Historia de los templos de España: los arzobispos toledanos (XLVI)
D. Baltasar Moscoso y Sandoval
Desde 7 de octubre de 1646 a 18 de septiembre de 1665.
Hijo de los condes de Altamira, esquivó desde muy joven las elevadas posiciones políticas, con que lo ilustre de su cuna le brindaba. Esto, sin embargo, no le libró de ejercer cargos importantísimos en el orden eclesiástico.
Fue bien pronto obispo de Jaén, y Felipe IV le nombró su Consejero de Estado. Luego después se le confirió el capelo, dignidad que le obligó a vivir por algún tiempo en Roma, donde más que con la ostentación de un cardenal, se presentó con la pobreza de un simple religioso. De allí fue sacado para venir a hacerse cargo del gobierno de la Iglesia toledana, del que tomó posesión en 7 de octubre de 1646.
La caridad del Cardenal Moscoso y Sandoval rayó tan alto, que por lo común, todas las noches recorría a deshora las calles, y recogía y llevaba consigo a todos cuantos infelices encontraba faltos de albergue, dando a todos en su mismo palacio y en su misma mesa manutención y abrigo. Se cita que en algunas ocasiones, ocupados todos los colchones de su vivienda, llevó su ardiente deseo de hacer el bien hasta el punto de ceder a los últimamente llegados su propia cama. Y esto no es de extrañar, si se atiende que los pobres eran sus comensales, con quienes compartía cariñosamente su alimento.
Agotado el tesoro público por las continuadas guerras que tuvo que sostener durante su reinado Felipe IV, nuestro prelado llevó al erario importantísimos donativos de sus rentas, a fin de contribuir al sostén de la decadente monarquía.
A los dos años de gobernar la diócesis, en 1648, celebró un concilio diocesano.
A su muerte, acaecida en 18 de septiembre de 1665, sus restos mortales fueron depositados en la Capilla de la Descensión y en un sepulcro de rico alabastro con franjas y molduras de bronce doradas al fuego. En una gran plancha de ese metal incrustada en la grada o peana que sirve de mesa al altar, que es donde está enterrado, se lee su epitafio.
D. Pascual II de Aragón
Desde 7 de marzo de 1666 a 26 de septiembre de 1677
También este eminentísimo prelado procedía de una de las más ilustres familias de España. Fue, en efecto, hijo de los duques de Cardona, de Segorbe y de Villahermosa, descendientes de regia estirpe; mas a pesar de su egregia alcurnia, y siguiendo la inclinación de su espíritu y las aspiraciones de su talento, en lugar de consagrarse a la carrera de las armas y de la política, se dedicó con grandísimo provecho a la de letras.
Después de haber obtenido el grado de doctor en ambos derechos en la Universidad de Salamanca, donde fue colegial del célebre de San Bartolomé, los enseñó como catedrático en la de Toledo, de donde fue llamado para desempeñar el rectorado de la de Salamanca; es decir, que como hombre de letras alcanzó el puesto más encumbrado a que era dable aspirar.
Como eclesiástico obtuvo el arcedianato de Pedroches en la catedral de Córdoba, y el de Talavera en la de Toledo. Después fue elevado a orador y protector de España en Roma, y Cardenal bajo el título de Santa Balbina, y últimamente mereció con general aplauso el Arzobispado de la Primada de las Españas. De esto se desprende que también en la jerarquía eclesiástica consiguió los puestos y honores más elevados.
No era posible en aquellos azarosos tiempos, que un hombre tan eminente y consumado en virtudes y sabiduría se sustrajese a la política; así fue que después de haber sido Consejero de Estado, Virrey de Nápoles, Inquisidor General y Presidente de Aragón, cargo en aquel entonces de grandísima importancia, llegó a ser Gobernador del reino durante la turbulenta minoría de Carlos II. Se ve, pues, que la misma elevadísima posición que había obtenido en la carrera de las letras y en la eclesiástica, la consiguió igualmente en el orden civil y político.
Esto hubo de ser muy contra de su voluntad, porque pacífico por carácter, humilde por inclinación, y piadoso por su religiosidad profunda, miraba con aversión las pompas mundanas, pero la fuerza de las circunstancias le arrastraron a pesar suyo.
Como prueba de su piedad insigne, fundó el convento de Capuchinas de Toledo, donde se preparó una sepultura humildísima, como que por orden suya se haya enterrado en el suelo en la bóveda en que las religiosas tienen su panteón. Y todavía habría sido mayor la humildad de este sepulcro de haberse cumplido estrictamente la última voluntad del ilustre finado, que mandaba en su testamento que solo con un tabla fuese cubierta la sepultura. Mas las agradecidas monjas se resistieron al cumplimiento de esta disposición tan extremada, y en vez de tabla pusieron una lápida de mármol con un sencillísimo epitafio.
D. Luis I Manuel Fernández Portocarrero
Desde 28 de enero de 1678 a 14 de septiembre de 1709.
Este prelado, por lo ilustre de su estirpe y más aun por sus eminentes dotes y virtudes, cuando se sentó en la silla metropolitana de Toledo, Primada de las Españas, había ejercido destinos de grandísima importancia. Había sido ya nombrado cardenal y confesor del Rey, y dos veces distintas había sido embajador de España en Roma.
Le tocó asimismo la poco envidiable distinción de ejercer el cargo de gobernador del reino en varias ocasiones, durante el reinado de Carlos II.
El gobierno francés le honró con el título de caballero de la orden de Sancti Spiritus.
Ni los honores que obtuvo, ni las posiciones elevadas que desempeñó, fueron bastantes para disminuir en él las virtudes cristianas que tanto le enaltecían. Nunca dejó de ser modesto, bondadoso y afable con todos y más especialmente con los pobres de quienes fue verdadero padre. Tanto fue así, como que de todos los bienes que al morir le quedaban, y que no había podido distribuir en vida entre los necesitados, nombró heredero universal al hospital de niños expósitos.
La Iglesia toledana conserva y conservará por muchos años una obra digna de su ilustrado a la par que glorioso gobierno, y de la diócesis. En 1682 convocó un concilio dioscesano en el cual, y bajo su entendida iniciativa, fueron acordadas las constituciones sinodales que forman la ley eclesiástica del Arzobispado.
En la sacristía de la catedral hay una porción de alhajas de mucho mérito artístico y de gran valor, donativos del Cardenal Portocarrero, entre las cuales merece especial mención una placa de la antigua orden francesa del Espíritu Santo, tasada en 52.800 reales de vellón, pues tiene 215 diamantes rosas, engastados en plata, dádiva hecha a la Virgen del Sagrario, que manifiesta bien a las claras que nuestro Prelado refería a Dios los honores y distinciones que el mundo le prodigara.
Llamado a mejor vida a los 14 de septiembre de 1709, su cuerpo fue sepultado a la puerta de la capilla de la Virgen del Sagrario, de quien en vida había sido singular devoto. Lo único que distingue este sepulcro, asaz humilde, es una gran lámina de cobre de mas de cuatro varas de largo y dos y media de ancho, asegurada en el pavimento por la parte de afuera de las rejas que cierran la capilla, cuya lámina no tiene más adorno que dos filetes dorados lisos, y por todo epitafio una inscripción tan sencilla como cristianamente significativa, que en grandes caracteres romanos, también dorados, dice:
“HIC JACET PULVIS, CINIS ET NIHIL.” (Aquí yace polvo, cenizas y nada)
Encima de la sepultura se ve un capelo pendiente de lo alto de la verja, símbolo de su alta dignidad eclesiástica, como queriendo indicar que a esta dignidad y no a su persona se tributaba el honor de aquella, por otra parte, humilde sepultura.
Continuará
Fuente:
- “Historia de los templos de España”, de Gustavo Adolfo Bécquer y Juan de la Puerta Vizcaíno. 1857.
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