Historia de los templos de España: los arzobispos toledanos (L)
Fr. Cirilo, Cardenal de Alameda y Brea
De 1857 al 30 de junio de 1872.
A Fr. Cirilo no le gustaba hablar de su vida, afirmando que “la historia post mortem es la que ha de juzgarme”.
Nació en Torrejón de Velasco el 9 de julio de 1781. Sus padres, bastante bien acomodados, procuraron darle una educación distinguida, y a la edad de siete años, le entregaron a su tío D. Manuel Antonio de Brea, maestro mayor de armas y caballero de la Orden de Carlos III. Este señor, conociendo las dotes de un niño que tan pronto mostró afición al estudio de las ciencias, encargó su primera instrucción al aventajado maestro D. José de la Fuente, quien mereció, por la aplicación de su infantil discípulo el primer premio que el Conde de Floridablanca repartió en 1792 entre los discípulos de las Escuelas Pías y demás escuelas públicas de la corte. Perfeccionada esta primera educación, estudió latinidad, retórica, poética y primer año de filosofía en los Reales Estudios de San Isidro. En 1796 tomó el hábito en el convento de San Francisco de Madrid, convirtiéndose en un novicio ejemplar. Decían de él a los otros novicios “que hasta le respetaran, porque preveía que un día el novicio Cirilo había de ser algo”.
Hizo su carrera literaria en los conventos de Pastrana y Guadalajara y se distinguió como orador desde el mismo momento en que se ordenó de presbítero en 1805. Tras la invasión francesa de 1808 se vio obligado a abandonar su cátedra tras el 2 de mayo, refugiándose en Cádiz en 1810, tras permanecer algún tiempo en Córdoba y Málaga. La Regencia del Reino se fijó en él y le nombró presidente de la misión destinada al convento de Moquegua, en Perú, a donde fue desde Montevideo, a cuyo puerto llegó desde España. Con Buenos Aires insurrecta y permaneciendo fiel a España la ciudad de Montevideo, compaginó su labor sacerdotal con la política. Una vez regresó a la Península ibérica el general D. Francisco Xavier Elio, y siendo sucedido en el mando de Montevideo y de la provincia oriental del Río de la Plata por el general D. Gaspar de Vigodet, éste oyó uno de los sermones del P. Cirilo, tras lo que le llamó para nombrarle capellán real y encargarle la redacción de la “Gaceta Oficial” como su secretario privado, confiándole toda su correspondencia oficial con el gobierno de Cádiz, con el ministro plenipotenciario de S. M. en la corte de Brasil y la difícil correspondencia entre el Almirante de las fuerzas navales de S. M. Británica en el Río de la Plata y el mismo Sr. Vigodet.
Asediado Montevideo en 1813, perdida la escuadra española en los primeros meses del año siguiente, y obligada a capitular la plaza de Montevideo en mayo del mismo año de 1824, el P. Cirilo, tan odiado por los independentistas de Buenos Aires por sus escritos diarios y por el folleto que dirigió a los americanos del Río de la Plata defendiendo los derechos de la monarquía española para conservar aquellos dominios y acusando de ingratos a los sublevados, el P. Cirilo pudo afortunadamente salir de la plaza, embarcándose la noche víspera de la capitulación y logrando arribar a Río de Janeiro, corriendo serio peligro de haber sido capturado por la escuadra de Buenos Aires.
En Río de Janeiro se encontraba la corte de Portugal y allí tanto el Príncipe Regente D. Juan como su esposa, la Infanta de España doña Carlota Joaquina de Borbón, recibieron al P. Cirilo y le hicieron distinciones poco comunes. Fue entonces cuando se supo que el Rey D. Fernando VII había regresado a España, por lo que la Infanta concibió el proyecto de casar a sus dos hijas, doña María Isabel y doña Francisca de Asís con sus augustos hermanos, el Rey Fernando y el Infante D. Carlos, y para tratar este asunto, y pese a la confianza de la Infanta en el general D. Gaspar de Vigodet, que ya había llegado a Río, tras haber pactado la capitulación de Montevideo, quiso encargar la delicada y confidencial misión al P. Cirilo. Así pues, le entregó a éste los retratos de las señoras Infantas y le hizo embarcar en noviembre de 1814 con el general Vigodet rumbo a Cádiz, donde llegaron a principios de febrero de 1815.
¿Cómo podía un simple fraile llevar a cabo esta misión? Pues, evidentemente, con dificultades, como la oposición del Infante D. Antonio, del Ministro de Estado Sr. Cevallos y del Cardenal Gravina, quienes tenían diversas intenciones acerca del matrimonio del Rey Fernando y del Infante D. Carlos.
Finalmente, el P. Cirilo logró su objetivo, sabiendo hacer comprender al Rey Fernando la ventaja política que podría suponerle su enlace y el de su hermano con las princesas portuguesas.
Convencido en principio el rey y vista la oposición de D. Pedro Cevallos, el monarca dio la comisión para habilitar al P. Cirilo al Ministro de las Indias, D. Miguel de Lardizábal, quien quiso dar la investidura de Embajador Extraordinario confidencial al Duque de Montemar, y aunque el P. Cirilo apreciaba y respetaba la figura del duque, no teniendo con este señor la confianza que gozaba con el general Vigodet, obtuvo del Rey que fuera nombrado dicho General, con quien se embarcó en Cádiz en la fragata de guerra “Soledad” en julio de 1815.
El ministro Lardizábal, que no se llevaba bien con su compañero de Estado el Sr. Cevallos, tuvo el descuido de escribir a uno de sus amigos en Lima tanto de la importancia que daba al casamiento del Rey como de la ventaja que esperaba obtener en cuanto llegara a España la Infanta doña Carlota Joaquina, fiando del fino y hábil P. Cirilo que lograría de dicha señora que acompañara a sus hijas; y si bien no había revelado su objeto patriótico al dicho religioso, creía llegado el momento de alejar del lado del Rey las personas que contrariaban sus propios proyectos a favor de la nación. Por esto es que los señores Madoz y Sagasta, en su artículo “Alameda”, se equivocaron cundo afirmaron “la prisión de Lardizábal y ocupación de sus papeles pusieron al P. Cirilo en muy dudosa posición a su vuelta a la corte de Madrid”. Muy al contrario, el Rey y la Familia Real le recibieron con demostraciones distinguidas y hasta el Ministro de Estado D. Pedro Cevallos procuró su amistad, la cual no le fue infructuosa, logrando también que mejorara la posición demasiado triste de D. Miguel de Lardizábal.
Las negociaciones del casamiento no ofrecieron grandes dificultades en la corte de Brasil y habrían concluido rápidamente y con éxito si no hubiera muerto la Reina de Portugal, lo cual ocurrió. Proclamado Rey el Príncipe Regente, se hizo imposible que su esposa viniera a España acompañando a sus hijas, dando motivo a diversas consultas al Gobierno de España para orillar las dificultades que se presentaban.
Con gran tino procedieron el general Vigodet y el P. Cirilo para allanar los obstáculos que, siendo de mera etiqueta, iban multiplicándose.
La Reina Doña María Isabel y la Infanta Doña Francisca de Asís de Braganza vinieron por fin a España y fueron recibidas con entusiasmo. El P. Cirilo conservó siempre su aprecio, y como rehusó el Arzobispado de Tarragona que se le ofrecía, fue propuesto al Papa Pío VIII para Ministro General de la Orden de N. P. San Francisco, puesto que desempeñó durante trece años, ganándose el respeto, veneración y obediencia de sus religiosos al tiempo que restituía a la orden su primitivo esplendor. Trabajó mucho en la instrucción de los jóvenes, prescribiendo un extenso plan de estudios, como puede verse en las actas del capítulo general que en 1830 se celebró en el convento de San Diego, en Alcalá de Henares.
Como estaba tan considerado y era tan apreciado por el rey D. Fernando VII, quien le escuchaba en todas las consultas que le realizó y le elevó en 1826 al Consejo de Estado, cuyo reglamento redactó, se le declararon como rivales aquellas personas que más inmediatamente influían en el ánimo del Rey, y en especial el ministro entonces favorito D. Tadeo Calomarde. Por esta rivalidad había sido obligado a salir de la corte, so pretexto de visita en 1824, concurriendo a alejarle de la corte el Embajador de Francia, el Ministro de Estado D. Francisco Zea y el propio Calomarde. El reconocimiento de los gastos hechos por el ejército francés fue el motivo de la separación del P. Cirilo. Al año siguiente, fue llamado por el Rey para que volviese a la corte, recuperando su posición hasta que en 1830 fue atacado calumniosamente y desterrado a Cádiz al igual que le ocurrió a sus compañeros en el Consejo, D. Juan Bautista Erro, desterrado a Sevilla, y D. Pío Elizalde, a Zaragoza. Fueron falsas las noticias que entonces circularon en la corte y que afirmaban, entre otras cosas, que el Consejo de Estado había sido consultado para el cuarto matrimonio del rey y que el P. Cirilo había pronunciado palabras indecorosas en relación con las reales personas.
Los rivales del P. Cirilo creyeron que Cádiz estaba demasiado cerca de Madrid y obtuvieron del Rey por decreto autógrafo se presentara en abril de 1831 para el Arzobispado de Santiago de Cuba; hizo la renuncia, no en la forma ordinaria que suele hacerse, sino que escribió una carta sentidísima al Rey, en la que en vez de negarse a dicho cometido le recordaba que sería un error político elevar a tan alta dignidad a quien, aún sin motivo, tenía alejado de su confianza. Al tiempo, el propio Rey escribió de su puño que “no admitía la renuncia porque así convenía al bien del Estado y de la Iglesia en la mejor de las Antillas”. Finalmente el P. Cirilo no tuvo más remedio que aceptar, siendo consagrado el 12 de marzo de 1832 como Arzobispo en la Iglesia Metropolitana Patriarcal de Sevilla.
Fue recibido en Santiago de Cuba con entusiasmo, pero en 1837 surgieron nuevos informes contra él y dirigidos al Gobierno que buscaban dañarle por diversas causas políticas. A finales del año siguiente estuvo en las Vascongadas.
Regresando a España el P. Cirilo en 1848 fue trasladado inmediatamente del Arzobispado de Cuba al de Burgos, diócesis que gobernó hasta que fue trasladado el 3 de agosto de 1857 al Arzobispado de Toledo, habiendo sido elevado a la dignidad de Cardenal de la Santa Iglesia Romana el 15 de marzo de 1858.
Aquí termina la relación de los prelados toledanos de “Historia de los Templos de España”, si bien añade datos biográficos de D. Tomás Iglesias y Barcones, como agradecimiento a su apoyo a esta obra, pero al no estar vinculado a la archidiócesis toledana, omito dicha información.
Para completar lo expuesto, añadiremos datos de otras fuentes, que nos permitan conocer a los arzobispos toledanos entre el 30 de junio de 1872, fecha de la defunción de Fr. Cirilo, y la actualidad.
Continuará
Fuente:
- “Historia de los templos de España”, de Gustavo Adolfo Bécquer y Juan de la Puerta Vizcaíno. 1857.
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