Historia de los templos de España: los arzobispos toledanos (XXXVI)

Fray Francisco I Jiménez de Cisneros

Nota previa: ya tuvimos ocasión en “El Miradero” de tratar la figura de Cisneros en una serie de entradas dedicadas a tan ilustre y memorable personaje. “Historia de los Templos de España”, al hablarnos de todos y cada uno de los arzobispos toledanos, no omite a este importante individuo, por lo que “El Miradero” tampoco puede hacerlo. Así pues, para no dejar la serie incompleta, y a modo de resumen de lo que en su día vimos de forma más extensa, a continuación os muestro la adaptación del texto que “Historia de los Templos de España” dedica al célebre cardenal.

Lo mismo se hará con otros arzobispos, como Carranza, por ejemplo.

Desde 1495 hasta 1517.

Nació en Torrelaguna, villa del arzobispado de Toledo, el año de 1436, siendo sus padres D. Alonso y Doña Marina de la Torre. Fue bautizado en la iglesa parroquial de Santa María Magdalena de aquella villa, poniéndole el nombre de Gonzalo.

Sus padres, destinándole a seguir la carrera eclesiástica, le enviaron con sólo 7 años a la villa de Cisneros, en tierra de Campos, para que en casa de sus tíos D. García y el licenciado D. Alvar Jiménez de Cisneros, bajo la dirección del último como sacerdote que era, empezase a hacer los estudios convenientes para poder abrazar el estado eclesiástico. Hay quien dice que aprendió las primeras letras en la villa de Cuéllar, al par que otros afirman que en la de Roa, en donde su tío poseyó por algún tiempo un beneficio o curato.

De vuelta a su casa y cumplidos los 10 años, le llevaron a Alcalá de Henares a estudiar la gramática latina.

Teniendo 14 fue a Salamanca, en donde emprendió los estudios de ambos derechos (civil y canónico), y también los de filosofía y sagrada teología. Seis años después se graduó de bachiller, habiendo hecho tales progresos que con sus explicaciones particulares ganaba con que sustentarse decorosamente.

Teniendo ya 22 años, y cuando acababa de pasar para graduarse de licenciado en cánones, le llamaron sus padres, y volvió a Torrelaguna.

D. Alonso pensó que convenía que fuese su hijo a Roma, y este emprendió el viaje a la Metrópoli del orbe cristiano en el año de 1459. En el camino, a poca distancia de Pertus, en Cataluña, fue asaltado por tres bandoleros que le despojaron del dinero que llevaba. Continuó empero, su marcha, como pudo, pidiendo limosna, hasta que otros ladrones, en los confines de Francia, le robaron la mula en que cabalgaba y todo lo demás que le había quedado, dejándole solamente la camisa, por lo cual le fue forzoso detenerse en una villa denominada Aguasmuertas. Felizmente acertó a pasar por allí un condiscípulo suyo de Salamanca y licenciado llamado Brunito, que iba también a Roma por ciertos negocios judiciales, el cual le socorrió y le llevó consigo a aquella ciudad.

Emprendió allí la profesión de la abogacía, y, comenzando a ejercerla, consiguió que su compañero y favorecedor lograse lo que deseaba. Adquirió luego tan grande fama de docto y de virtuoso, que contrajo amistosas relaciones con los cardenales, y se atrajo la benevolencia del Sumo Pontífice.

Le ordenaron a “título de suficiencia” y con lo que le producían la jurisprudencia, la misa y algunas lecciones de derecho canónico, se mantuvo con desahogo más de seis años.

Supo que su padre había muerto y, pensando que como hermano mayor de los suyos era indispensable que volviese a su país a ampararlos y a consolar a su madre, dio parte al Santo Padre y a los cardenales de la resolución que había tomado de regresar a su patria. Entonces el Sumo Pontífice le dio unas bulas que llaman “expectativas”, para poder obtener uno de los beneficios que vacasen en el arzobispado de Toledo, que con arreglo a derecho fuesen de S. S. y cuya renta no pasase de cien florines.

Llegó a su villa natal hacia 1466.

Acompañó a su madre y administró su hacienda y la de otros beneficios que trajo de Roma hasta el de 1473, en que le presentó y nombró para una capellanía fundada por Juan Rodríguez, el patrón que entonces era de ésta, Rodrigo de la Torre, según parece por una escritura y nombramiento firmado por el Arzobispo de Toledo D. Alfonso Carrillo de Acuña, y por su secretario Pedro de la Puente.

Vacó el arciprestazgo de la villa de Uceda, distante poco más de una legua de Torrelaguna, y viendo Jiménez de Cisneros que era uno de los beneficios comprendidos en las “letras expectativas”, tomó posesión de él en virtud de estas. El Arzobispo de Toledo D. Alfonso Carrillo de Acuña se opuso a la posesión tomada por Cisneros y a la concesión hecha por el romano pontífice. Gonzalo defendió la validez de la gracia que le había otorgado la Santa Sede. El prelado hizo prenderle y aprisionarle en la fortaleza de Uceda, y después trasladarle a la de Santorcaz. A ruegos de su madre intercedió por él la Condesa de Buendía, Señora de la villa de Dueñas, y consiguió del Primado que se le pusiese en libertad, después de haber estado preso más de seis años.

Salió de la prisión sin renunciar el arciprestazgo. Si bien después, en 1480, por evitar nuevos choques con el Arzobispo, permutó este beneficio por la Capellanía Mayor de la Santa Iglesia de Sigüenza.

En aquella ciudad se dedicó mucho al estudio de la Sagrada Escritura, y aprendió las lenguas hebrea y caldea tomando lecciones de un judío.

El Cardenal D. Pedro González de Mendoza, por entonces aún obispo de Sigüenza, y con retención del Arzobispado de Sevilla, le eligió para que en su ausencia fuese Vicario Provisor Administrador de toda la diócesis seguntina. En un prinicipio, Cisneros rehusó con firmeza, pero al fin hubo de aceptar debido a los ruegos del prelado y porque no pareciese que tenía en poco a la autoridad episcopal.

Muerta su madre, se resolvió a hacerse fraile franciscano para huir del tráfago del mundo, y renunciando en su hermano mayor Bernardino los beneficios eclesiásticos que poseía, tomó el hábito en el convento de San Francisco de la Saceda, cerca de la villa de Tendilla, el año de 1484, a los 48 años de edad.

Había ya mas de medio año que estaba de novicio en la Saceda, cuando fue a visitar aquella casa el M. R. P. Fr. Pedro de Loeches, Vicario Provincial, y le llevó a la ciudad de Toledo para con él y otros instalar el noviciado del monasterio de San Juan, que a la sazón edificaban los Reyes Católicos. Allí, transcurrido el año de la aprobación, profesó Cisneros cambiando su nombre de Gonzalo por el de Francisco.

Pocos días después de su profesión obtuvo licencia del Provincial para pasar al convento de Nuestra Señora del Castañar, cerca de Toledo, que por estar en lugar aislado y casi desierto convenía a sus deseos de retiro y de alejarse de la Corte.

En el año de 1485, la provincia de Castilla de la orden de San Francisco celebró capítulo en el convento de Guadalajara y en él, de común acuerdo, se le eligió Guardián del Castañar, a pesar de no hacer aún ocho meses que había profesado. Desempeñó esta prelacía por espacio de 3 años.

En otro capítulo congregado en Belmonte el año de 1488, obtuvo del M. R. P. Fr. Pedro de Molines, allí elegido Vicario Provincial, licencia para trasladarse al convento de la Saceda, lo que verificó tan pronto como terminó el capítulo.

Pasados tres años durante los cuales escribió la materia “de Angelis” que por larga experiencia había comunicado, la “de pecatis” y otras obras espirituales, le hicieron Guardián del mismo convento de Nuestra Señora, en el capítulo provincial reunido en Úbeda el año de 1491.

Los Reyes Católicos, habiendo tomado a Granada en 1492, eligieron para primer Arzobispo de aquella diócesis al confesor de la Reina, D. Fr. Hernando de Talavera, fraile de la orden de San Jerónimo y a la sazón Obispo de Ávila. Siendo por tanto necesario buscar quien reemplazase a este Prelado en el confesionario de la augusta señora, rogó doña Isabel al Cardenal D. Pedro González de Mendoza que la propusiese quien debería ser en adelante su director espiritual. Eligió D. Pedro a Fr. Francisco Jiménez de Cisneros, si bien manifestándola el temor de que éste no quisiese trocar su vida penitente por el bullicio palaciego. La Reina deseó verle y hablarle luego. Sin participarle su intento, se reunió con el Cardenal González de Mendoza en al misma Ciudad de Granada en el mes de marzo del año citado, y manifestándole que elegía a Fr. Francisco para confesor, le encargó que dispusiese lo necesario al efecto haciendo que Jiménez fuese a Valladolid con cualquier pretexto.

Se trasladó la corte a esta población en el mes de junio y el Guardián de la Saceda vino a buscar en ella al Cardenal Mendoza que le había llamado diciéndole, como en otras muchas ocasiones, que le necesitaba para consultar con él cosas de conciencia. Le llevaron a la presencia de la Reina, y, de la conferencia que ambos tuvieron, resultó pedirle Isabel la Católica que fuese su confesor. Fr. Francisco no pudo menos de condescender a los ruegos de su soberana si bien con las condiciones siguientes: que no había de tener ración de palacio, pues quería vivir de la de su convento o de la limosna que recogiese pidiendo de puerta en puerta; que no había de vivir con la corte, sino en el más próximo convento para no faltar a sus obligaciones; y que no se le había de ocupar en materias de gobierno. Esta última condición no la cumplió Doña Isabel puesto que desde luego, apenas hubo negocio alguno en que no le consultase y obrase con arreglo a su parecer.

El primer asunto que en aquel año y en la misma ciudad de Valladolid le encomendaron los Reyes Católicos fue darle comisión para que en la villa de Almagro, de la Archidiócesis de Toledo, cabeza de la orden de Calatrava, fundase un convento de religiosas del hábito y regla de la Tercera Orden de San Francisco, en un eremitorio o capilla que tenía por nombre “Santa María de los Llanos”, lo cual ejecutó Jiménez a satisfacción de los monarcas.

Intentó Isabel hacerle individuo del real Consejo pero él no quiso acceder, en cuanto a esto, a sus deseos.

La reina consiguió del Papa Alejandro VI en 1493 un breve para poder llevar en su compañía y a sus órdenes, a Cisneros, por todos sus reinos, sin necesitar para ello licencia de ningún Prelado de su orden, y para que él pudiese ir siempre con dos compañeros y entrar y salir en cualquier convento. A pesar de que, por esta causa, no podía permanecer a la voluntad en parte alguna, el Capítulo convocado para la fiesta de Pentecostés de 1494, y reunido en el convento de los Descalzos de San Esteban de los Olmos, a una legua de Burgos, eligió a Fr. Francisco por unanimidad Vicario Provincial de Castilla, provincia tan dilatada en aquellos tiempos que tenía elección de cinco custodias y se extendía por toda Castilla la Nueva, parte de la Vieja, las dos Andalucías y la provincia de Cartagena. Aceptó Jiménez este cargo, persuadiéndoles de que por las obligaciones anejas a él le dispensaría Doña Isabel de acudir tanto a la corte, pero su esperanza le salió fallida.

Cisneros había propuesto a Isabel la reforma de los religiosos de ambos sexos de la orden de San Franciso; los Reyes Católicos, que tenían el mismo deseo, a instancia suya escribieron al Papa en el año de 1493, pidiéndole facultad para poder reformar todas las religiones de sus reinos, mendicantes o monacales, frailes o monjas. Recibida al fin del siguiente año (1494) la Bula de Alejandro VI concediendo lo solicitado, sin exceptuar orden ninguna ni nombrar ejecutor, y dejando este nombramiento a favor y a voluntad de nuestros monarcas, la Reina llamó con urgencia a Fr. Francisco que se hallaba en Andalucía haciendo la visita como Vicario Provincial; le nombraron los monarcas ejecutor de la bula pontificia, le delegaron sus regias facultades y quedó constituido en Reformador General de todas las ordenes religiosas de España. Empezó a ejercer desde luego este nuevo cargo, y aunque los trabajos para hacer la reforma duraron al menos hasta el año 1511 y tuvo bastantes obstáculos que vencer, consiguió por último llevar a cabo la reforma que él y los soberanos deseaban.

Muerto el Arzobispo de Toledo D. Pedro González de Mendoza en el mes de Enero de 1495, vacilaron algún tiempo los Reyes Católicos acerca de la persona a quien debían nombrar para sucederle en la Silla Primada, hasta que por último decidieron que lo fuese el Padre Provincial de la orden de los menores de la observancia de San Francisco de Castilla y confesor de la Reina. Enviaron, con este objeto, a Roma al licenciado Diego de Bonilla, como embajador extraordinario, a suplicar al Papa Alejandro VI que aprobase la elección. Tan grande sigilo se guardó en el asunto, que Cisneros no llegó a traslucir ni la más mínima cosa de las diligencias que con respecto a él se practicaban. Llegó entretanto la Cuaresma y fue Fr. Francisco a Madrid a cumplir sus deberes de confesor de doña Isabel. Al principiar la Semana Santa, cuando previa licencia de la Reina y habiéndose ya despedido de palacio iba a marchar hacia el convento de Nuestra Señora de Esperanza cerca de la villa de Ocaña, vino el repostero de Cámara Castillo a llamarle de parte de la augusta señora. Obedeció el Padre Provincial y volvió a la presencia de Isabel la Católica. Esta comenzó de propósito a hablarle de cosas que ninguna relación tenían con el asunto para que le había llamado, pero cuando la pareció oportuno, sacó las bulas pontificias el día X de las calendas de marzo y que poco antes había traído un correo de Roma y le dijo: “Provincial, ved lo que Su Santidad manda en esas letras apostólicas”. Leyó Jiménez las palabras “Alexander Episcopus servís servorum Dei; Venerabili Fratri nostro Fr. Francisco electo Toletano”, y sin pasar adelante dejó caer al suelo las bulas y dijo que “aquellas breves no eran para él”. Y rápidamente se marchó al convento de la Esperanza. La reina juzgó conveniente disimular tamaño arranque propio de la humildad de su confesor, y dejar que se tranquilizase su ánimo, perturbado con la repentina noticia tan contraria a sus ideas de recogimiento y retiro claustral. Envió empero, en su busca a D. Álvaro de Portugal, Presidente de Castilla y a don Enrique Enríquez, Señor de Villada y Mayordomo Mayor del Rey, a fin de decirle “que no menospreciase la autoridad de la Reina que tanto le estimaba, ni tuviese en poco el mandato del Sumo Pontífice, antes fuese obediente a la voz de Dios, que le llamaba a aquella dignidad”. Habiendo llegado D. Álvaro y D. Enrique al convento de Esperanza, y sabido que Cisneros había marchado a pie en compañía de otros dos frailes de su orden, volvieron a cabalgar y lo alcanzaron en el camino, pero, después de largas pláticas, sólo consiguieron que accediese a ir a Madrid, Allí, a pesar de los ruegos de Isabel y de otras personas de valer, continuó rehusando firmemente aceptar la dignidad arzobispal. Así las cosas, los Reyes Católicos, acompañados de Fr. Francisco, marcharon a Burgos, en donde seis meses después, recibieron cartas y breve del Papa mandando a Jiménez de Cisneros admitir el arzobispado en virtud de Santa Obediencia. No tuvo más remedio que aceptarlo y fue consagrado en el monasterio de S. Francisco de Tarazona, presenciando la ceremonia los monarcas, Fernando e Isabel, los prelados y los grandes de la Corte, el día 11 de Octubre de 1495.

Sin terminar este año habiendo resuelto la reina marchar de Burgos a Laredo acompañando a la infanta doña Juana, que en aquel puerto debía embarcarse para ir a contraer matrimonio con Felipe Archiduque de Austria, pidió y obtuvo su confesor la regia licencia para trasladarse a su diócesis, y pasó a Alcalá de Henares a preparar lo necesario para edificar en aquella villa el Colegio de S. Ildefonso que había proyectado fundar.

Aún permanecía en Alcalá cuando Isabel, habiendo regresado a Burgos, le llamó diciéndole que “de otro ninguno habían de recibir las bendiciones el Príncipe don Juan su hijo y su futura esposa la Infanta doña Margarita de Austria sino del Primado de las Españas”. Partió Cisneros en Marzo de 1496, y el día 1º del siguiente mes veló a los augustos príncipes.

Poco después fue a Toledo con ánimo de entrar de noche en la población, pero tuvo al fin que hacerlo públicamente y de día por no disgustar al Cabildo eclesiástico y a la ciudad, que se mostraron pesarosos de que tratase de hacer secreta su primera entrada, como Primado, en la metrópoli. Habiendo, pues, accedido a esto el Arzobispo, salió el Cabildo a recibirle a un cuarto de legua, y tras él el Ayuntamiento. Al entrar por las puertas de la muralla, se apearon los señores y caballeros, y a pie le acompañaron a la Santa Iglesia Catedral, sin consentir que hasta allí bajase de su cabalgadura.

En Enero de 1497 celebró un Sínodo de Alcalá de Henares.

Parece que en aquel año hizo comenzar la reedificación de la iglesia de los Santos Justo y Pastor de la misma villa, cuyas naves se terminaron hacia 1509 y en la cual antes de comenzar el de 1515, estaba concluido lo demás, a saber: el claustro, la sacristía, la sala capitular, el retablo, el coro y sillería, las vidrieras y las rejas.

En 1498 celebró otro Sínodo en Talavera de la Reina.

En la villa de Torrelaguna dio principio a la construcción del convento de frailes franciscanos con el título de la Madre de Dios.

En el mismo año entró en el reino de Aragón hasta Zaragoza su capital, llevando la cruz levantada en alto, con motivo de acompañar a D. Manuel, Soberano de Portugal, y a su esposa la Infanta Doña Isabel, hija de los Reyes Católicos, quienes, por muerte del Príncipe don Juan, iban a recibir el juramento y pleito homenaje que les correspondía como herederos de aquel estado a la Infanta en calidad de propietaria y al Rey D. Manuel por ser su esposo. Pocos días antes se había verificado esta ceremonia en Toledo por lo tocante a los reinos de Castilla y de León.

Volvió a Alcalá de Henares y colocó la primera piedra del Colegio de S. Ildefonso, el día 14 de marzo de 1499, siendo director de la fábrica el arquitecto Pedro de Gumiel que había hecho su traza.

Ya dijimos como en tiempo de Alfonso VI se introdujo en la iglesia española el rito romano o francés, reemplazando al gótico o isidoriano, y que este se permitió que siguiese usándose en las parroquias de Toledo llamadas mozárabes. Después, a medida que se fueron edificando en la ciudad nuevas iglesias parroquiales, se las señalaron sus correspondientes límites en el terreno; las mozárabes por el contrario, no tenían circunscripciones ni otros feligreses que los descendientes de los que lo eran durante la dominación mahometana. Estos parroquianos podían vivir en el distrito de otras iglesias, y hasta fuera de la ciudad. Aquel culto fue decayendo con el transcurso del tiempo a medida que iban desapareciendo las familias mozárabes, de suerte que al entrar Cisneros a ocupar la silla primada, apenas se celebraba misa en las parroquias mozárabes algún día que no fuera de los de mayor solemnidad.

Se propuso el Arzobispo levantar de su abatimiento el rito visigodo. Dispuso que a su costa se reuniesen todos los libros originales que de él pudieran ser habidos y encargó al Doctor D. Alfonso Ortiz, canónigo de la iglesia toledana, y a otros tres curas mozárabes los más inteligentes y prácticos en las ceremonias isidorianas y en la lectura de letra antigua, que trasladasen a caracteres modernos los misales y demás libros sagrados. Resolvió que el Doctor Ortiz los confrontase, enmendase y añadiese ciertos oficios propios de nuevo, particularmente de confesores, de que dijo estaba falto, y de algunas oraciones y ceremonias. Se emprendieron desde luego estos trabajos que duraron, los del misal dos años, y los del breviario cuatro. Una vez terminados, quiso el Prelado que se imprimiesen ambos libros, y al efecto hizo venir de Alemania a los célebres Impresores Melchor Gorritz y Pedro Hagenbach. Estos dieron a luz en Toledo, bajo la inspección de D. Alfonso Ortiz, el Misal Mozárabe el 9 de febrero del año 1500, y el Breviario a 25 de octubre de 1503.

Al final del misal mozárabe se puso la nota siguiente impresa con letra Tortis encarnada: “Ad laudem Omnipotentes Dei necnon Virgini Mariae Matris eius, omnium Sanctorum Sanctarumque, expletum est MISSALE MIXTUM secundum regulam Beati Isidori dictum MOZARABES: maxima cum diligentia perfectum et emendatum per Riverendum in utroque iure Doctorem Dominum Alphonsum Ortiz Canonicum Toletanum. Impressum in Regale Civitate Toleti iussu Reverendissimi in Christo Patris Domini D. Francisci Ximenez eiusdem Civitatis Archiepiscopi impensis nobilis Melchoris Gorritii Novariensis per Magistrum Petrum Hagenbach, Alemanuii. Anno solutis nostrae millessimo quingentésimo, die vero nona mensis Januarii.”

Ordenó después que se diesen estos libros impresos a las iglesias mozárabes, y a la capilla del mismo rito, que el fundó y dotó en la Catedral Primada el año de 1510, que en estas parroquias y capillas no se pudiese usar el oficio romano sino el visigodo, y finalmente que se recogiesen los pocos manuscritos que de este habían quedado, y se guardasen y custodiasen en la Biblioteca de la Santa Iglesia.

En 1502 mandó emprender los trabajos para traducir e imprimir la Biblia trilingüe complutense, haciendo reunir al efecto en Alcalá muchos hombres doctos, y buscar por todas partes originales muy antiguos del Viejo y del Nuevo Testamento. Esta obra no se concluyó hasta el año de 1517, a pesar de haberse trabajado en ella asiduamente. Su coste pasó de 50.000 ducados.

En 1504 se separó de la Reina, que se hallaba enferma en Medina del Campo, para ir a hacer una visita diocesana a su clero, a causa de que éste no consentía que se la hiciese la persona a quien para ello había delegado. Terminada ésta, pasó a Alcalá de Henares a inspeccionar la construcción del Colegio de S. Ildefonso y de la Iglesia Magistral de los Santos Justo y Pastor, y a activar los trabajos para la publicación de la Biblia trilingüe.

Habiendo llegado a entender que muchas mujeres hijas de padres honrados se veían impulsadas por la pobreza a abandonar la senda de la virtud, proyectó fundar en su arzobispado algunos monasterios de religiosas, a donde pudieran retirarse a vivir las que careciesen de dote para casarse o no tuviesen inclinación al matrimonio. Con tal objeto trató de que se edificase en Alcalá una casa de doncellas consagradas a Dios, que denominó “San Juan de la Penitencia”, uniendo a ella un “colegio de doncellas pobres” con la advocación de “Santa Isabel”, en el cual se había de recibir a las jóvenes, conforme a su regla, por el parecer de la Superiora y consejo del Guardián de S. Francisco de aquella villa; debiendo vivir en el colegio bajo su aguarda y disciplina, hasta que pasados los peligros de la juventud pudiesen con cordura optar por hacerse monjas profesas, no necesitando para ello ser dotadas, o por casarse, en cuyo caso se les había de dar maridos honrados y virtuosos, y dotes sacadas de las cuantiosas rentas del convento.

Había pasado ya parte del otoño cuando recibió por medio de un correo la infausta noticia de la muerte de Isabel la Católica que le enviaba Fernando V, rogándole que, a la mayor brevedad posible, fuese a reunirse con él en la ciudad de Toro, porque la Reina había dejado testamentarios al Rey su esposo, al Arzobispo de Toledo su confesor, y a los Señores D. Antonio de Fonseca, D. Diego Deza, D. Juan de Velasco y Juan López de Zaragoza. Se trasladó allá Cisneros, y empezó a entender, con los demás testamentarios, en la gobernación de los reinos castellano y leonés.

En 1505 los Alcaldes de corte Gonzalo Gallego y Pedro de Mercado mandaron prender y encarcelar a Francisco de Rivas, clérigo de “primera tonsura” de la diócesis de Santiago de Galicia, sabido lo cual por el Arzobispo compostelano, les envió un emisario intimándolos que, o entregasen el preso al Juez eclesiástico o serían excomulgados, y aun parece que llegó a fulminar la excomunión por medio de su Provisor y Delegado el Bachiller Gonzalo de Ulloa. Los alcaldes, cuando esto se les notificó, apelaron por medio de su procurador el Bachiller Martín Suárez, para ante ante la Silla Toledana, como Primada de las Españas.

Jiménez de Cisneros admitió la apelación mandando que se le trajesen los autos y que el Prelado Compostelano se inhibiese de conocer en esta causa. El Arzobispo de Santiago se creyó tan agraviado, llevó tan a mal el mandato en que el de Toledo se presentaba como superior suyo, que publicó censuras contra el Prelado y le escribió una carta llena de baldones y negándose a obedecerle.

En este año propuso a Fernando el Católico acometer la conquista de Orán. Le manifestó el rey que “deseaba emprenderla, pero que habiendo quedado exhausto el Real Tesoro por los gastos hechos en las guerras de Granada y de Italia, le era imposible intentar tan grande empresa, a lo que el Cardenal contestó que “él prestaría el dinero que se necesitase para sustentar durante dos meses el ejército expedicionario, con objeto de tomar la fortaleza del puerto de Mazalquivir, llave del África, por ser capaz de guarecer muchas naves, pudiendo éstas invernar en él con más seguridad que en ninguna otra parte de aquella costa”. Accedió con esto el Monarca, reuniendo luego una gran escuadra. Se reclutaron por toda España soldados que se pusieron bajo el mando del general D. Diego Fernández de Córdoba. El día 3 de septiembre se hizo a la vela la expedición en el puerto de Málaga; el 8 del mismo pasó por Almería; el 10 se llegó al cabo de Falcón, a la vista de Mazalquivir; y el sábado 13 entraba el Mayordomo Mayor del Rey en la fortaleza de este puerto, que por capitulación se había entregado. La venida a España desde Flandes de los Reyes Felipe I y su esposa Doña Juana, que llegaron a La Coruña en 26 de marzo de 1506, impidió que prosiguiese en su curso la comenzada campaña. Muerto, empero, el monarca D. Felipe en septiembre del mismo año, y habiendo vuelto a gobernar estos reinos Fernando V, el Primado resolvió ir en persona a continuarla. El Rey Católico, con tal objeto, encargó hacer los necesarios aprestos; determinó que dos Alcaldes de Corte fuesen los encargados de castigar las demasías de los soldados; y que acompañasen al Cardenal todos los Comendadores que no tuviesen causa legítima para excusarse. Y por fin mandó que se aprestasen para la nueva expedición las galeras, naos y galeones que había en Málaga. Cisneros, por consejo del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Aguilar y Córdoba, envió a llamar a Pedro Navarro, Conde de Olivito, en el reino de Nápoles, experimentado guerrero español que poco antes había tomado a los moros el Peñón de Vélez en la costa de Berbería, y a quien el Cardenal Prelado nombró Maese de Campo General, previniéndole que hiciese venir pronto de Italia las compañías de los mejores soldados que habían hecho la guerra a las órdenes del Gran Capitán. Al mismo tiempo se alistaron soldados escogidos en el Arzobispado de Toledo, en Asturias y Galicia, en Navarra, en Aragón y en Cataluña, con todo lo cual se formó un ejército compuesto de 4.000 jinetes y 12.000 peones. Pasó el Arzobispo todo este año en Alcalá de Henares reuniendo gente, dinero y provisiones. Llegó el de 1508 en que su proyecto sufrió muchas contrariedades con las cuales y con otras que después sobrevinieron no pudo conseguir embarcarse con la gente hasta el siguiente. En 20 de agosto de 1508 le dio Fernando V el título de Capitán General de las tropas destinadas a las conquistas de África. El domingo 13 de mayo de 1509 se verificó por último el embarque en el puerto de Cartagena, a donde desde Málaga había ido la armada compuesta de 10 galeras y 80 velas, además de varios bergantines y barcas. Cuatro días después levó anclas ésta, llevando a bordo 10.000 peones, 4.000 caballos y un gran número de gastadores; y al ponerse el sol del jueves 17, entró en el puerto de Mazalquivir. No desembarcaron las tropas en aquel día. En el siguiente se pasó en esta operación desde las ocho de la mañana hasta la una de la tarde, saltando en tierra toda la infantería y la parte de la caballería que Navarro creyó útil para las operaciones que inmediatamente se iban a emprender. A las cuatro se pusieron en marcha. Muy pronto se apoderaron de un cerro que estaba entre la fortaleza del puerto y Orán, y poco después tomaron y saquearon la ciudad, en la cual aquella noche descansaron de las fatigas de la navegación y del combate. El sábado, día 19, expugnaron y tomaron las mezquitas y casas fuertes en que se habían refugiado muchos moros con lo cual quedaron en plena y pacífica posesión de aquella fuerte plaza. El domingo 20 fue el Prelado caudillo a bordo de la escuadra a hacer su entrada triunfal en Orán. Desembarcó y precedido de la cruz de Primado, fue procesionalmente y entonando el “Te Deum laudamus” a la alcazaba, palacio principal y la mayor fortaleza de la ciudad, cuyas llaves le entregó su alcalde, que a ningún otro había querido darlas. Bajó a las mazmorras y sacó de ellas más de 300 cautivos cristianos. Se trasladó con la misma solemnidad a la Mezquita Mayor, que consagró denominándola “Santa María de la Victoria y de la Anunciación” y dijo en ella la primera misa de pontifical. Terminada esta ceremonia, pasó con la procesión a purificar otra mezquita y a consagrarla al Apóstol Santiago, patrón de España y desde allí se retiró a descansar en la alcazaba. Durante esta marcha triunfal le rodeaban llenos de entusiasmo los soldados y le aclamaban vencedor de los feroces mahometanos, a lo cual el contestaba con las palabras “Non nobis, Domine, non nobis sed nomini tuo da gloriam” (“No a nosotros, Señor, no a nosotros sino a tu nombre da gloria”). Después transformó otra mezquita en hospital, con la advocación de S. Bernardino de Siena, para curar a soldados heridos, y le dotó de cuantiosas rentas. Además de esto fundó en la ciudad otros dos conventos, uno de Santo Domingo y otro de San Francisco, labrando para ello los correspondientes edificios.

Dejando como sustituto suyo en el mando superior del África al Conde Pedro Navarro, se embarcó en Orán para volver a España con sólo algunos de sus familiares el 23 de mayo, y tuvo tan feliz viaje que el mismo día puso el pié en Cartagena.

Vuelto a Toledo, mandó inquirir y resarcir con sus bienes los daños y menoscabos que hubiesen sufrido los que con él habían ido a la conquista.

En 1506 prestaron, en sus manos, juramento de cumplir la concordia, que por su mediación habían hecho Fernando el Católico y su yerno Felipe I, verificándolo aquel en Villafafila, a 27 de junio, y éste en Benavente a 28 del mismo. Desde entonces D. Felipe consultó a Cisneros en los negocios del Estado.

Hallándose este monarca en los últimos momentos de la enfermedad que terminó con su vida el viernes 25 de septiembre del año citado, los grandes de Castilla, de común acuerdo, eligieron al Primado para que, muriendo el Soberano, se encargase de gobernar los reinos de Castilla y de León. Cisneros gobernó en efecto, y con singular prudencia, venciendo las muchas y graves dificultades que para mantener la paz se le presentaron, hasta que el sábado 28 de agosto de 1507 entregó la gobernación al Católico Fernando V.

Fundó en Toledo en 1º de noviembre de 1506 la Cofradía de la Inmaculada Concepción, la primera que en el orbe ha tenido este título. La dotó de cálices, ornamentos y otras cosas necesarias para el culto, y labró en las casas arzobispales una capilla con puerta a la calle, para que los cofrades tuviesen un local propio en que celebrar sus fiestas, memorias y juntas.

Durante el hambre y peste que sufrió España el año de 1507 se afanó en socorrer las necesidades públicas dando limosnas a los pobres, prodigando auxilios a los contagiados, criando a los huérfanos y amparando a las viudas que habían perdido por la epidemia sus padres o maridos. En Toledo, por no hablar de otras partes, dio de limosna hasta 4.000 fanegas de trigo.

El Papa Julio II le creó cardenal de Santa Balbina en 17 de mayo de este año, accediendo a los ruegos que le había hecho Fernando el Católico cuando, después de la muerte de su esposa Isabel, había ido a Italia. El 14 de septiembre, en el lugar llamado Mahamud cerca de Valladolid, recibió Fr. Francisco, de manos del Nuncio Don Juan Rufo, el birrete y capelo, con gran aparato y en presencia de casi todos los próceres de Castilla.

En el citado día 17 el Sumo Pontífice le nombró, también a instancias del mismo Rey y por renuncia del Arzobispo de Sevilla, Inquisidor General de los reinos castellano y leonés, y en el 1º de octubre comenzó Cisneros a ejercer sus funciones en el tribunal de la Inquisición.

En 26 de julio de 1508 inauguró personalmente el Colegio Mayor de S. Ildefonso de Alcalá de Henares, en el cual ingresaron entonces algunos jóvenes de gran talento que el nuevo cardenal había hecho venir de Salamanca. El primero y único maestro que por entonces dio lecciones en aquella naciente escuela fue el Doctor Pedro de Lerma, natural de Burgos, explicando el libro de las Éticas de Aristóteles a considerable número de oyentes. Se practicaban entre tanto, por encargo del Metropolitano, activas diligencias para traer a Alcalá varones eminentes en saber de las Universidades de Salamanca y de París; y el día 18 de octubre comenzaron sus tareas los profesores que acudieron al llamamiento del fundador del nuevo Colegio.

Además de este, que se apellidó “mayor”, edificó en aquella villa seis “menores”, el “Trilingüe”, el “Teólogo” y el de “San Pedro y San Pablo”. De los seis colegios menores, dos eran para enseñar la gramática y los otros cuatro, llamados “Artistas”, para filosofía. En el 1º se estudiaban “términos” o “súmulas”, en el 2º “lógica”, en el 3º “física” y en 4º “metafísica”. En el trilingüe se explicaban las lenguas latina, griega y hebrea; el Teólogo era para estudiantes de Teología y de Medicina, tomando su nombre de lo que en él se admiten en mayor número; y finalmente el de los Santos Pedro y Pablo, erigido dentro del Mayor, fue fundado para frailes franciscanos, a fin de que los estudiantes de esta orden no turbasen la tranquilidad con que los otros frailes debían asistir a los divinos oficios.

Hacia este tiempo, en la misma población, renovó la iglesia de Santiago, a la sazón muy deteriorada. Fundó y dotó el hospital de S. Nicolás para escolares pobres, el convento de religiosos franciscanos, titulado S. Juan de la Penitencia, y contiguo a éste, el Colegio de Santa Isabel para treinta tres doncellas nobles de la villa.

Con facultad del Papa Julio II consagró en Torrelaguna ,durante el año de 1510, la iglesia del Convento de la Madre de Dios, de frailes franciscanos, que acababa de edificar bajo la dirección del maestro Juan Campero.

En la misma villa fundó y dotó el hospital de S. Bartolomé y contribuyó con grandes limosnas a reparar y agrandar la iglesia parroquial.

Este año el Rey Fernando, teniendo que ausentarse de Castilla para ir a las Cortes de Aragón, le dejó encargado el gobierno de los reinos castellano y leonés, y la guarda y custodia del Infante D. Fernando.

Por entonces consiguió una sentencia favorable en un litigio, en el que el Obispo de Guadix le disputaba el gobierno espiritual de Baza.

Fundó el convento de religiosas franciscanas de la Concepción en Illescas. Las casas y sitio fueron comprados el año de 1511, y antes del de 1516 estaba ya el edificio en estado de que en él se pudiese habitar.

En 1511 mandó hacer muchos caminos en Alcalá de Henares.

En este año fueron tan útiles sus servicios a la Santa Sede, que tal vez sin ellos Julio II hubiera perdido la tiara, y la cristiandad hubiera sufrido un terrible cisma. Algunos cardenales mal contentos habían pedido a aquel Papa que convocase un Concilio, alegando para ello muchos agravios supuestos, y la calumnia de haber sido Julio elevado por simonía a la Silla de San Pedro. No habiéndose dignado oírlos Su Santidad, hicieron en Pisa un conciliábulo contra el Pontífice. El rey de Francia, el de Navarra, el duque de Ferrara y casi todos los príncipes de Italia apoyaron a los cardenales disidentes, y el Santo Padre fulminó contra unos y otros las censuras eclesiásticas. Los cismáticos levantaron gente, reunieron ejércitos y se apoderaron de muchas poblaciones de los Estados de la Iglesia. En tal conflicto, Julio II escribió a Fernando el Católico y al cardenal Jiménez manifestándoles lo apurado de su situación, y pidiendo a nuestro monarca le auxiliase con todas sus fuerzas, y a Cisneros que, en su favor, confederase a los reyes amigos de éste, que eran los de España, Inglaterra y Portugal, aliados a la sazón y convenidos, a instancias del Primado, en hacer la guerra contra infieles. Al recibir las cartas pontificias, rey y el prelado se hallaban en Sevilla dando las disposiciones convenientes para que un lucido ejército y una poderosa armada, reunidos en aquella ciudad y costeados por ambos personajes, marchasen a hacer una gran conquista en Turquía. En vista de lo que les escribía el Vicario de Cristo, acordaron enviar la escuadra y el ejército a pelear contra los cismáticos. Inmediatamente pasó a Navarra parte de las tropas, y éstas echaron para siempre de aquel reino a su monarca, al par que las restantes fueron por mar a reunirse con las huestes españolas que se hallaban en Nápoles, y así reunidas ganaron la célebre batalla de Rávena. El Arzobispo, no contento con costear parte de los gastos de estas expediciones, consiguió decidir a los tres reyes sus amigos a prestar auxilio a la Silla Romana, y escribió al Sumo Pontífice aconsejándole que no se desanimase ni titubease para, en caso necesario, empeñar el tesoro de la Iglesia, ofreciendo enviarle 400.000 ducados tan pronto como su beatitud lo desease, y que él en persona pasaría a Italia con un lucido ejército a defender la tiara. No hubo necesidad de que fuese allá Cisneros, a pesar de que la guerra duró más de dos años; porque el partido de Julio II, reforzado por los soldados españoles, venció a todos sus contrarios. Antes de obtener tan feliz resultado, queriendo la cabeza visible de la Iglesia manifestar la justicia de su resistencia a los acuerdos del conciliábulo, reunió un Concilio en S. Juan de Letrán, e hizo grandes instancias para que a él asistiesen los obispos de Sicilia y Nápoles, los arzobispos de Toledo y Sevilla, y los demás prelados de España. El primado quiso marchar a Roma, pero se lo impidió Fernando el Católico por lo mucho que le importaba su presencia en Castilla. Desde entonces, y aún antes, apenas se le ofreció a la Santa Sede negocio alguno de importancia en que no consultase al Cardenal de Santa Balbina, pidiéndole su auxilio en varias ocasiones.

En testamento otorgado el 14 de abril de 1512, dejó un legado para que se fundasen en Alcalá de Henares algunos otros “colegios de estudiantes pobres”, para que, entre éstos y los erigidos durante su vida, llegasen al número de “diez y ocho”.

Abriéndose las zanjas para hacer unos cimientos en un olivar inmediato al Convento de la Santísima Trinidad de Talavera de la Reina se encontró un sepulcro de nueve palmos y medio de largo y tres pies y cuatro dedos de alto, en que se leía la inscripción siguiente:

LITORES FAMULUS DEI VIXIT AN. PLUS MINUS LXXV. REQUIEVIT IN PACE DIE VIII. KAL. JULIAS AERA DXXXXVIII.”

Los huesos de Litorio se conservaban aún en el sepulcro. Cisneros, en cuanto tuvo noticia de tal descubrimiento, mandó que esta antigualla se colocase a su costa en la ermita de Nuestra Señora del Prado de aquella villa. Se cumplió su mandato poniendo el sepulcro sobre una pilastra de piedra berroqueña de 2 palmos de altura, y encima de la lápida sepulcral, otra piedra de mármol blanco con las palabras que a continuación trasladamos literalmente:

AQUÍ ESTÁ SEPULTADO UN HOMBRE QUE SE DIXO LITORIUS, EL QUAL FUE ALLADO EN ESTE SEPULCRO CERCA DEL MONASTERIO DE LA TRINIDAD; Y PORQUE ESTABA FUERA DE SAGRADO Y PARECE QUE ERA CHRISTIANO Y PERSONA CATÓLICA POR ESTE RÓTULO DE SU SEPULTURA, EL REVER. S. D. FR. FRANC. XIMENEX, CARD. DE ESPAÑA, ARZOBISPO DE TOLEDO NUESTRO SEÑOR, LE MANDÓ PASAR A ESTA HERMITA DE N. S. DEL PRADO. POR SU MANDADO LE PASÓ AQUÍ EL CABILDO DE LA CARIDAD DESTA VILLA DE TALAVERA, EN EL MES DE MAYO, EN EL AÑO DE 1512. Y, SEGÚN PARECE, FALLECIÓ EL AÑO DE 510 DEL NACIMIENTO DE N. REDENTOR 1002 AÑOS DESTA TRASLACIÓN.”

En dicho año de 1512 se comenzó a imprimir la Biblia Trilingüe.

Durante el mismo hizo erigir cuatro casas, y fundó en ellas otros tantos pósitos de trigo para socorrer a los pobres en años de escasez; uno en Toledo, que dotó con 20.000 fanegas; otro en Alcalá de Henares, con 10.000; el tercero en la villa de Torrelaguna, con 5.000; y el cuarto en la de Cisneros, con otros 5.000.

El año de 1514 fundó en Toledo el convento de monjas de la Venerable Orden Tercera de S. Francisco, denominado S. Juan de la Penitencia; y el Colegio de Doncellas, a la manera del que había establecido en Alcalá de Henares.

Después del año de 1515 fundó igualmente el Convento de Santa Clara de Alcalá para trasladar a él las beatas de la Casa llamada Santa Librada, que se hallaba inmediata al Colegio Mayor o de San Ildefonso. Enseguida transformó el antiguo beaterio en colegio de religiosos de S. Bernardo, reedificando, o al menos, reparando la casa.

El Rey Fernando, que murió en enero de 1516, dejó a su nieto Carlos (después Rey de España y Emperador de Alemania) nombrado gobernador del Reino para mientras viviese la reina propietaria, Doña Juana, hija de los Reyes Católicos y madre de este príncipe. Dejó además dispuesto que durante la ausencia de su nieto, residente a la sazón en Flandes, se encargase el Cardenal Cisneros del gobierno de la monarquía española. El Primado recibió en Alcalá de Henares la noticia con cartas de los Señores del Consejo y de la Grandeza, en que le manifestaban ser muy necesaria su persona e indispensable su presencia en Guadalupe. donde estaba la Corte, porque Adriano, maestro del Príncipe D. Carlos, Deán de Lovaina y venido poco antes de Flandes en calidad de Embajador del Príncipe, había hecho, a su llegada, correr la voz de que traía poderes para gobernar todos los reinos en cuanto muriese Fernando V; y que ahora desde la apertura del testamento de este rey pretendía reasumir en sus manos el mando, alegando que a él le pertenecía la gobernación en virtud de los poderes que decía haber traído y presentado al difunto monarca. Se trasladó en pocos días el prelado a Guadalupe, y, en unión con el Consejo, contestó a Adriano que no se podía de ningún modo acceder a lo que pretendía; ya porque el poder que presentaba era del tiempo en que vivía Fernando el Católico, a quien por entonces pertenecía el gobierno de estos reinos, con arreglo al testamento de Doña Isabel, reina propietaria de Castilla y León; ya porque en virtud del mismo testamento, y de las leyes españolas, estaba excluido de gobernar a España por ser extranjero; y ya, en fin, porque según había dejado dispuesto Isabel la Católica, su nieto D. Carlos no había de empezar a regir hasta que llegase a la edad de 20 años. No obstante lo cual, añadió el Arzobispo, que su parecer, a fin de evitar debates, era que se consultase sobre la cuestión a D. Carlos; y que hasta tanto no se supiese su voluntad, el Primado y el Deán gobernasen y firmasen viviesen y comiesen juntos. Adriano accedió a tal propuesta al cabo de un largo y obstinado debate.

Señaló el Cardenal, como punto de residencia de la Corte la villa de Madrid; y el día 1º de febrero se trasladó a ella desde Guadalupe. Aquí acompañado del Deán de Lovaina, en la forma convenida, permaneció más de 20 meses, al cabo de los cuales llegaron de Flandes las cartas en que D. Carlos confirmaba al Metropolitano en el cargo de Gobernador que le había dejado Fernando el Católico y declaraba que sólo Cisneros debía tener tal título y autoridad. Recomendaba, al tiempo, que el Deán Adriano, como a embajador suyo, se le diese entera fe y crédito en lo que dijera de su parte. Gobernó, pues, el Primado por espacio de casi dos años, reprimiendo revueltas, abatiendo la altivez de los Grandes del Reino, apaciguando alborotos en Andalucía, conteniendo amagos de insurrección en Navarra, librando a Bugía, al Peñón y a Melilla de las correrías del corsario Barbarota, descargando al Real Tesoro de grandes deudas contraídas en tiempo de los Reyes Católicos, y ejecutando otros hechos dignos de ser trasmitidos a la posteridad.

En este año creó un nuevo género de tropas permanentes a que se apellidó “de la Ordenanza” y más tarde se llamó “Milicias provinciales”. Ordenó al efecto que se “levantara gente” en todo el Reino; que en cada ciudad, villa o lugar, hubiese cierto número de infantes y caballos, con arreglo a la calidad y recursos de las poblaciones; y que tuviese cada cual las armas necesarias. Mandó que los capitanes, alféreces, tambores y pífanos fuesen elegidos por los mismos pueblos; que la gente se reclutase de todos los estados, pero no de ociosos ni de vagabundos, sino de personas conocidas en sus pueblos. Concedió a los que se alistasen ciertas exenciones de hechos y servicios y otras preeminencias, y paga por el erario a los capitanes, alféreces, tambores y pífanos. En los días festivos por la tarde se armaban y hacían el ejercicio, en los de labor cada uno se entregaba a sus quehaceres, no podían traer armas, y estaban sujetos a la justicia ordinaria. Con estas condiciones se alistaron hasta 33.0000 hombres, en todas las ciudades, villas y lugares de Castilla. Aquella milicia duró hasta la guerra de las comunidades que terminó en 1521.

Casi al mismo tiempo hizo que en las Atarazanas de Sevilla, en las cuales desde mucho atrás no se había hecho ni una falúa, se construyesen 20 galeras, y algunos bergantines y fustas, con las que formó una armada razonable para defender nuestras costas de los corsarios que las infestaban, la cual en diferentes ocasiones consiguió notables victorias peleando contra los turcos.

Creó tres plazas de armas: una en Alcalá de Henares para el reino de Toledo; otra para Castilla la Vieja en Medina del Campo; y la tercera en Málaga para Andalucía, a fin de que, desde ellas, se proveyese lo necesario a la milicia, sin pasar su gente de un reino a otro.

En el mencionado año de 1516 mandó que el archivo general de la Corona de Castilla, que hasta entonces había estado ambulante siguiendo a la corte, se fijase en la fortaleza de Simancas.

Por este tiempo fue nombrado Inquisidor General del Reino de Aragón; y, cómo ya lo era de Castilla, quedó de esta manera creado Inquisidor General de España, siendo el primero que se halló en este caso.

A últimos de Junio de 1517, habiendo venido desde Toledo a Madrid, se añadieron a los achaques habituales propios de su avanzada edad unas fuertes calenturas que a pocos días declararon los médicos ser enfermedad mortal. A pesar de esto, a 17 de julio se hallaba en Alcalá de Henares, y desde aquella villa pasó a la de Torrelaguna; luego por Bodeguillas a Aranda de Duero en donde asentó la Corte con ánimo de recibir allí al Rey Carlos I, que venía de Flandes y a cuyo encuentro salía. Alivióse con la noticia de que el soberano había desembarcado en España, pero pronto recayó tan gravemente, que muy de prisa hizo que, solamente con los familiares de su casa y algunos religiosos de su orden que le acompañaban, le llevaran al convento de la Aguilera, distante de Aranda unas pocas leguas, a donde entró el día 28 de septiembre. Conociendo que no viviría bastante para poder llegar a ver al rey, le envió a S. Vicente de la Barquera, desde su lecho, una instrucción de lo que debía de hacer en el mando de sus estados, y un memorial de santos y saludables consejos. El día 3 de octubre, víspera de San Francisco, se levantó de la cama, sano al parecer, dijo misa, asistió al coro y comió en el refectorio con toda la comunidad. Desde entonces tuvo su salud varios altibajos hasta que, habiendo empeorado por la mucha humedad del convento, por mandato de los médicos volvió a Aranda de Duero, en donde permaneció pocos días, pero muy enfermo, habiéndose aumentado sus dolencias. A causa de una epidemia que afligió por entonces a Castilla la Vieja, y que hizo grandes estragos en Aranda, fue forzoso trasladarle con la Corte a Roa el día 17 de Octubre. Allí falleció en 8 de noviembre entre las tres y cuatro de la tarde.

Su cuerpo fue trasladado a Alcalá de Henares, a donde llegó el 11 del mismo mes, y enterrado en la capilla del Colegio de San Ildefonso, el domingo 15 después de las tres de la tarde.

Habiéndose vendido en nuestro tiempo con otros edificios de la Universidad Complutense el colegio y capilla en que se admiraba el elegante sepulcro del Cardenal Cisneros, se exhumaron sus restos; y, en 27 de abril de 1857, trasladado el lucillo a la iglesia Magistral de los Santos Justo y Pastor de Alcalá, presenciamos como en él volvieron a depositarse los huesos del Primado.  

Continuará

Fuente:

  • “Historia de los templos de España”, de Gustavo Adolfo Bécquer y Juan de la Puerta Vizcaíno. 1857.

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  1. elmiradero ha publicado esto