico español.

El 25 de septiembre estaba ya tonsurado. Al año siguiente recibió las Órdenes Menores. Fue ordenado sacerdote en 1836, con 25 años.

Desempeñó varias cátedras en el Seminario Mayor de Toledo hasta que en 1835 obtuvo por oposición un curato en el arzobispado toledano. Tenía una amplia cultura y era un maestro de la lengua castellana, destacando como notable escritor y orador de primer orden. Publicó numerosos artículos en defensa de la religión y sus pastorales, sermones y panegíricos, reunidos en seis tomos, son modelos en su género.

Publicó un vasto número de escritos. Y colaboró con publicaciones como “El Católico”, “El Pensamiento Español”, “La Esperanza”… hasta que su carrera periodística se vio interrumpida en 1842 a consecuencia de los disturbios que ocasionaron su exilio y el de otros sacerdotes toledanos.

¿Por qué se produjo el exilio?. Estando vacante la sede toledana, la reina María Cristina había presentado como sucesor a D. Pedro González Vallejo, que no era del agrado de Roma. A su muerte en 1842 se nombró sin más como Vicario Provincial al que fuera su provisor, como si fuera una sede vacante. Un grupo de sacerdotes se oponía a esta lesión de los derechos de la Santa Sede y firmaron una representación a la reina que fue redactada por Monescillo. Como consecuencia, cuarenta de los firmantes fueron detenidos, y Monescillo tuvo que huir a Madrid, escondiéndose en diferentes lugares y pasando penurias, hasta que finalmente se entregó, siendo desterrado a San Sebastián y exiliándose en Francia, lo que le granjeó un creciente apoyo antiliberal y conservador dentro de la Iglesia española.

Con la mayoría de edad de Isabel II y bajo el gobierno de Narváez, Monescillo regresa a España.

El 13 de marzo de 1849 fue nombrado Vicario General y Juez Eclesiástico Ordinario de Estepa (Sevilla). Desempeñaba, al tiempo, el oficio de Examinador Sinodal en varias diócesis y fue también nombrado Caballero de la Real Orden de Carlos III el 2 de julio de 1849.

Suprimido el vicariato sevillano en 1852, fue nombrado canónigo de Granada, permutando la canonjía en 1853 por otra en Toledo, donde fue promovido a maestrescuela el 6 de abril de 1858 y se dedicó al profesorado, volviendo a ocupar la cátedra de Teología en el Seminario.

En 1861 se convirtió en obispo de Calahorra, época difícil pues, a consecuencia del Concordato de 1851, se trasladó la sede episcopal a Logroño y se creó la diócesis de Vitoria a costa del territorio calagurritano.

En 1865 fue promovido a la sede de Jaén, donde revitalizó el clero, haciendo que fuese ejemplar en su ministerio, contara con una recta formación y viviese modestamente. También realizó numerosas visitas pastorales para estimular la fe del pueblo jienense.

La penuria económica de la Iglesia durante el Sexenio, iniciado en 1868, llevó a cerrar la mayor parte del Seminario de Baeza, manteniendo abierto el de Jaén. Durante el Sexenio se exendió una ola de persecuciones y abusos sobre la Iglesia, cerrando, saqueando y quemando iglesias y embargando fondos eclesiásticos.

Fue elegido diputado por Ciudad Real de las Cortes Constituyentes de 1869, aceptando con el único propósito de defender la unidad católica y manteniéndose al margen de las luchas políticas.

Al preparar la nueva Constitución, se habló de la posibilidad de reconocer la libertad de culto. Para protestar por ello, varios prelados asistieron a las Cortes, y se reunió tres millones y medio de firmas a favor de la unidad católica. El esfuerzo fue en vano, porque finalmente la libertad de culto fue reconocida.

Así pues, Monescillo, en las sesiones del 13 y 14 de abril de 1869, dijo lo siguiente:

La nación española, y en su nombre las Cortes Constituyentes, desean restablecer la justicia, afianzar su libertad y la seguridad y desenvolver la prosperidad en bien de cuantos viven en España. ¡Qué nobilísimo intento el de la comisión! Esa es vuestra aspiración, es la mía, esa es la de todo el que siente la justicia y la equidad; nunca le agradeceremos bastante a la comisión este arranque de nobleza y de verdadera rectitud de miras: ¿quién no querrá ir a dónde la comisión le quiera llevar? ¿Quién no querrá establecer la justicia, afianzar la libertad y la seguridad, y desenvolver la prosperidad en bien de cuantos moran en España? Señores, establecer la justicia, ¡cosa santa, cosa grande, cosa admirable!

Mi antigua escuela decía que una de las propiedades trascendentales era el unum, la unidad. ¿No es verdad esto? Yo no comprendo la variedad de religiones: si todas son iguales, no hay ninguna religión: voy a decir sinceramente cuál es en esta materia el pensamiento cristiano, cuál es el pensamiento pagano, cuál es el pensamiento político, y al llegar a este punto, será cuando entre a examinar el proyecto de Constitución. Oigo a un pagano, gloria de la elocuencia y de la literatura, quien acercándose ya al cristianismo, habiendo visto los primeros albores de la luz, de esa luz magnífica que irradia, de Nuestro Señor Jesucristo, decía a los que andaban dando culto a diferentes dioses: “Dejaos de locuras, dejaos de insensateces: aut Deus non est, aut unus est; o no hay Dios, o es uno”. ¿No es verdad, señores diputados, que hiere la grandeza de este pensamiento? Pluralitas Deorum nulitas Deorum: a pluralidad de Dioses, nulidad de Dioses; a pluralidad de religiones, nulidad de religiones. Ved, pues, por qué yo vengo a apoyar la unidad religiosa, porque creo que si todas las religiones son falsas, no hay moral verdadera: la moral se asienta en la religión.

El diputado que os dirige su humilde voz no habla en nombre de la Iglesia, porque no representa ni es digno de representar a la Iglesia. En la Iglesia Católica no hay Iglesia española, ni francesa, ni italiana: hay dos palabras que no caben en el Catolicismo, aunque el Catolicismo es muy grande, muy vasto, universal, que todo lo abarca. ¿Sabéis cuales son esas dos palabras? El yo y el nosotros; el yo no cabe en la Iglesia Católica; el nosotros no cabe en la Iglesia Católica.”

La actuación de Monescillo en el Congreso a favor de la unidad católica fue muy comentada, y muy especialmente la primera parte de su discurso, que tuvo una amplia y favorable resonancia en la prensa española de todos los bandos.

En 1869 marchó a Roma para participar en el Concilio Vaticano I, donde tuvo un papel muy activo, siendo elegido para la Diputación “De Fide”, compuesta para tratar las cuestiones de fe.

En Roma participó en los debates conciliares para la elaboración de un catecismo único para la enseñanza en la Iglesia universal.

Fue declarado senador por Vizcaya en 1871. Su objetivo fue enaltecer la enseña de Dios, Patria, Rey y Fueros.

Convocó un sínodo diocesano en 1872 para aplicar a Jaén los principios del Syllabus y del Concilio Vaticano I y adaptarse a la legislación eclesiástica emanada en el periodo del Sexenio y, en especial, la libertad de culto, los matrimonios civiles y los cementerios.

Monescillo se enfrentó al Ministro de Gracia y Justicia en el mismo año en que se estableció la I República, 1873, debido a la supresión de la jurisdicción de las Órdenes Militares. También se enfrentó con el jefe del Gobierno, Ruiz Zorrilla, por intentar someter a la censura civil todas las pastorales, edictos y demás disposiciones emanadas de los prelados españoles, a la vez que se incautaban los archivos eclesiásticos. Fue una época de fuerte anticlericalismo y feroces ataques a la unidad española.

Alfonso XII fue proclamado rey el 29 de diciembre de 1874, derogando el matrimonio civil y mandando nuevo embajador a Roma.

Llegada la Restauración, donde el poder se ejercía por turnos y de forma pacífica por parte de los conservadores y liberales. Estos últimos eran profundamente anticlericales y se dedicaron a atacar continuamente a la Iglesia, haciéndola objeto de insolencias, burlas e insultos de toda clase. Durante este periodo se reconoció la confesionalidad del Estado español, pero tolerando los otros cultos.

En 1877 fue propuesto por el Gobierno conservador para la sede arzobispal de Valencia, tomando posesión el 5 de octubre.

En las elecciones de 1886, la Iglesia valenciana animó a los fieles a no votar a los candidatos librecultistas. Sin embargo, los liberales triunfaron y los anticlericales se cebaron contra los dogmas, los religiosos y los sacerdotes. Buen ejemplo de ello fue Blasco Ibáñez.

Como había hecho en Jaén, Monescillo comenzó su tarea en Valencia centrándose en el clero y en la labor pastoral.

En 1878, de acuerdo con los obispos sufragáneos, presenta en las Cortes la petición de contar con mayor influencia del principio religioso y del episcopado en la redacción de las leyes y reglamentos de instrucción público. También promovió el envío al Papa de escritos colectivos por provincias eclesiásticas, iniciativa bien recibida en Roma, y que provocó dos intervenciones de Roma ante problemas españolas: el 1 de enero de 1870, cuando los prelados residentes en Roma protestaron contra la introducción del matrimonio civil; y el 6 de enero de 1883, en la que enviaban los obispos españoles su adhesión a la encíclica “Cum multa” de León XIII.

Monescillo encargó a los Jesuitas la dirección del Seminario, pero la idea contó con detractores y no terminó de funcionar.

A partir de 1880 se creó y extendió por Valencia la Adoración Nocturna. En 1883 se fundó el Patronato de la Juventud Obrera y, en 1884, Monescillo autorizó la apertura de una casa para asistir a las mujeres y a las obreras, lo que sería el germen de la futura Congregación de las Esclavas de María Inmaculada. Además de todo ello, Monescillo protegió la fundación y expansión de diversas congregaciones religiosas y potenció la devoción a la Virgen de los Desamparados.

Tras una impresionante y muy activa labor pastoral, el Papa León XIII le creó cardenal en 1884 con el título de “San Agustín in urbe”, imponiéndole la birreta cardenalicia el rey Alfonso XII.

A partir de 1885, debido a su avanzada edad y a estar a punto de morir ahogado por una crecida de aguas, redujo su actividad.

En 1885 la peste se cebó con Valencia. En este contexto, Monescillo se esforzó, con éxito, para que los valencianos de alto poder adquisitivo colaboraran con los más desfavorecidos. Él mismo empeñó sus alhajas y su paga para socorrer a los desvalidos, del mismo modo que años atrás había hecho en Jaén al vender su automóvil.

En 1889 celebró el III Concilio Provincial, en el cual se ordenó que en cada diócesis sufragánea se estableciera un colegio para que los hijos de familias pobres pudieran, abonando una módica pensión, morar en calidad de internos y seguir su vocación apartados del mundo.

El Concilio también trató el tema del integrismo, la reforma de las costumbres y una impugnación de errores. Roma aprobó y publicó los decretos conciliares en 1891.

Ese mismo año, Monescillo realizó otra reforma estructural del Seminario, convirtiéndolo en uno de los mejores de Europa.

El 11 de julio de 1892 León XIII preconizó al cardenal Monescillo para la sede primada.

De Toledo, Monescillo había escrito años atrás lo siguiente: “hay atmósferas en las cuales se ahoga quien no respira tradición y piedad. Roma y Toledo ofrecen este curioso espectáculo”.

En una entrevista a “El Liberal”, el 31 de octubre de 1894, declaró: “Yo no me encuentro a gusto más que en Toledo (…). Por este cielo y este país me intereso tanto, que preferiría ser sacristán de nuestra Primada que Arzobispo de Valencia”

Antes de entrar en Toledo, paró en Madrid para recibir el palio en la capilla privada del palacio madrileño de su amigo el Conde de Guaqui. Lo recibió del hasta entonces obispo de Madrid, Ciriaco María Sancha, ya preconizado para sustituirle en Valencia y que terminaría siendo también Arzobispo de Toledo.

Tomó posesión de la archidiócesis por poderes el 12 de agosto de 1892, entrando en persona a Toledo el día siguiente. Llega a una diócesis grande, con 457 parroquias atendidas por un buen número de sacerdotes, concentrados sobre todo en la capital. Solo la Catedral albergaba en su seno tres cabildos canonicales: el de la Iglesia Primada, el de la Capilla Real y el de la Capilla Mozárabe. Contaba también la diócesis con ocho conventos de religiosos, que Monescillo amplió a diez, 56 de monjas de clausura y varios de religiosas de vida activa.

Los canónigos eran, vista la situación, una fuerza importante en la diócesis y, Monescillo que fue miembro del Cabildo Primado lo sabia. Para ello al igual que hiciera en las diócesis anteriores, intentó remediar en lo posible las posibles irregularidades e injusticias interesándose por la reforma de los Estatutos y logrando establecer una economía más racional y saneada.

Como hiciera en Jaén y Valencia, multiplicó sus deferencias con la corporación, reconstruyó a sus expensas la Ermita de Santa Maria de la Cabeza. Posteriormente mandó edificar una casa aneja, que regaló al Cabildo para que los capitulares pudieran retirarse a ella a realizar los Ejercicios Espirituales. Después de muerto los albaceas de su testamento entregaron a la corporación capitular un pectoral y un anillo, ambos de valor, para que formasen parte del tesoro de la Virgen del Sagrario.

Con respecto al clero, atenuó las dificultades de los pontificados anteriores, convocando cinco concursos de curatos y defendiendo a sus párrocos contra el anticlericalismo y el caciquismo imperantes. Llegando inclusive a adelantar de sus fondos la paga de un mes para todos y cada uno de sus curas cuando vieron retrasadas sus nóminas, debido a un incidente con el Habilitado. Aunque alejado de la política desde muchos años antes, en los últimos tiempos de su vida evolucionó hacia el partido tradicionalista, y al ser autorizado el culto público de los protestantes, protestó por escrito. Se mostró partidario de la celebración de un concilio nacional con la intención de definir de una manera precisa la división de lo temporal y lo espiritual.

Ya en los últimos años de su vida escribió una Salve a la que puso música el maestro Mancinelli, siendo interpretada por primera vez en el templo madrileño de San Francisco el Grande el 8 de diciembre de 1892.

En noviembre de 1894 publicó una carta dirigida al cardenal Vaughan, arzobispo de Westminster, defendiendo la política de reconciliación entre los anglicanos y el papado.

Estando convaleciente y en la cama casi todo el tiempo, el Cardenal no asistió ya, desde 1894, a actos oficiales, dejando de escribir obras extensas y abreviando sus pastorales, ahora menos densas y menos rigurosas que antes. Dejó de leer la prensa y se enteraba de las noticias importantes por sus familiares, por lo que algunas de sus actuaciones estaban muy influidas por los puntos de vista de sus colaboradores.

El 28 de julio de 1897 recibió el Viático, debido a su grave estado, en una ceremonia que duró hora y media y a la que asistieron varias autoridades. El 7 de agosto se comunicó oficialmente que Monescillo había recibido la Extremaunción.

Ya en su lecho de muerte recibió la noticia del asesinato de Cánovas. Reuniendo fuerzas dictó desde la cama un telegrama a la Reina Regente, otro a la viuda y un tercero al General Azcárraga, que era el encargado de formar un nuevo gobierno. Este fue el último acto de presencia de la persona que siempre estuvo atento a las relaciones Iglesia – Estado y a las vicisitudes por las que pasaba España.

Antolín, de la Santa Iglesia Romana Cardenal Monescillo y Viso, Arzobispo de Toledo, Primado de las Españas, Comisario General de la Bula de la Cruzada en España, Vicario General Castrense, Patriarca de las Indias Occidentales y Capellán Mayor de Palacio, falleció a la edad de 81 años, habiendo sido sin duda, el prelado más conocido de entre todos los españoles del siglo XIX, en la Ciudad Imperial a la una y veinte de la tarde del 11 de agosto de 1897, asistido por su Obispo Auxiliar.

Rápidamente se enteró España, conmovida todavía por el asesinato del Presidente del Gobierno. Llovieron los telegramas al Palacio Arzobispal: la Reina, el Nuncio, el Secretario de Estado de León XIII, etc. Mientras, revestido de pontifical, pasaba sin cesar el pueblo durante los tres días que durará la Capilla Ardiente. La víspera de la Asunción, con honores de Capitán General con mando en plaza, fue conducido a su último reposo, la antecapilla de la Virgen del Sagrario, ante la que tantas veces había rezado de seminarista, entre los cardenales Alamena y Portocarrero. En representación de la Reina asistió el Intendente de la Casa Real, y por el Gobierno, el Ministro de Gracia y Justicia, entre una gran multitud de gente que quería dar su último adiós al Cardenal.  

Fuentes:

  • Wikipedia
  • Arzobispado de Toledo

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