Historia de los templos de España: los arzobispos toledanos (XXXVIII)

D. Juan VI Tavera

Desde 1534 hasta 1545.

Nació en la ciudad de Toro en 16 de mayo de 1472, y fueron sus padres Arés Pardo y Doña Guiomar Tavera.

Era todavía muy niño cuando su padre murió, y se retiró su madre a vivir con él y sus otros hijos en la villa de Madrigal, en donde tenía alguna hacienda. Allí empezó a estudiar las primeras letras; y en breve tiempo supo leer y escribir. Emprendió después el estudio de la gramática latina; pero creyendo Doña Guiomar que esto lo haría mejor en Salamanca, le envió a aquella célebre universidad.

Después de haber aprendido latín y retórica, cursó en la facultad de Cánones hasta graduarse de Bachiller.

Por aquel tiempo fue transferido desde la Iglesia de Zamora a la de Salamanca su tío, el obispo Fr. D. Diego de Deza, el cual le cedió una habitación en el palacio episcopal y le proveyó de todo lo necesario para que cómodamente pudiese continuar sus estudios.

En la iglesia parroquial de S. Adrián de Salamanca disfrutaba Juan Gómez, clérigo de Villeruela, una capellanía de la familia Pardo. Renunció a ella libremente para que los patronos la proveyesen a su voluntad, por lo que fue presentado y nombrado para ello el hijo de Arés y de Doña Guiomar. A 30 de agosto de 1497 se la confirió canónicamente el Bachiller Justo de San Sebastián, Provisor, Oficial y Vicario General en todo el Obispado de Salamanca, por el Obispo de la Diócesis, y el día siguiente se le dio posesión de ella, siendo ésta la primera renta eclesiástica que tuvo; y, como era fundación de sus antepasados, la estimó tanto que no renunció a ella hasta el día 3 de octubre de 1523, en que fue promovido desde el obispado de Ciudad-Rodrigo al de Osma.

Poco después tomó también posesión de los préstamos de los lugares de Peralonso y S. Felices de Alcornocal, aldeas de la villa de Ledesma a las que fue promovido por el Obispo su tío.

En el mismo año de 1497, D. Fr. Diego de Deza ascendió a la Silla de Palencia y proveyó en su sobrino unos préstamos que en el mes de Octubre, por muerte de Diego Lopez de Ribera, vacaron en Santa María de la Antigua, en S. Salvador de Medina del Campo, en los lugares de Travancos, Fuente la Piedra, y Torrecilla del Valle, aldeas de Medina, y en Villanueva de Cañedo, y la Cabeza de Foromontanos, todo en el Obispado de Salamanca. Hubo litigio sobre esta provisión y no percibió los frutos D. Juan Tavera hasta que se ganó una sentencia para que el Corregidor de Medina del Campo se los hiciese pagar.

Los Reyes Católicos, a 4 de febrero de 1494, le dieron una ración entera para cuando vacase en la Santa Iglesia de Zamora. En virtud de esta gracia, tomó posesión en 4 de enero de 1499, de la que vacó por muerte de Don Diego Guiral; pero, habiéndole salido también incierta esta vacante, aceptó en 31 de mayo de 1531 otra ración, por muerte de su poseedor D. Juan Pereyra, y la conservó hasta el 29 de diciembre de 1510.

Cuando el Obispo D. Fr. Diego de Deza se trasladó de la Iglesia de Salamanca a la de Palencia, D. Juan Tavera no había aún cursado lo necesario para poder graduarse de bachiller en la facultad de Cánones, por lo cual quedó en Salamanca continuando sus estudios. Terminados éstos en abril de 1500 recibió el grado de Bachiller en Decretos.

Se retiró a vivir a Villeruela en la casa de su hermano mayor Diego Pardo; y, dedicándose allí con mucha aplicación a continuar sus estudios, pudo en breve tiempo volver a Salamanca a actuar para recibir el grado de Licenciado. Sus ejercicios fueron tan brillantes que, en aquel año (1504) en el mes de noviembre y día de San Martín, los Consiliarios de la Universidad le eligieron por Rector, muy a gusto del gremio y claustro, y de los escolares.

Siendo ya rector, sufrió el examen secreto y riguroso de la capilla de Santa Bárbara, a 2 de mayo de 1505, y el día siguiente recibió el grado de Licenciado.

Este año D. Fr. Diego de Deza, a la sazón Arzobispo de Sevilla, proveyó en él una ración entera que por entonces vino a vacar en aquella metropolitana Iglesia, y que D. Juan permutó por un canonicato de la misma, en cuya posesión entró a 19 de agosto del año citado.

Habiendo ido al Rey Fernando el Católico a Salamanca a la concordia que se hizo entre él y su yerno el Archiduque Felipe I, monarca de Castilla, tuvo noticia de las relevantes prendas de D. Juan Tavera, que aún era rector de aquella Universidad; y, habiéndose informado ampliamente de ello, le concedió una plaza de oidor del Consejo de la Inquisición, que entró a poseer en enero de 1506, siendo Inquisidor General su tío el Arzobispo hispalense.

El Metropolitano de Sevilla le hizo Chantre de su Santa Iglesia el día 27 de abril del mencionado año de 1506. Dio en Toro, a 30 del mismo mes, el poder para tomar posesión de esta dignidad, intitulándose el “Licenciado Juan Tavera, del Consejo de sus Altezas, e Inquisidor General”, a favor del Jurado Juan Gutiérrez Egas, quien la tomó en efecto el miércoles 6 de mayo. Parece que en este documento fue donde por primera vez dejó el apellido paterno, expresando sólo el de su madre.

El Arzobispo le nombró Provisor, Oficial y Vicario General en todo el Arzobispado de Sevilla con tan grandes poderes como le fue posible dárselos, y sin reserva ninguna en lo espiritual ni en lo temporal. Se cree que esto fue en el año de 1507, porque el día 23 de octubre, en la toma de posesión de un beneficio simple servidero de Chipiona conferido en él por su tío, a 11 de marzo del mismo año, se intituló Chantre, Canónigo y Provisor de aquella diócesis.

Además de lo dicho le dio el Sr. Deza un beneficio simple de Barrameda, en 31 de diciembre de 1507, otro servidero de Santa María de Guadajox, en 8 de abril de 1508; el beneficio de la parroquia de S. Mateo de Jerez, en 2 de junio; el simple de Santa María de Morón, en 30 del mismo mes; el de Cumbres de S. Bartolomé, en marzo de 1509; y otro de Lebrija en igual mes de 1510, que le salió “incierto” porque se le impetraron en Roma. Permutó los de Jerez, Sanlúcar, Morón, Guadajox y otros como el de las iglesias de la sierra, de S. Bartolomé de Carmona y el de Almadén, con D. Pedro de la Cueva, por el Priorato de Aroche en el arzobispado de Sevilla; habiendo obtenido para ello, por ser del Patronato Real el Priorato, licencia dada en Burgos por la reina Doña Juana a 31 de mayo de 1508, siendo de advertir que en esta licencia, presentó aquella princesa, como patrona, al Licenciado Juan Tavera para que el Arzobispo de Sevilla le confiriese el priorato.

En 3 de diciembre de 1513 le encomendó Fernando V visitar y reformar la Chancillería de Valladolid. Llegó Tavera a esta población el 12 del citado mes, y estuvo en ella cumpliendo su encargo hasta principios de mayo de 1514, y haciendo para gobierno de la Chancillería muchas ordenanzas, de las cuales algunas se insertaron como leyes del Reino en la Nueva Recopilación, que, andando el tiempo, mandó hacer Felipe II. El día 15 del mismo mayo fue a Segovia a dar cuenta al Rey de cómo se había conducido en la comisión que le había dado.

Un mes después Fernando el Católico le presentó para obispo de Ciudad-Rodrigo, sin que D. Juan lo pretendiese ni aún lo esperase. Tomó posesión del obispado en 17 de noviembre de 1514.

Por mandato de Carlos I fue como embajador suyo a visitar al rey de Portugal D. Juan III, cuando éste por muerte de su padre había subido al trono, llevando además el encargo de dar el pésame a la Reina viuda Doña Leonor, hermana de nuestro soberano, y el de tratar de los casamientos del mismo D. Carlos con la hermana del monarca portugués, y de éste con la infanta Doña Catalina, que lo era del de España. Por su mediación tuvieron efecto ambos matrimonios: el del rey de Portugal a 5 de febrero de 1525 y el otro en 3 de marzo del año siguiente.

Se hallaba en estas negociaciones cuando el cardenal de Tortosa recibió, en la ciudad de Vitoria a 9 de febrero de 1522, un breve en que le manifestaban haber sido elegido Sumo Pontífice Romano. Al momento envió a Portugal un correo llamando hacia sí al obispo de Ciudad-Rodrigo manifestándole que le era indispensable su presencia por asuntos del Pontificado y para el bien público de la Cristiandad. Obedeció Tavera, y el nuevo Papa, que se llamó Adriano VI, le encargó el despacho de varios asuntos, le llevó en su compañía hasta que se embarcó cerca de Tortosa, no habiendo podido conseguir que fuese con él a Roma, a pesar de habérselo rogado afectuosamente, por excusarse D. Juan con el gran respeto que debía a Carlos I.

En 12 de septiembre del mismo año 1522, le nombró S. M. Presidente de la Real Chancillería de Valladolid, y al día siguiente empezó a desempeñar la Presidencia.

En octubre de 1523 fue presentado por el Emperador para el Obispado de Osma, de que tomó posesión a 13 de abril de 1524, renunciando entonces el de Ciudad-Rodrigo que había gobernado sobre 10 años.

En el mes de junio fue promovido a la silla metropolitana de Santiago, y el agosto llegaron las bulas pontificias a Valladolid.

En 22 de septiembre le nombró Presidente del Consejo Carlos V (I de España), cargo que conservó durante 15 años.

En 2 de octubre se tomó, en su nombre, posesión de la sede compostelana.

Presidió en las Cortes de Toledo de 1525, y en las de Valladolid de 1527 y 28. Durante este tiempo y aun después, acompañó al Emperador en diferentes viajes.

En 1529, Carlos V fue a Italia a recibir la corona de hierro y la de oro según estaba convenido con el Papa Clemente VII, y dejando por Gobernadora de España a su esposa, la encargó que consultase con el Arzobispo de Santiago todos los negocios del Estado; lo cual ejecutó puntualmente la Emperatriz. Dejó también encomendado a Tavera que asistiese a los Consejos de Estado y Guerra, a las consultas de la Cámara, Contaduría, Hacienda, Indias, Órdenes, Cruzada y cualesquiera otras que pudiesen ocurrir.

Enfermó la emperatriz a fines de marzo de 1529 y nombró albacea al Arzobispo de Santiago, dándole muy amplios poderes para cumplir su testamento.

Carlos V, habiendo recibido en Bolonia, de manos de los magistrados de Monza, la corona de hierro como rey de Lombardía, a 2 de febrero de 1530, y del Papa Clemente la de oro como rey de romanos a 24 del mismo mes, pasó a Mantua en donde con fecha de 4 de abril escribió a D. Juan la siguiente carta (que se ofrece bastante adaptada al lenguaje de nuestros días):

Muy reverendo en Cristo, padre Arzobispo de Santiago, Presidente del nuestro Consejo. Yo quisiera haceros merced en la vacante de Salamanca, pero por cumplir algunas de las cosas que tenía prometidas, así como por otras que resultaban inevitables, no ha sido posible; lo que me ha disgustado; y pues no ha sido por falta de voluntad, tomadlo a bien; que yo espero hacerlo de manera que quedéis contento conmigo. También me gustaría enviaros capelo de Cardenal, porque vuestra persona lo merece, y yo os lo debo, aunque por algunos impedimentos que de presente se ofrecen se dilatará. Aún así supliqué a su Santidad que para adelante me hiciese merced, informándole de lo que merecéis; y su Santidad me ha respondido de manera que yo quedé satisfecho, y así espero que quedéis vos, que, cuando pueda hacerse sin inconvenientes, me alegrará mucho que por mi mano recibáis esta merced. Por otras mías, que irán con la presente, respondo a todo lo que habéis escrito, y por las de la Emperatriz, y por lo que don Antonio de Mendoza dirá, sabréis lo que mas hay que escribir. En Mantua, a cuatro de Abril de mil y quinientos y treinta años. Yo el Rey. Por mandado de su Majestad. Cobos, Comendador Mayor.”

Fue tan puntual el Papa en cumplir lo prometido al Emperador Carlos V y en lo que había manifestado al metropolitano de Compostela, que sin pasar un año, el día 23 de marzo de 1551, era D. Juan creado Cardenal de la Santa Iglesia Romana, presbítero del título de San Juan Ante-Portam-Latinam. Trajo el Capelo don Juan de Pomar, hijo del virrey de Mallorca, y se le confirió el Obispo de Zamora, D. Francisco de Mendoza, el día 28 de octubre en la iglesia colegial de Medina del Campo, hallándose presentes la Emperatriz, el Príncipe Don Felipe, la Infanta Doña María su hermana, y muchos prelados y grandes señores de la corte. El nuevo Cardenal acompañó hasta palacio a la emperatriz, la cual no le permitió hacer la cortesía de apearse para despedirse de ella, y además mandó al Príncipe y a todos los grandes de su comitiva que le acompañasen hasta su alojamiento. Llegó en efecto D. Felipe hasta la puerta de la posada de Tavera, donde le honró saludándole con el sombrero en la mano.

En 1532 presidió en las Cortes de Segovia, donde se ordenaron muchas cosas concernientes a la autoridad y honor del Estado eclesiástico.

El Emperador, mientras que estuvo ausente de España, consultaba a Tavera los asuntos importantes que le ocurrían, dirigiéndole frases tan halagüeñas como las siguientes con que terminaba una carta escrita en Bruselas a 17 de enero de 1532: “Muy Reverendo in Cristo, padre Cardenal, nuestro muy caro y muy amado amigo, la Santísima Trinidad sea siempre en vuestra guarda.”

Al ir a embarcarse en Génova para volver a España, en marzo de 1533, escribió D. Carlos a la Emperatriz que “saliese a esperarle a Barcelona y que fuese en su compañía el Cardenal”. Lo hizo como lo deseaba el monarca, y se reunieron los tres en aquel punto en el siguiente abril al desembarcar el Emperador. Hubo de serle a éste indispensable detenerse algún tiempo en la ciudad; y, como los Reinos de Castilla y Leon estaban sin presidente, ordenó al prelado compostelano que viniese a gobernarlos. Vino, pues, Tavera a Madrid, a continuar desempeñando sus cargos, el día 10 del mes de junio.

En 4 de febrero de 1534 le presentó S. M. para la silla toledana vacante por muerte de D. Alfonso de Fonseca, y de la que en su nombre tomó posesión en la tarde del miércoles 13 de mayo D. Jerónimo Suares, Obispo de Badajoz, del Consejo de la Inquisición. En el siguiente día, que era el de la Ascensión del Señor, asistió al coro de la Santa Iglesia Primada, acompañándole toda la Corte, compuesta de muchos Prelados y Grandes, desde su casa a la catedral, y al claustro, en donde se quedó a vivir para atender mejor al gobierno de la Iglesia y de la Diócesis.

En el mismo año, empezó a visitar su arzobispado, comenzando por la villa de Alcalá de Henares, desde la cual pasó a presidir las Cortes en Madrid, y aquí permaneció hasta que a principios de marzo de 1535, entrada ya la Cuaresma, se trasladó a Toledo.

Pasada la Pascua, volvió a reunirse con la Corte en Madrid, llamado por el Emperador que estaba de marcha para ir por Barcelona a la empresa de Túnez. Se despidió de él Carlos V, encomendándole la asistencia en servicio de la Emperatriz y en los cargos que le tenía dados.

Reunió y presidió un sínodo diocesano que duró desde el 4 al 10 de abril de 1536.

Asistió a las cortes de Valladolid en 1537, y a las de Toledo de 1538. Estas últimas se celebraron en el convento franciscano de S. Juan de los Reyes estando en una sala los señores, y en otra los prelados presididos por el Primado.

Ayudó a bien morir a la emperatriz, que de resultas de haber parido un niño muerto, falleció el día 1º de mayo de 1539, y asistió a sus exequias en la Santa Iglesia Toledana, el jueves 22 y el viernes 23.

Poco después consiguió que el emperador le admitiese la renuncia, que ya en otra ocasión había pedido, de la Presidencia del Consejo Real, alegando para ello la necesidad de asistir a su iglesia, y visitar personalmente la diócesis. D. Carlos accedió a sus deseos, no sin harta dificultad y con intención de hacerle Inquisidor General y Gobernador de los Reinos. Ya para entonces había solicitado Carlos V que el Pontífice Paulo III proveyese en el Cardenal Tavera la plaza de Inquisidor General, vacante por muerte del Arzobispo de Sevilla, D. Alfonso Manrique, acaecida en 28 de septiembre de 1538. Se despachó el Breve de S.S. en 7 de noviembre de 1539.

En cuanto D. Juan se vio libre de la Presidencia de Castilla, salió a visitar el Arzobispado y llegó hasta la villa de Brihuega, confinante con el Obispado de Sigüenza. Después de haber residido allí los meses de agosto y septiembre de 1539, fue llamado por el Monarca y vino a Madrid, por Alcalá de Henares el día 3 de octubre. Le manifestó Carlos V que, habiéndose rebelado la ciudad de Gante, tenía resuelto pasar a Flandes a castigar a los rebeldes, y que quería que durante su ausencia, Tavera quedase por Gobernador de estos reinos, morase en el palacio real con el Príncipe D. Felipe, y estuviese custodiado por la “Guarda Española”. Partió en efecto de Madrid el 10 de noviembre dejando al Cardenal poderes tan amplios como solía dar a la emperatriz, y ordenado que los consejos le consultasen como si fuese al soberano mismo. Duró dos años la ausencia de D. Carlos, y durante ellos, atendiendo a los negocios de gobierno, no salió D. Juan de su arzobispado, pasando solamente, de tiempo en tiempo, de unas a otras de sus poblaciones.

Desde que tomó posesión de la sede primada, formó el propósito de edificar en Toledo un hospital muy espacioso para la curación de diferentes enfermedades. En 31 de diciembre de 1540 envió un recado al ayuntamiento toledano, manifestando que estaba resuelto a labrar un hospital general muy suntuoso, y que emprendería luego su edificación si para ello se le diese un sitio que, al efecto, había elegido al norte de la ciudad fuera de la Puerta de Bisagra, junto al campo real de Madrid, al fin de la Plaza del Marchal, llamada así por haberla hecho en 1538 el corregidor de Toledo, Pedro de Navarra, primer Marqués de Cortés y Mariscal de Navarra. En el mismo día a las tres de la tarde se convocó a la Justicia, a los Regidores, Jurados y demás personas que solían reunirse en tales casos. Nombró la ciudad a dos Comisarios y dos Jurados, para que acompañados de uno de los fieles alarifes, viesen el sitio pedido y al día siguiente (sábado 1º de enero de 1541) a la misma hora hiciesen una relación e informe de lo que se les ofreciese y pareciera. Se llevó a cabo, en efecto, la relación en el día y hora señalada; y Toledo, conforme con el dictamen de los comisarios, dio el sitio gratuitamente por ser para tan laudable obra, y por el ornato que el edificio añadiría a la Ciudad Imperial. Así, acto continuo, se despachó la provisión firmada por Pedro del Castillo, escribano mayor del Ayuntamiento, y esta corporación fue en seguida a dar las gracias al Primado por la idea que iba a poner en práctica.

El Cardenal dio cuenta al Emperador de tal determinación, y del sitio escogido, a lo cual Carlos V contestó desde Spira, ciudad imperial de Alemania, las palabras siguientes:

Diego de Guzmán me dijo lo del Hospital que queréis edificar cerca de la Puerta de Bisagra de Toledo, y dotarle. Me he alegrado mucho de que queráis hacer tan buena cosa, y en que tanto se podrá nuestro Señor servir: el sitio me parece bueno, y así con su bendición podéis hacer empezar la obra”.

El día 5 de febrero en que se escribió esta carta se tomó posesión del sitio en nombre de D. Juan Tavera. Manifestó también su proyecto al Pontífice Paulo III, el cual en bula expedida en Roma a 12 de marzo de 1540, después de elogiar su pensamiento y el cuidado que de los pobres tenía, le dio licencia y facultad para fundar el benéfico establecimiento, y dentro de él, una capilla con los capellanes que a bien tuviese, y bajo la advocación de San Juan Bautista. En 28 de marzo de 1541 se comenzó a hacer acopio de materiales. Se explanó el terreno, y el viernes 9 de septiembre se dio principio a la construcción. El miércoles 15 de marzo de 1542 se empezó a echar la “piedra guija” en la delantera del edificio. Vivió tan poco tiempo el Arzobispo después de haber comenzado esta suntuosa y grande obra, que a su muerte sólo quedó hecho lo que está bajo de tierra; fuera de cimiento alguno de los arcos de los dos patios, y acopiados muchos materiales. Su sobrino Antonio Ares Pardo de Saavedra, Mareschal de Castilla y Señor de las villas de Malagón y Paracuellos, a quien y a sus sucesores dejó en su testamento llamados por orden sucesivo al Patronato del Hospital, labró gran parte de éste. Muerto Antonio Ares Pardo en 13 de febrero de 1561, quedó de patrono su hijo mayor Juan, que no pasó de la menor edad, por lo cual Doña Luisa de la Cerda, madre y tutora de éste, fue quien hizo poner la primera piedra de la capilla, el día 24 de junio de 1562.

Al fin de noviembre de 1541 volvió Carlos V a España, desembarcando en Cartagena, y fue a Ocaña a ver a sus hijas las infantas Doña María y Doña Juana, que en aquella villa se criaban. Sabiéndolo Tsvera, fue allá a visitarle, y habiendo salido de Madrid a 17 de diciembre, llegó al día siguiente y acompañó al Monarca hasta el 23, en que marchó a Toledo.

En 9 de enero de 1542 salió a continuar la visita de su diócesis, y pasando por las poblaciones de Canales, Illescas, Getafe, Vallecas, Torrejón de Ardoz, Alcalá de Henares, Alcolea y Salamanca, llegó a Torrelaguna, a donde D. Carlos le envió llamar desde Valladolid para consultar con él muchos negocios. Obedeció el Cardenal, pero después de conferenciar con el monarca, volvió a Torrelaguna para continuar la visita diocesana. Volvió a Toledo en diciembre, y activó cuanto pudo la construcción del Hospital de Afuera en aquella ciudad. Pasó allí las Pascuas del año 1543 y tornó a su visita.

En abril se hallaba en Alcalá de Henares disponiendo lo conveniente para la perfección de las suntuosas habitaciones que hizo labrar en el palacio Arzobispal de aquella villa.

Pasó por Madrid y Segovia hasta llegar a Valladolid a entender en el gobierno de los reinos a causa de que el Emperador iba a Barcelona con objeto de partir por mar hacia Italia, a conferenciar con la Santidad de Paulo III. Se detuvo el Cardenal con la corte en Valladolid hasta los primeros días de noviembre, en los que acompañó al Príncipe D. Felipe, que iba a casarse en Salamanca con su prima Doña María, Infanta de Portugal e hija de D. Juan III y de la reina Doña Catalina.

Habiendo dado allí la bendición nupcial a los augustos novios volvió a Valladolid.

Pocos días después salió a recibir a los recién casados Príncipes. Marchaba el Cardenal, al lado de D. Felipe, con su guión y cruz de provincia en alto; llegó hasta él el Duque de Alba, mayordomo mayor de S. M. y le dijo: “Bien parecerá, siendo de ello servida V. S. que no vaya cruz en este acto”.

A lo cual respondió el Primado: “la cruz va bien, y lo parece, y es preeminencia mía traerla por toda España, mayormente que soy metropolitano de Valladolid, por serme sufragánea su abadía y el Obispo de Palencia, y Su Alteza será contento de que se haga novedad.”

Todavía será bueno no llevarla, porque no parezca enterramiento”, replicó el Duque.

Y el Arzobispo repuso con mucho brío: “La cruz en todo caso ha de ir donde va; y creo que Su Alteza no será servido de otra cosa”.

Entonces muchos Grandes comenzaron a ponerse de parte del Prelado de tal manera que se pudo temer algún conflicto, viendo lo cual, pidió Tavera al Príncipe licencia para separarse de él y se fue a su posada con la cruz enhiesta, y seguido de muchos títulos y caballeros que no quisieron dejar de acompañarle. Al día siguiente suplicó al Príncipe que “le permitiese ir a palacio”. No accedió D. Felipe a tal petición, y le mandó que “no escribiese al Emperador” lo que había pasado. Contestó el Cardenal que “se lo mandaba tarde, porque ya había despachado” y que “se detendría hasta la vuelta del correo”. En respuesta a la comunicación de D. Juan envió Carlos V dos cartas, una a D. Felipe, manifestándole “el sentimiento que había de este caso” y encargándole que honrase “mucho al Primado y le guardase sus privilegios”; y otra al Arzobispo, asegurándole que “estaba muy apesarado de lo que con él se había hecho” y rogándole que “continuase sus oficios como antes hacía, y permaneciera en la corte sin hacer mudanza”.

Permaneció, por tanto, de asiento el Cardenal en Valladolid atendiendo a los asuntos de gobierno y a los que le imponía su cargo de Inquisidor General. Cercado de tantos y tan graves cuidados, y creyendo que la ausencia del Soberano sería, como fue, larga, llamó a su lado para atender a los negocios de su diócesis a los seis clérigos que componían el Consejo Diocesano, y a todos los oficiales y ministros de este tribunal.

En 15 de marzo de 1544 otorgó en Valladolid una escritura de concordia con el Obispo de Guadix, transigiendo un pleito que había durado muchos años entre los Prelados de aquella iglesia y los toledanos sobre la jurisdicción de Baza. Parece ser que cuando los Reyes Católicos conquistaron aquella ciudad, el Cardenal de España, D. Pedro González de Mendoza, en virtud de convenios anteriores con los Reyes de Castilla, puso en ella ministros y un Vicario que ejerciese por él la jurisdicción eclesiástica, e hizo otros actos pontificales, bien así como lo verificó también después en Huescar, fundado en que ambas pertenecían a su dignidad con arreglo a una gracia concedida por la Santa Sede Romana, de la cual hemos hablado en otra entrada del blog. En el mismo año y mes que Baza, se tomó Guadix: se erigió en ella una Iglesia Catedral y se la adjudicaron la ciudad y comarcas de Baza. Años después los moradores de esta ciudad se quejaron al Cardenal Cisneros, de que, siendo suyos los desamparaba, y, con este motivo, se entabló entre los arzobispos de Toledo y los obispos de Guadix el pleito de que vamos hablando y en que cada uno de los prelados pretendía ser de su jurisdicción Baza. Recayó una sentencia a favor de Cisneros; luego otra revocatoria de ésta, y después una tercera confirmando la primera. Consiguió, sin embargo, el de Guadix que entendieran en el negocio nuevos jueces; y aún se continuaba de este modo el litigio cuando Tavera logró transigirle, conviniéndose ambas partes en lo siguiente: la abadía e iglesia de Baza quedó sufragánea del Arzobispado de Toledo, teniendo el Primado el derecho de conocer en los negocios de ella en grado de apelación. La jurisdicción espiritual, civil y criminal se adjudicó al obispo de Guadix. Este había de percibir los frutos y todos los demás aprovechamientos, menos la tercera parte que sería para el prelado y cabildo de Toledo. La ciudad de Huéscar y todos los lugares de su vicaría se aplicaron al Arzobispo y a su diócesis, con los diezmos y rentas, excepto la tercera parte, que se declaró pertenecer al obispo y a su mesa capitular. Firmaron la escritura, el Cardenal por lo tocante a su dignidad; D. Diego Tavera, arcediano de Calatrava, por su Cabildo; D. Antonio del Águila, Obispo de Guadix, por su dignidad, y el licenciado D. Alonso de Renera, chantre de Guadix, por la mesa capitular y fábrica de su Catedral. Parece que después de esto hubo disensión entre los ministros de las iglesias de Toledo y de Guadix sobre el repartimiento de los diezmos; pero también se transigió, siendo uno de los árbitros don Enrique Enriquez.

El día 12 de diciembre salió de Valladolid para Toledo, a donde llegó el sábado 20 del mismo, y permaneció hasta el 11 de mayo de 1545, a pesar de que el Emperador desde Alemania y el Príncipe desde Valladolid, donde residía, no cesaban de instarle para que volviese a la corte. Lográroslo por último con ocasión de la proximidad del parto de la princesa, manifestándole que querían fuese él quien bautizase el niño que naciese. No pudo excusarse. Partió de la Ciudad Imperial el expresado día 11 y entró en Valladolid el 19 de aquel mes.

Murió de parto la princesa al nacer el Infante Don Carlos, el domingo 12 de julio, y el Cardenal ofició en sus exequias sin faltar ni un solo día. Acaso por el sentimiento que tuvo de esta muerte, y también porque a los calores caniculares se añadía el de las muchas luces y el gentío de la iglesia en que se hicieron las honras, y el ser ya bastante anciano, puesto que tenía 73 años cumplidos, le causaron un gran ardor en la cabeza, del que resultó una fuerte calentura. Fue esta aumentándose con paroxismos que le llevaron a morir el sábado día 1º de agosto a las cuatro de la mañana.

A petición de Ares Pardo de Saavedra, Mareschal de Castilla, y de D. Diego Tavera, del Consejo de la Inquisición, sobrinos del Cardenal, abrieron luego el testamento que había otorgado durante su enfermedad, el licenciado Rodrigo Ronquillo, alcalde de corte; el licenciado Juan de Balboa, Provisor de Valladolid, y el licenciado Hernando Barrientos, corregidor. Mandaba en él que se le depositase en la capilla principal de la iglesia mayor de Valladolid, y que de allí se le trasladase a la del Hospital de Afuera de Toledo, a la que nombraba su heredero universal de bienes, derechos y acciones. Se hizo en efecto el depósito del cadáver, el mismo día de la muerte del Prelado, en la capilla mayor indicada en presencia de toda la corte, y de los grandes, prelados, consejeros, títulos, caballeros y otras personas de importancia.

Permaneció en ella hasta que en la tarde del martes 18 de octubre de 1552 le metieron en un ataúd cubierto de terciopelo carmesí con una cruz de brocado amarillo, que pusieron en una litera, y por la noche le sacaron de Valladolid acompañándole hasta la salida de la población el Cabildo de la Iglesia Mayor, el menor de curas beneficiados, las 14 parroquias y 23 cofradías, todas las órdenes religiosas y los Niños de la Doctrina. Llegó a Toledo el viernes 28, día de los apóstoles San Simón y San Judas Tadeo, yendo en su comitiva muchos caballeros que con él partieron de Valladolid, y otros que salieron a encontrarle en el camino desde Madrid donde a la sazón residía la corte. Parece que entre magnates, religiosos, sacerdotes, criados suyos y de sus sobrinos le acompañaron más de 1.500 personas. Le recibió en la Puerta del Cambrón el Cabildo de la Santa Iglesia toledana, el de curas y beneficiados, todas las órdenes religiosas y cofradías de la ciudad, el Ayuntamiento y gran número de señores y caballeros. Se sacó de la litera el ataúd y en hombros de magnates se llevó hasta la catedral, en donde se cantó una vigilia, y allí permaneció aquella noche. El día siguiente se le trasladó al Hospital, con la procesión solemne que en la víspera le había recibido, yendo a su frente el Arzobispo su sucesor Don Juan Martínez Siliceo. Allí se le hizo el oficio de difuntos y se le dejó depositado, hasta que años después se le dio sepultura en la actual capilla.  

Continuará

Fuente:

  • “Historia de los templos de España”, de Gustavo Adolfo Bécquer y Juan de la Puerta Vizcaíno. 1857.

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