Historia de los templos de España: los arzobispos toledanos (XL)
D. Bartolomé I de Carranza y Miranda (Primera parte)
Desde 1558 hasta 1576.
Nació el año de 1503 en la villa de Miranda de Arga, merindad de Olite, en el reino de Navarra, siendo sus padres Pedro de Carranza y María Musco.
Desde muy niño se sintió inclinado a la devoción y a los estudios, por lo cual su padre le envió a Alcalá de Henares en el año de 1515, con sólo 12 años de edad. Su tío, el doctor Sancho de Carranza, que desde poco antes era allí catedrático de Teología, le hizo colegial del gramático de San Eugenio, en donde estudió tres años bajo la dirección del maestro Angulo, montañés, y del bachiller Salea, natural de Corpa.
En 1510 entró en el colegio de Santa Balbina, en donde cursó en Artes con el maestro Almenara, dando numerosas muestras de gran ingenio, y señalándose mucho entre sus condiscípulos.
Por este tiempo empezó a apellidarse Miranda, por el pueblo de su nacimiento, y así se llamó siempre desde entonces.
En 1520, habiendo llegado a la edad de 17 años y terminando sus cursos en Artes, tomó el hábito de Santo Domingo en el convento de Benalac, en Guadalajara; y, el año siguiente, hizo la profesión expresa con todos los votos generales.
Pasó al colegio de frailes dominicos de San Gregorio de Valladolid el año de 1525, y tuvo por preceptor, mientras que estudió Teología, al maestro Fray Diego de Astudillo, regente mayor de aquel colegio.
Dedicó al estudio de la Teología y de la Filosofía 5 años; al cabo de los cuales, el rector y consiliario le encomendaron una cátedra de Artes en el año de 1530. Tres años después le eligieron regente menor de Teología, y por muerte de su maestro Fray Diego de Astudillo, regente mayor de esta ciencia y consultor de la Inquisición, entró Fray Bartolomé a desempeñar ambos cargos.
En marzo de 1539 se le mandó ir a Roma para asistir al Capítulo General que los frailes de Santo Domingo iban a celebrar en el convento de la Minerva, encargándose los actos y demostraciones públicas que solían encomendarse a los sujetos más eminentes. Desempeñó tan bien su cometido, que en el Capítulo mismo se le dio el magisterio de la orden, en presencia de los Cardenales Carpi y Carrafa, que después fue Papa con el nombre de Paulo VI; D. Pedro Sarmiento, Arzobispo de Santiago de Galicia; D. Francisco de Quiñones, que había sido general de los frailes franciscanos; D. Juan de Salazar, Obispo de Aluncano, que dio su bonete para la ceremonia; D. Juan Manrique, Marqués de Aguilar y Embajador de España, y otros muchos personajes eclesiásticos y seglares. En esta ocasión el Pontífice Paulo III le dio facultad para leer libros prohibidos.
Vuelto de Roa, continuó desempeñando la regencia mayor del colegio de San Gregorio explicando Teología escolástica y expositiva durante seis años, en el último de los cuales trató del profeta Isaías.
Hubo en las Montañas de Castilla gran escasez de trigo el año de 1540, y vino de allí a Valladolid mucha gente acosada del hambre. Fray Bartolomé hizo que su colegio sustentase diariamente a cuarenta personas. Se encargó además de la administración de la parroquia de Santiago, la de más feligreses de aquella población, acudiendo, ayudado por un beneficiado de la misma iglesia, al socorro de los pobres. No contento con esto, vendió, para dar limosnas, todos los libros y lo demás que poseía, sin exceptuar más que una Biblia y un tratado de Santo Tomás. Fue tanto lo que trabajó y se fatigó con tan caritativo objeto que contrajo una grave enfermedad en septiembre de este año.
No dejaba entretanto de atender a las consultas de la Inquisición que ocurrían de continuo, y a las de todos los Reales Consejos, y especialmente los de Castilla e Indias, que le pedían su parecer para la resolución de los demás graves casos en que tenían que entender.
El año de 1542 predicó en el auto de fe en que fue entregado al brazo seglar el hereje Francisco de San Román que se dejó quemar vivo; y después predicó igualmente en otros.
En este año el Real Consejo de Indias le ofreció el obispado del Cuzco, el más rico de América. Su modesta contestación a esta oferta fue que “si convenía al servicio de Dios y del Emperador pasaría a las Indias de muy buena voluntad; pero que había de ser sin cargo de almas.”
En abril de 1545 fue a asistir al Concilio universal de Trento, de orden de Carlos V, que le creyó muy a propósito para tal objeto, por los informes que le habían dado de su gran talento y probidad. Le acompañaron en esta expedición el maestro Fray Domingo de Soto y el doctor Martín de Velasco, oidor de la Chancillería de Valladolid, y después del Consejo Real de Castilla de la Cámara y Estado. Casi tres años permaneció en Trento, acudiendo a las congregaciones generales y particulares por mandato de los legados presidentes; desempeñando cuantas diputaciones y comisiones se le cometieron, y predicando al Concilio con grande aceptación de los que le componían.
El año de 1546 imprimió en Roma y en Venecia la Suma de los Concilios y las Controversias; y en el año siguiente el tratado de “Residencia Episcoporam”,con el que se adquirió algunos enemigos, entre los cuales fue uno Fray Ambrosio Catherino Polo, natural de Sena y fraile de su religión.
Disuelto el Concilio en 1548, volvió Fray Bartolomé a España, y la orden de Predicadores le nombró prior del convento de San Pablo de Palencia, en donde en 1549 explicó a un auditorio numeroso la Epístola de San Pablo a los Gálatas.
El Príncipe D. Felipe estando en dicho año para embarcarse en Colibre, pasando de España a los Paises Bajos a reunirse con el Emperador su padre, escribió al prior para que le siguiese en el viaje en calidad de su confesor. Lo mismo le mandó desde Alemania Carlos V, pero el Padre Miranda se excusó con diferentes razones, propias de su modestia.
En 1550 le ofreció D. Carlos el obispado de Canarias, mas no queriendo aceptarle, reprodujo casi las mismas razones con que había rehusado el del Cuzco, diciendo que “fuera del cargo de almas y dentro de su religión estaba sirviendo a Dios y a S. M.”
En el Capítulo General celebrado por la orden de Santo Domingo, el mismo año, en el convento de Santa Cruz de Segovia, fue elegido Provincial, con aplauso de todos.
Despachó el Papa letras convocatorias para que el concilio tridentino volviese a reunirse en 1º de mayo de 1551. Carlos V, sabida la resolución de Su Santidad, dio orden a los prelados españoles para que se dispusiesen a ir juntos a Trento, y designó a algunos teólogos como personas a las cuales se podía confiar el encargo de discutir las gravísimas cuestiones que allí habían de tratarse. Uno de estos fue el Provincial Carranza, pero fue preciso mandárselo por segunda cédula, expresando en ella que sin la menor réplica obedeciese. También le dio sus poderes el Cardenal Silíceo para que le representase en el Concilio. Dejó, en fin, encomendado el gobierno de su provincialato a Fray Hernando Hontiveros, y marchó a Trento, en donde ninguna cosa se trató sin que él concurriese, porque en todo conseguía su parecer grande atención y respeto.
Disuelto segunda vez el Concilio en 1552, se le encomendó al visita, censura y expurgación de libros, en lo cual empleó algunos meses, a pesar de que le ayudaron bastante Fray Antonio Utrillo, natural de Morón de la Frontera, y Francisco Ramírez, que lo era de Peralta, en Navarra, y sobrino del doctor Azpilcueta. Volvió a España en enero de 1553.
Terminadas sus ocupaciones de Provincial, se retiró al colegio de San Gregorio de Valladolid.
La Inquisición General le encomendó la censura y corrección de muchas biblias que se habían introducido en el reino, con no pocos errores sustanciales, comisión que se había dado a otros muy entendidos teólogos, y al que vino a dar cima el Padre Miranda, acompañado del arcediano de Calatrava D. Diego de Tavera, que después fue Obispo de Jaén.
En 1555, D. Felipe, habiendo de ir a Inglaterra a casarse con María, hija del monarca inglés Enrique IV, dispuso que Fray Bartolomé le precediese. Partió, en efecto, poco antes que el Príncipe, y trabajó mucho en aquel reino para dar en él esplendor y estabilidad a la Religión Católica.
Por septiembre del mismo año pasó D. Felipe a Bruselas a asistir a la abdicación de su padre el Emeprador, con la cual el Príncipe subió al Trono de España. Quedó el Padre Carranza en Inglaterra continuando sus trabajos para asegurar el triunfo de la Fe, hasta que en julio de 1557 pasó a Flandes para dar a Felipe II cuenta de lo que acababa de hacer.
Durante su residencia en los Países Bajos se dedicó a los cuidados propios de su cargo de consultor de la Inquisición.
El nuevo Rey, cuando en Bruselas supo haber fallecido el Arzobispo de Toledo D. Juan Martínez Silíceo, resolvió que fuese su sucesor el Padre Fray Bartolomé. Se lo hizo saber, y éste se excusó con grande empeño; pero no era menor el de Felipe II para que lo aceptase; y así, teniendo que marchar a hacer la guerra, le dijo a Miranda que para la vuelta tuviese resuelto y aceptado lo que le había propuesto. Cuando volvió el Monarca le hizo de nuevo tales instancias, que no pudo menos de aceptar, si bien diciendo que “pues no se podían despachar las bulas por causa de la guerra del Papa en Nápoles pudiese el Rey nombrar a otra persona para ocupar la Silla Primada, en lo cual él recibiría mayor merced que con la presentación que le entregaba escrita de su Real mano y autorizada con el sello de la Puridad”. Tres meses después le envió D. Felipe otra presentación pública, también autógrafa, mandándole imperiosamente cumpliese lo que había prometido al salir de Bruselas para la guerra de Flandes. Miranda, al ver por estos despachos el fuerte empeño del Rey, encogiéndose de hombros y alzado los ojos al cielo, exclamó: “¡Oh, Señor, y qué pesada carga me has echado!, ¡Plégate de darme gracia para poderla llevar en tu servicio!”. Se envió a Roma la presentación, y, propuesta en Consistorio a 16 de diciembre de este año, fue confirmada en él. No se aguardó a la preconización ni a los demás requisitos de informaciones y otras diligencias. Lo mismo acaeció cuando le concedieron el palio.
A 19 de diciembre se despachó el Breve de Su Santidad, y en virtud de él y de poderes otorgados por el Padre Miranda en Bruselas el día 15 de enero de 1558, tomaron posesión de la diócesis en 5 de marzo, como procuradores, los licenciados Briviesca de Muñatones, del Consejo y Cámara del Rey, y Pedro de Mérida, canónigo de Palencia, quedando este último de Gobernador en lo espiritual y temporal y Vicario del arzobispado.
Fue consagrado el Padre Fray Bartolomé en el convento de Santo Domingo de Bruselas el 27 de febrero, siendo el consagrante el Cardenal Granvela, Antonio Perenot, Obispo de Arras y después Arzobispo de Malinas.
A instancia suya pidió Felipe II, y consiguió del Papa, que en cada Catedral y Colegiata se suprimiese un canonicato, y sus rentas se diesen a la Inquisición.
Se embarcó en Flandes en la nao de Francisco Zubieta, natural de Rentería, en Guipúzcoa, la cual era parte de una armada que venía a España, mandada por el general Pedro Meléndez Valdés, natural de Avilés, en Asturias, que por entonces comenzaba a dar muestras de gran ingenio en cosas navales. Se dio a la vela la flota en Namur a 24 de junio, viniéndose en ella con el nuevo Arzobispo Juan de Figueroa, del Consejo Real y de la Cámara, que después fue Presidente de Órdenes; Juan de Figueroa, Presidente de Castilla, que murió en la travesía, y D. Diego de Acevedo, Mayordomo del Rey, que iba de Virrey al Perú, a donde no llegó porque le atacó la muerte en Valladolid. Entró la escuadra en el puerto de Laredo el lunes día 1º de agosto, habiendo tardado 38 días en la navegación, por tener que separarse de las costas de Francia a causa de la guerra que teníamos con aquella nación, y por los fuertes temporales que la obligaron a ir de arribada a Inglaterra.
Desde Laredo fue el Primado por Medina de Pomar a Burgos, de donde salió el día 11 de agosto llevando ante sí la cruz levantada, y acompañado de D. Hernando de Mendoza, arcediano de Toledo. Se detuvo durante una hora a un cuarto de legua de la ciudad en el monasterio de las Huelgas, conferenciando con la abadesa. Desapareció allí el arcediano, y no volvió a aparecer hasta que al llegar el Prelado cerca de Villanueva de las Carretas salió como de una emboscada rodeado de 18 o 20 jinetes, de los cuales la mitad tenían pistolas en los arzones. Llegó al Arzobispo, y le intimó de parte de su hermano el obispo de Burgos, que “mandase desarbolar la cruz, porque, no la podía traer por aquel obispado exento de metropolitano”, y añadió a esto varias razones. A todo lo cual contestó el de Toledo, que “lo de la exención le importaba poco, porque la cruz la llevaba como Primado de las Españas, no como metropolitano; que los prelados toledanos, sus antecesores, la trajeron siempre, como tales, por todas las provincias metropolitanas, cuanto más por las que se decían exentas”. A pesar de tal respuesta prosiguió el arcediano en su demanda amenazando que “haría bajar la cruz como mejor pudiese”. Llovía fuertemente desde bastante tiempo antes, y cuando había comenzado el aguacero había mandado el Señor Miranda que metiesen la cruz en su casa, pero no se había podido hacer porque llevaban la caja los criados que iban entre otra parte de la comitiva; por lo cual y oyendo las descomedidas frases de D. Hernando de Mendoza dijo el Arzobispo que “metiesen la cruz en su funda como antes había prevenido” y que “ahora no lo mandaba por la fuerza y violencia que se le hacía a mano armada en despoblado sino por lo mucho que llovía”. Entonces D. Hernando y sus compañeros marcharon hacia la ciudad, y el Primado mandó levantar la cruz y caminó con ella enhiesta por la diócesis de Burgos sin encontrar ningún otro obstáculo. Llegado a Valladolid mandó el Arzobispo hacer información de testigos de lo acaecido para hacerlo constar en caso necesario.
En la noche del 14 de agosto entró en Valladolid acompañado de D. Antonio Pimentel, Conde de Benavente; de D. Pedro Fernández de Velasco, Condestable de Castilla, y de otros muchos grandes caballeros que, seguidos de sus criados, habían salido a su encuentro. Fue a apearse a Palacio para visitar a la Infanta Doña Juana, Princesa de Portugal y Gobernadora de España en ausencia de su hermano el Rey Felipe II. Desde allí, acompañado de toda la corte, pasó a la iglesia del convento dominico de San Pablo, en donde le recibieron el rector y colegiales de San Gregorio con antorchas blancas en las manos y cantando el “Te Deum laudamus”.
Hizo mansión en el colegio durante los pocos días que le permitió permanecer en Valladolid el ardiente deseo de verse en su diócesis.
En este tiempo dio cuenta a la Princesa de muchos asuntos que en Flandes se le había encargado comunicarla; y asistió muchas veces al Consejo de Estado y al de la Inquisición.
Salió de Valladolid a mediados de septiembre, y tomó el camino del monasterio de Yuste de la orden de San Jerónimo en la Vera de Plasencia, al cual se había retirado el Emperador después de su abdicación. Traía el Prelado encargo de Felipe II de consultar a su padre sobre algunos muy graves negocios tocantes a la guerra y a otros asuntos; y habiendo llegado a entender que Carlos V estaba enfermo de mucho peligro aceleró su marcha; pero solamente llegó a tiempo para presenciar su muerte, acaecida en 22 de septiembre, y para ayudarle a bien morir. Asistió a su entierro y exequias en aquel convento, y cuatro o cinco días después de su fallecimiento prosiguió el Primado la marcha hacia Toledo.
El jueves 13 de octubre hizo su entrada pública en la Ciudad Imperial habiendo salido a recibirle, a un cuarto de legua de la población, y en la forma acostumbrada, el Cabildo eclesiástico, el Ayuntamiento y una multitud de señores, caballeros y pueblo. Se apeó en la Santa iglesia Catedral, y después de orar solemnemente fue a descansar a las casas arzobispales.
Permaneció en la ciudad haciendo grandes reformas en los asuntos de la diócesis, hasta el día 25 de abril de 1559, en que salió a visitar el arzobispado, dejando encomendado su gobierno a los del Consejo Arzobispal.
Por este tiempo habían empezado a cundir en España las falsas doctrinas que poco antes difundió el heresiarca Martín Lutero, religioso agustino del convento de Erfurth, en Sajonia. Tuvieron éstas muchos adeptos en Valladolid, siendo uno de los primeros propagadores el doctor D. Agustín Cazalla, en cuya casa se reunía secretamente por la noche número no escaso de personas. Sorprendidas estas reuniones por la Inquisición, los iniciados fueron conducidos a las cárceles del Santo Oficio, encausados y sentenciados; y el día de la Santísima Trinidad, 21 de mayo de 1559, salieron al Auto general de Fe. Este tuvo lugar en la Plaza Mayor de aquella población, en presencia de los Príncipes D. Carlos y Doña Juana, pronunciando el Padre M. Fray Melchor Cano, desde un púlpito en medio del tablado con gradas en que se hallaban los reos, un discurso contra la herejía luterana, leyéndose después las causas y sentencias de los procesados, absolviendo a los reconocidos, y entregando a los relajados a la justicia seglar, que los llevó a darlos garrote y quemarlos en el Campo-grande en 15 tabladillos con sus argollas. Fueron ajusticiados 14 de los 30 que salieron en el auto, siendo penitenciados los restantes. También fueron quemados los huesos de Doña Leonor Vivero, madre del doctor Cazalla. Fue condenada su memoria a perpetua infamia, y por último, se mandaron derribar las casas que habitó, y sembrar de sal el sitio en que estuvieron. Dicen unos, que de las vistas de estos procesos y de las confesiones de los reos, resultó culpado el Arzobispo de Toledo, por algunas proposiciones emitidas en un Catecismo Cristiano, que había escrito en castellano, y que denunció el licenciado Camino, fiscal del Consejo de la general Inquisición; y que los jueces de este tribunal decidieron que el Prelado merecía ser preso; afirman otros que la verdadera causa de su desgracia fue la enemistad de Melchor Cano, uno de los hombres mas sabios e influyentes de aquel tiempo, nacida del valimiento que el Primado tenía con el Rey, enemistad que había producido entre los religiosos dominicos los dos célebres bandos de Carrancistas y Canistas. Acordada la prisión del Señor Carranza y Miranda, se pidió al Pontífice Paulo IV un Breve para proceder contra cualesquier prelados que hubiesen delinquido en cosas tocantes a la Religión Católica, fuesen obispos, arzobispos o primados, Breve que otorgó Su Santidad en Roma a 7 de enero de 1559. Se consultó luego a Felipe II, el cual se hallaba en Flandes, y contestó que “se hiciese justicia contra el Arzobispo y contra cualesquiera personas que no sintiesen bien la Santa Fe Católica, aunque fuese contra su hijo y que para esto haría el favor que se necesitase”. En vista de tal respuesta los jueces decretaron por unanimidad que se le prendiese, y cuales habían de ser las casas en que se le debía de encerrar. Para ejecutar la prisión con el mayor sigilo posible acordaron que la Infanta Doña Juana, princesa de Portugal y Gobernadora de España, llamase al Prelado so color de comunicarle algunos negocios de parte del Rey su hermano. Recibió en Alcalá el Arzobispo la carta de Doña Juana; pero, aunque comenzó inmediatamente a disponerse para ir a Valladolid, los preparativos del viaje le detuvieron 15 o 20 días. D. Rodrigo de Castro, hijo del Conde de Lemus, que había sido creado Inquisidor para ir a buscar al Primado, y llevarle la carta de la Infanta, sospechando que Miranda dilataba su partida con secreto intento por haber acaso tenido aviso de que se trataba de prenderle, le espiaba cuidadosamente, y de cuanto hacían el Metropolitano y sus criados daba minuciosa cuenta al Arzobispo de Sevilla, Inquisidor General. Tuvo éste igual sospecha, y comisionó al mismo D. Rodrigo y a D. Diego Ramírez Sedeño de Fuenleal, para que prendiesen al toledano. Salió por fin de Alcalá de Henares D. Bartolomé de Miranda, y visitando los pueblos de su tránsito llegó a Torrelaguna en la mañana del lunes 21 de agosto del mencionado año 1559. Se apeó en la iglesia parroquial, y visitó el Santísimo Sacramento, último acto pastoral que hizo. Entretanto D. Diego Ramírez, para hacer la prisión con más seguridad, juntó en Alcalá y su comarca numerosos familiares, creó otros exprofeso, y ordenó a todos que la noche en que el Primado llegase a Torrelaguna entrasen en el pueblo cada cual solo y con todas las demás precauciones para no llamar la atención, unos por la mañana, otros a mediodía y otros al anochecer: lo cual se hizo con la mayor puntualidad. El día citado, 21 de agosto, comió y cenó Don Rodrigo con el Prelado, según se lo tenía prevenido el Consejo de la Inquisición; y al retirarse a su posada dejó prevenido a Juan de Salinas, cuya casa era en la que se alojaba Fray D. Bartolomé, que le abriese las puertas muy de mañana. Entre las dos o las tres de la madrugada se hallaban ya en el patio D. Rodrigo, D. Diego Ramirez, Juan Cebrián de Ibarra, alguacil mayor del Consejo de la General Inquisición; Juan de Ledesma, secretario, y muchos familiares con varas altas, además de otros que estaban alrededor de la casa y huerta. Entró D. Rodrigo por la puerta de un retrete a la pieza en que dormían dos pajes de cámara del Arzobispo, y asomándose por una ventana que caía a la huerta mandó a los de fuera que guardasen aquella parte cuidadosamente. Cercaron el aposento en que dormía el Prelado, y entraron en él a oscuras D. Rodrigo, D. Diego, el Alguacil Mayor y el Secretario. El Prelado, al oír ruido, preguntó: “¿Quién está ahí?”. A lo cual D. Rodrigo, que se había llegado a la cama contestó: “Sea Usía Ilustrísima preso por la Inquisición”. Llamó en el mismo instante al Alguacil Mayor, y abrió unas ventanas que daban a la huerta. Entró D. Juan Cebrián y dijo al Primado: “Suplico a Usía Ilustrísima me perdone, pues como ministro estoy obligado a obedecer a quien me envía; y sea servido de entregárseme, que yo le serviré como el menor de estos criados”. Respondió Don Fray Bartolomé: “Por cierto, señor, no digo yo a vos, siendo quien sois, pero al más pequeño capellán que el Arzobispo de Sevilla enviara me daría de la misma manera”. Y volviéndose a D. Rodrigo y a D. Diego les pidió que “mostraran la orden en virtud de la cual le prendían”. El Secretario leyó el mandamiento de prisión dado por el Consejo, y comenzó a hacer otro tanto con el Breve pontificio; pero como por estar en latín le leía con dificultad, le tomó D. Rodrigo e hizo su lectura en alta voz. Terminada su lectura, manifestó el Metropolitano que “apelaba a Su Santidad por ser su propio juez; que en aquel Breve no se daba facultad al Arzobispo de Sevilla para prender a nadie; y que las causas porque le prendían no eran suficientes para ello”.
Enseguida D. Rodrigo de Castro y D. Diego Ramírez le pusieron en secuestro los bienes que tenía en Torrelaguna; despacharon mandamientos a Toledo y otras partes del Arzobispado para secuestrarle toda la hacienda, y a Valladolid para recoger lo que había enviado para que se le preparase allí su habitación; expidieron un correo a la Princesa, y correo general con aviso de todo lo ejecutado; y ordenaron que no entrase en el cuarto del Arzobispo ninguno de sus criados. Llegada la noche fueron estos despedidos; pero habiendo rogado a D. Rodrigo de Castro que les permitiese no dejar a su señor hasta que en Valladolid el Arzobispo de Sevilla les diese sus órdenes para en adelante, D. Rodrigo se lo concedió a condición de que fuesen allá por distintos caminos que D. Fray Bartolomé.
El miércoles 2 de agosto, a las tres de la mañana, salieron de Torrelaguna D. Diego y D. Rodrigo, llevando preso al Primado con muchos alguaciles y gente de guarda; habiéndose pregonado el día antes que ninguna persona de los lugares de tránsito osase acercarse al Prelado, si no quería incurrir en graves penas.
Llegaron a Valladolid el lunes 28 de aquel mes, y depositaron al Prelado en las casas que le habían señalado para prisión. Se le permitió que eligiera dos de sus criados, únicos que se consentiría le acompañasen; y escogió a su compañero Fray Antonio de Utrilla, y a su paje de cámara Jorge Muñoz de Carrascosa.
El día 4 de septiembre fueron a ver al Sr. Carranza y Miranda, en su prisión, el Arzobispo de Sevilla con todo el Consejo de la Inquisición, excepto el doctor Andrés Pérez; y el Inquisidor General le hizo, según costumbre, la primera amonestación, y le exhortó a que tuviese paciencia. Respondió el Primado que “la tuviese Su Señoría Ilustrísima mientras él alegaba su derecho”, y propuso algunas causas de recusación. El Metropolitano de Sevilla dijo que “después se podía proseguir aquello, pues no era necesario que él se hallase presente.”
Insistió luego el toledano en la recusación del Inquisidor General D. Fernando Valdés, Arzobispo de Sevilla, y pidió la del doctor Andrés Pérez y Don Diego de los Cobos. Hubo diversidad de opiniones sobre admitir o no la recusación del Inquisidor General, y se decidió que se nombrasen jueces árbitros para que decidiesen sobre este incidente. Nombraron, D. Fray Bartolomé a D. Juan Sarmiento, del Consejo de Indias, y el fiscal al licenciado Isunza, oidor de Valladolid, los cuales por auto pronunciado en Toledo a 23 de febrero de 1560 dieron por recusado al Arzobispo de Sevilla y a los consejeros Andrés Pérez y D. Diego de los Cobos.
Apeló por de pronto el fiscal ante la Sede Apostólica, pero, no habiendo mejorado la apelación, el Papa la declaró desierta, y valedera la sentencia como pasada en autoridad de cosa juzgada.
Se recurrió enseguida al Pontífice Pio IV para que señalase los jueces que habían de reemplazar a los recusados. Su Santidad delegó sus poderes a Felipe II a condición de que la causa se sustanciase en el término de dos años y se la remitiese a Roma para la sentencia definitiva; en virtud de lo cual el Rey nombró a D. Gaspar de Zúñiga y Avellaneda, Arzobispo de Santiago. Este comenzó a desempeñar su cometido el día 13 de marzo de 1561; y luego subdelegó su jurisdicción para el asunto, en los dos consejeros de la Inquisición Licenciado Cristóbal Fernández de Baldotano y doctor Diego de Simancas.
Fueron los delegados a Valladolid por mayo de 1571 a entender en el proceso. Los recursó el presunto reo alegando “haber sido de los que habían votado su prisión”. Al saberlo Felipe II, que estaba a la sazón en Toledo, dijo: “Si ésta es causa justa de sospecha, ningún juez que manda prender a los reos podrá conocer de sus causas”. Por último el Primado desistió de esta recusación.
Dos años largos habían pasado desde que se había encausado al arzobispo toledano sin que se pudiera todavía prever cuando había de terminarse el proceso. ¡Tales y tantas eran las dudas y dificultades que a cada caso iba ofreciéndose!. A consecuencia de haber estado largo tiempo recluido en un estrecho aposento en que era imposible hacer ejercicio corporal enfermó de unas fuertes tercianas que, convertidas en calenturas continuas, le duraron más de dos meses y le pusieron al borde del sepulcro.
En 23 de febrero de 1560 el Pontífice Pío IV dio facultad al rey para que nombrase gobernador de la diócesis de Toledo. Felipe II nombró al licenciado D. Gómez Tello Girón, oidor de Granada, y el Papa la confirió en 10 de agosto de 1560. El cabildo toledano, habiendo sabido de lo que se trataba, acordó, el miércoles 11 de octubre de 1559, poner los medios para evitarlo, manifestando a la Curia romana el agravio que se hacía en proveer de gobernador a una Sede que no estaba vacante, y que sobre lo mismo se escribiese al Rey. Nada consiguió el Cabildo: D. Gómez Tello Girón empezó a ejercer su cargo el día 9 de noviembre de 1560.
Se asignaron de salario al nuevo gobernador 8.000 ducados en dinero y 2.000 fanegas de trigo y cebada. Le dieron habitación en el palacio arzobispal; y se trató al mismo tiempo de señalarle asiento en el coro de la Santa Iglesia Primada. Este último punto presentó algunas dificultades, porque habiéndosele ofrecido a D Gómez la silla de una dignidad vacante no quiso aceptarla exigiendo la del arcediano de Toledo por ser la más inmediata a la arzobispal por el lado derecho. Se opuso a tal exigencia el arcediano D. Fernando de Mendoza hasta ganar ejecutoria para que las sillas de dignidades no pudiesen ocuparse estando presentes aquellos a quienes correspondieran, y mucho menos ésta que es la principal y hace cabeza. Entonces el gobernador aspiró a sentarse en la silla arzobispal. El cabildo comisionó a D. Pedro Pacheco y D. Pedro Manrique para que fuesen a disuadirle de su intento porque de llevarle a cabo causaría una desagradable novedad; insistió D. Gomez diciendo que “no tanto por su persona cuanto por parecerle hacían lugar a esta pretensión las obligaciones del puesto que ocupaba, no debía ceder”. El sábado 3 de enero de 1561, el Deán y Cabildo nombraron a los canónigos D. Alonso de Rojas y D. Pedro Pacheco para dar cuenta de tal asunto al Rey. No fue necesario que la comisión diese ni un solo paso porque el gobernador desistió de su empeño, reduciéndose a pedir que se le diese una silla con almohadón a los pies, en lo bajo, cerca del banco de los caperos, delante de la silla arzobispal, y que, si esto no pareciese bien, se le señalase lugar conveniente. En seguida se comisionó a los Sres. D. Diego Guzmán de Silva y D. Pedro Gómez de Mendoza para que fuesen a ofrecerle la silla alta del coro del Deán, junto a la reja, con otras tres que delante de ella se dejarían desocupadas para quien quisiese; y que en la destinada a él se pondrían sitial y dos almohadas, siendo este el asiento que al Cabildo le parecía más decente y autorizado en el coro y a ofrecerle que le tratarían como a Obispo. El gobernador aceptó lo que se le ofrecía. Consultada la oferta al rey, y aprobada por S. M., ocupó la silla mientras gobernó la diócesis y después la obtuvo también su sucesor. En las salas capitulares se sentaba en una silla de terciopelo carmesí, teniendo delante para los pies una almohada también de terciopelo.
Por este tiempo Felipe II, a petición del Deán y Cabildo de la Santa Iglesia Primada, rogó a su cuñado el Rey Carlos IX de Francia que le concediese traer a Toledo las reliquias del prelado toledano S. Eugenio Mártir, que aún se conservaban en la abadía de Saint-Denis, distante como tres leguas de Paris. Accedió el monarca francés. En 10 de octubre de 1564 salió de Toledo, para ir a buscar los santos restos, D. Pedro Manrique, canónigo de la catedral a quien para ello había nombrado el Cabildo el 6 de aquel mes. Pasó por Madrid, donde el Rey y la Reina le dieron instrucciones y cartas para el de Francia y para su madre, y el 3 de mayo de 1565 recibió de manos de los monarcas franceses los 63 huesos que del mártir se encontraron. La ceremonia de la entrega se verificó en la Catedral de Burdeos en presencia de algunos cardenales y obispos, de príncipes, de títulos y de caballeros. Puso D. Pedro Manrique las reliquias en una caja de bronce, metió esta en una litera, y el día 4 emprendió su camino hacia España, acompañado de D. Francisco de Beaumont, Embajador de Felipe II en la corte de Francia, de los criados de este dignatario y de otro buen número de gente para poder resistir algún ataque si acaso lo intentasen los herejes. El día 9 atravesaron el río Bidasoa y el Embajador volvió a su puesto cerca del monarca francés. El 2 de julio llegaron a Torrelaguna, en donde fueron solemnemente recibidos por algunos canónigos y racioneros y cantores que al efecto había enviado la Iglesia Primada. El 10 de noviembre salieron de aquella villa las reliquias en hombros de las dignidades y canónigos, con cincuenta antorchas de cera blanca ardiendo, hasta un cuarto de legua de la población, y desde allí hasta Toledo caminaron en una litera cubierta de brocado, cuyos conductores vestían de terciopelo carmesí, siendo de la misma tela las coberturas de las acémilas. Se veía en la parte anterior de la litera un báculo pastoral, y en la posterior una mitra riquísima. Iban delante un racionero en una mula llevando la cruz de la provincia, y otro con un guión de tafetán blanco adornado con la figura de S. Eugenio. La Reina y la Infanta Doña Juana, princesa de Portugal, salieron desde Madrid a Getafe el miércoles 14 a besar la santa caja. Finalmente, el domingo 18 a las 9 de la mañana llegó la comitiva a la Vega de Toledo. Las salvas de artillería anunciaron la llegada de las santas reliquias, y fuero a su encuentro por la puerta del Cambrón las cruces de las parroquias y los pendones de las cofradías. Se apearon el gobernador y todo su acompañamiento cerca del Hospital de D. Juan Tavera, y caminaron a pie hasta la puerta de este edificio, en que también de pie y descubiertos, estaban aguardando el Rey, el Príncipe D. Carlos, los Archiduques Rodolfo y Ernesto, hijos del Emperador Maxiiliano; todos los cuales sin cabalgar se unieron a la comitiva. Se llevó la litera hasta un suntuoso túmulo que estaba delante del Hospital y en él se puso la caja de bronce. Se ordenó enseguida una procesión en que además de las personas y cosas ya indicadas iban las órdenes religiosas cada cual con su cruz, preste y ministros; más de 600 clérigos con sobrepellices, las dignidades y canónigos, los Obispos de Córdoba, Lugo, Sigüenza, Segovia, Palencia, Cuenca, Osma y Gerona, con capas pluviales y mitras; y el corregidor D. Fernando Carrillo de Mendoza con el acompañamiento de la ciudad. Todos, eclesiásticos y seglares, llevaban velas encendidas. Puesta la caja en unas andas de brocado carmesí y sobre ella un rico pabellón, también de brocado, y habiéndola incensado el Prelado de Córdoba, quiso Felipe II llevar las andas sobre sus hombros, pero tuvo que desistir de tan piadosa idea por la desigualdad de estatura de las personas reales que con él habían de compartir el peso de las andas. Inmediatamente delante de éstas marcharon tres racioneros con sobrepellices, teniendo en las manos, uno la cruz de la provincia, otro el báculo pastoral, y el tercero la mitra. Llevaron los santos restos desde la puerta del Hospital a la de Bisagra seis u ocho grandes de España, y desde allí a la del Perdón de la Catedral, las dignidades y regidores de Toledo. Quiso otra vez en este sitio tomar el Rey las andas, pero al fin los ocho obispos antes enumerados fueron quienes cargaron con ellas hasta el altar mayor, en donde permanecieron las reliquias hasta que, hechas las ceremonias propias de tan grande acto, se llevaron el lunes 19 de noviembre, en hombros de los obispos, con solemne procesión, y entonando el “Te Deum Laudamus”, a la capilla del Sepulcro. Sobre su altar principal estuvieron hasta el 10 de mayo de 1567 en que, a causa de no poderse ver bien desde las puertas de la capilla, se pusieron con solemnidad en otra parte de ésta enfrente de las gradas del ingreso, además de trasladarlas de la caja de bronce a otra de oro de plata muy adornada.
Continuará
Fuente:
- “Historia de los templos de España”, de Gustavo Adolfo Bécquer y Juan de la Puerta Vizcaíno. 1857.
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