Historia de los templos de España: los arzobispos toledanos (XXXV)

D. Pedro González de Mendoza

Desde 1483 hasta 1495.

Hijo del primer Marqués de Santillana, Íñigo López de Mendoza, y de Doña Catalina de Figueroa, se crió en Toledo, en el palacio del arzobispo D. Gutiérre Álvarez, tío suyo, en donde aprendió un perfecto latín. Convertido en cura de Hita y dispuesto a la carrera eclesiástica, su tío le dio el Arcedianato de Guadalajara.

Tradujo del latín al castellano las obras de Ovidio, Virgilio y Homero, entre otras, dedicándole todas a su padre. En Salamanca estudió ambos Derechos y, en 1450, con sólo 22 años, frecuentaba ya la Corte, donde empezó a labrarse cierto prestigio. Fue protegido de D. Alonso de Fonseca, Arzobispo de Sevilla, y se ganó el favor de Juan II que, antes de morir en 1454, le eligió como Obispo de Calahorra.

Recibidas las bulas confirmatorias, fue consagrado en Segovia, siendo uno de los consagrantes el Primado D. Alfonso de Acuña y Carrillo, y asistiendo también el Arzobispo de Sevilla, D. Rodrigo de Luna, el Arzobispo de Santiago, los obispos Palencia, Cartagena, Burgos y Cuenca… y la mayor parte de la nobleza castellana.

Inmediatamente partió a Calahorra para visitar todos los pueblos de la diócesis.

En 1463 acompañó a Enrique IV de Castilla cuando éste se entrevistó con el monarca francés.

En 1475, siendo aún obispo de Sigüenza, el Rey le dio el sello de la Poridad por muerte de D. Miguel Lucas, Almirante de la Mar, que hasta entonces le había tenido.

En mayo de ese año, y para gran irritación del Primado, Carrillo, el Papa Sixto IV le concedió a Mendoza el capelo cardenalicio con título de Santa María y, después, le dio el título de Santa Cruz de Jerusalén. Esto agradó enormemente a Enrique IV , quien conoció la noticia ese mismo mes, mandando que se le llamase “El Cardenal de España”.

Al finalizar el año murió el Arzobispo de Sevilla, por lo que el Rey suplicó a la Santa Sede que diese el arzobispado vacante a Mendoza. Sin embargo, el cabildo sevillano había elegido a D. Fadrique de Guzmán, tío del Duque de Medina Sidonia, por lo que el Papa, para no tener que elegir entre ambos lados, eligió para aquella dignidad a su sobrino Francisco Pedro. El monarca de Castilla se opuso y tras ciertas discusiones consiguió que el Papa enviase sus bulas y el capelo al Cardenal Mendoza, quien recibió las unas y el otro en Guadalajara.

Enrique IV, que murió en Madrid el lunes 12 de noviembre de 1474, le dejó nombrado su testamentario, con el Duque de Arévalo y otros dos magnates.

Los Reyes Católicos, pocos días después de subir al trono de Castilla, le hicieron su Canciller Mayor, confiándole sin temor sus asuntos.

Cuando el Rey de Portugal exigió a D. Fernando y Doña Isabel que dejasen el trono castellano, el Cardenal escribió al monarca portugués la siguiente carta:

Muy excelente Rey y Señor. Por las virtudes de vuestra Real persona, me muevo a suplicar y aún exhortar que reflexionéis bien sobre la entrada que deliberáis hacer en estos reinos, porque la empresa que tomáis es grande, y los fundamentos que para ello ponéis parecen pequeños. Por tanto, Señor, si os parece suspender por algunos días (vuestras pretensiones), trabajaré con buen e igual ánimo de concordar al Rey y a la Reina, Nuestros Señores, con vuestra Señoría, de tal manera que Dios sea servido, y la honra de ambas partes guardada.”

El portugués le contestó:

Os agradezco, Reverendísimo Señor, vuestro buen deseo, y me gustaría cumplirlo, pero he dado ya tantos pasos en mi reclamación que, honestamente, ya no puedo volver atrás. Pero quiero que sepáis que tengo tantos y tan buenos fundamentos para proseguir esta empresa, que quisiera teneros de mi parte por el bien vuestro y del Duque, vuestro hermano, y de los caballeros vuestros parientes.”

Ayudó mucho con sus consejos, diligencias y persona a los Monarcas de Castilla durante la guerra con el de Portugal.

Terminada la campaña con la memorable batalla de Toro, dada en el día 1º de marzo de 1476, el portugués, tratando de continuar la guerra, pidió auxilio al Rey de Francia, y éste, accediendo a sus ruegos, sitió Fuenterrabía. Acudió Fernando V a socorrer aquella plaza, llevando en su compañía al Cardenal, y éste, que era muy amigo del soberano francés, le escribió la carta que sigue:

Cristianísimo Señor y muy poderoso Rey. Los Castellanos, especialmente los de la provincia de Guipúzcoa y Vizcaya, siempre tuvieron guerra contra los ingleses, vuestros ancianos enemigos, y con los portugueses, sus aliados, y derramaron sangre por la conservación Real de Francia vuestra y de vuestros progenitores. Veo ahora aquella sangre que se derramó a favor vuestro, que se derrama por los portugueses que no son vuestros amigos. Esto digo, Serenísimo Señor, que ni la razón lo consiente ni la humanidad lo puede sufrir. Os pido por merced, Señor, que mandéis cesar la guerra por vuestra parte; que yo tendré manera de convencer al Rey y a la Reina de Castilla, mis Señores, para que manden asimismo sobreseer este asunto por algún tiempo, en el cual se negociará de forma que cumpla al servicio de Dios y a la conservación de la noble paz y amistad que siempre hubo en estos dos reinos y entre los naturales de ellos; sobre lo cual mi capellán os hablará de mi intención y asimismo os dirá el estado en que está la guerra que declaró a Castilla el Rey de Portugal”.

Llevó esta carta Alfonso Yáñez, Capellán del Cardenal y Tesorero de la Santa Iglesia de Sigüenza. Trajo la contestación y, finalmente, sirvió de mensajero en las negociaciones que siguieron y cuyo resultado fue poner treguas por un año para que durante él se nombrasen jueces árbitros que asentasen la paz decidiendo sobre los derechos de los contendientes.

En 1478 mandó el Arzobispo que, en su diócesis de Sevilla, celebrase un sínodo su provisor D. Alonso Solís, Obispo de Cádiz.

Por aquel tiempo se le hizo ver al Cardenal de España que, en la capital de su arzobispado, muchos judíos de los que habían abrazado la religión cristiana hacían uso de los ritos judaicos. El Cardenal envió secretamente algunas personas a fin de instruirlos en la fe católica. Luego, persuadido de que esto no bastaba para que observasen los preceptos de la Iglesia, mandó instruir jurídicamente estos casos, a consecuencia de lo cual se impusieron castigos a algunos de ellos, y, por último, rogó a los Reyes Católicos que en algunas partes de Castilla estableciesen la Inquisición pidiendo, al efecto, bulas al Papa Sixto IV. Los Reyes Católicos enviaron con tal objeto sus cartas al Pontífice; y éste, en octubre de 1479, accedió a la súplica, aunque limitando por entonces a cinco años la duración del nuevo tribunal.

Asistió a las Cortes convocadas por Fernando e Isabel en Toledo el año de 1480.

En 1482 los Reyes Católicos recibieron en Medina del Campo la noticia de que Diego de Merlo había tomado a los moros la villa de Alhama, situada en el reino de Granada. Inmediatamente marchó Fernando V a Córdoba, a donde Isabel le siguió caminando por jornadas y acompañada de don Pedro González de Mendoza. Llegó el Rey a Alhama; la proveyó bien, y volvió a Córdoba a donde ya había llegado su augusta esposa . Allí parió la Reina a la Infanta Doña María y, estando en cama, entró a verla el Cardenal de España a tiempo que la excelsa señora acababa de recibir la noticia de la muerte del Arzobispo de Toledo. Se sentó D. Pedro en la única silla que siempre había en el aposento de la Reina y que llamaban “la silla del Cardenal”. Le dijo la Reina que “supiese quehabía muerto en Alcalá D. Alonso de Carrillo, y que tuviese por tan suya la silla de Toledo como aquélla en que estaba sentado”. La besó las manos el Arzobispo de Sevilla por la merced que le hacía. Fue en seguida a hacer otro tanto con las del Rey y éste le dijo: “Dios os la ha querido dar, que de derecho era vuestra, y bien lo tenéis merecido”. Se pidieron a Roma las bulas para elevar al Cardenal de España a la Silla Primada con retención de la de Sigüenza y él marchó a Sevilla, en donde recibió las cartas apostólicas aprobando su elección y dándole el título de Cardenal de Santa Cruz y Patriarca de Alejandría.

Antes de salir de Sevilla hizo reedificar suntuosamente una iglesia medio arruinada, conocida con el nombre de Santa Cruz, y envió a Roma dinero para reparar el hospital y la iglesia de “Santa Croce in Gerusalemme”, de la que provenía su título cardenalicio.

Desde aquella ciudad envió sus poderes al doctor D. Tello de Buendía, Arcediano de Toledo, para que en su nombre tomase posesión del arzobispado toledano. También allí nombró Vicario General de la silla primada al doctor D. Pedro de Toledo.

El día 20 de marzo de 1483 tomó posesión del arzobispado toledano.

En el mismo año marchó a Sevilla acompañando a la Reina y con ella fue a Santo Domingo de la Calzada y a Vitoria, a donde Fernando V se reunió con ellos viniendo de Aragón. Desde allí se trasladó con los Reyes Católicos a Madrid. Aquí tuvieron noticias de que los cristianos habían batido al Rey moro de Granada, y partió hacia Andalucía el de Castilla, seguido de 400 lanzas que al mando del adelantado D. Pedro Hurtado de Mendoza envió el Cardenal Arzobispo y que sirvieron muy bien al monarca.

En 1484 hubo grandes debates entre Isabel y Fernando, pretendiendo ella que ese prosiguiese la empezada guerra contra el reino granadino, y queriendo él terminar la que con Francia tenía sobre el condado del Rosellón. Medió el Primado, y se acordó que el Rey quedase en Aragón y que la Reina fuese a continuar la conquista del reino de Granada. Partió pues, acompañada del Cardenal Mendoza; y en Guadalajara fue recibida con palio de brocado. En aquella villa el obispo de Palencia, D. Diego de Mendoza, hermano del Conde de Tendilla, tomó al Arzobispo toledano el juramento que debía prestar como primado.

Al llegar a Toledo quiso Isabel la Católica quedarse atrás, para que tuviese lugar la ceremonia con que acostumbraba a recibir la ciudad a su Arzobispo la primera vez que entraba por sus puertas, y que consistía en salir a recibirle todos los caballeros a pié y llevarle en medio de ellos a la iglesia mayor en donde, apeándose, era recibido por la clerecía y adoraba la Santa Cruz. No quiso consentirlo el Primado y dijo a la Reina: “Señora, vuestra voluntad fue proveerme este arzobispado. Por vuestra real mano me vino. Yo tengo por la mayor honra y preeminencia que me puede venir, entrar en esta ciudad acompañado de vuestra Real persona, y que Vos me pongáis de vuestra mano en la posesión de la Iglesia que de vuestra mano me vino. Quédese esta ceremonia para otro tiempo y lugar”. Insistió la Reina en lo que había propuesto, pero no pudo conseguir que D. Pedro González de Mendoza entrase en su metrópoli de otro modo que acompañándola.

Después de ser ostentosamente recibidos en Toledo, fueron a Sevilla, en donde se reunió un poderoso ejército que la reina puso bajo el mando del Primado, como Capitán General, hasta tanto que el rey viniese a acaudillarle.

Tomada Loja el año de 1486, el Cardenal, en presencia de Isabel la Católica, consagró las mezquitas de aquella población.

Por septiembre del mismo año acompañó a los Reyes desde Córdoba a Galicia. Dijo un día misa de pontifical en Compostela, y ofreció al Apóstol Santiago una lámpara de plata. Desde allí volvieron los augustos príncipes a Salamanca, y el prelado a la capital de su diócesis.

En 1487, convocó y presidió personalmente un sínodo en la Ciudad Imperial. Terminado éste, por el mes de marzo, recibió cartas de los Reyes Católicos participándole que partían de Salamanca a Córdoba con ánimo de proseguir la guerra de Granada, y salió a reunirse con ellos en el camino, acompañado de sus sobrinos el Arzobispo de Sevilla, el Adelantado de Cazorla D. Pedro Hurtado y el Conde de Coruña.

La Reina y el Cardenal de España se quedaron en Córdoba con objeto de proveer de lo necesario al ejército castellano durante la campaña que se iba a emprender; y el Rey marchó con sus huestes a sitiar la ciudad de Vélez-Málaga.

Rendida esta plaza, sitió por mar y por tierra Fernando V a Málaga el día 7 de mayo del mismo año. Se defendieron tan valerosamente los sitiados que el Rey empezó a tener temores de no poderlos vencer. Sabido lo cual por la Reina fue al cerco, acompañada del Primado, y éste hizo que uno de sus capitanes, llamado de Juan de Villamiño, a costa del prelado alistase buen número de infantes y prontamente acudiese con ellos al campamento. La ciudad se rindió el día de San Agapito, 18 de agosto, y el domingo siguiente entraron con procesión los Obispos de Ávila, León y Badajoz, y en presencia del Arzobispo de Toledo consagraron la mezquita en Iglesia mayor.

A principios del año de 1488 acompañaba el Cardenal a la Reina y al Rey que asistía a las cortes de Zaragoza.

Desde allí fueron a Palencia y después a Murcia, en donde se quedaron Isabel la Católica y el Arzobispo ordenando las cosas de aquel reino, mientras Fernando V volvía a entrar en el de Granada y conquistaba algunas de sus poblaciones.

Los monarcas y el prelado fueron a invernar en Medina del Campo, desde donde éste fue a Valladolid a tomar posesión de su abadía, de la que los Reyes Católicos le habían hecho merced. Entonces empezó a dotar el Colegio de Santa Cruz de aquella población.

Por los años de 1489 litigaban los prelados de Toledo y de Braga sobre cuál de los dos debía titularse y ser Primado de las Españas, cuando el Papa Inocencio VIII, por una bula dada el día 4 de las nonas de Junio de aquel año, y quinto de su pontificado, concedió licencia al toledano para que se “dijese Primado, para que obligara a los demás prelados a que así le llamasen y como a tal le reverenciasen y obedeciesen, y para que no obstante, cualesquier privilegios que otros alegasen, usase de dicha dignidad”. En señal de esta preeminencia mandó dorar su cruz, y la hizo llevar ante él por las provincias de España y de la Galia Narbonense.

Conquistada en el mismo año la ciudad de Baza, tomó el Cardenal posesión de ella por la Iglesia Primada y puso en ella su vicario.

En 1490, habiéndose desposado en Sevilla la Infanta Doña Isabel con el Príncipe D. Alfonso de Portugal, el Cardenal fue a llevarla a aquel reino, y costeó espléndidamente los gastos del viaje a la Infanta, a las damas y caballeros y a todos los demás de la comitiva. Entregada la Princesa a D. Manuel, tío del Príncipe, se volvió a Castilla D. Pedro González de Mendoza.

Rendida la ciudad de Granada, entró en ella el Cardenal, mandó plantar la cruz en una torre, y puso allí por primer obispo a fray Fernando de Talavera, fraile de la orden de San Jerónimo y confesor que había sido de los Reyes Católicos.

En el año de 1494 se le hizo una postema en los riñones, y estando gravemente postrado por ella en Guadalajara, los Reyes Católicos fueron desde Arévalo a verle. Posando en su morada, consultaron con él asuntos importantes y arduos. El cardenal los nombró sus testamentarios, y los suplicó que cuidasen de las obras del Colegio de Valladolid y del Hospital de Santa Cruz de Toledo que dejaba comenzadas.

Agravándose la dolencia recibió los Santos Sacramentos. Murió el día 11 de enero de 1495 y fue llevado a Toledo, en donde yace en la capilla mayor de la Catedral, al lado del Evangelio, en un magnífico sepulcro.

Continuará

Fuente:

  • “Historia de los templos de España”, de Gustavo Adolfo Bécquer y Juan de la Puerta Vizcaíno. 1857.