Reflexión de un profano sobre los criterios seguidos en la restauración de monumentos

No soy ningún experto en restauración de monumentos, sino sólo alguien que observa y admira y que, como tal, expresa su opinión (y espero que ninguna barbaridad) en las líneas siguientes, abiertas, como no, al diálogo e intercambio de ideas.
Los criterios seguidos a lo largo de los años a la hora de afrontar la restauración de monumentos y casas de Toledo han variado notablemente. Hablo no sólo de restauraciones “oficiales”, más o menos ortodoxas o técnicas, sino también de las hechas por particulares, a menudo con mejor intención que resultados, aunque a veces acertadas.
Y si los criterios han cambiado, también lo han hecho los resultados obtenidos. Basta observar los monumentos toledanos y comparar los resultados de las diversas restauraciones con el aspecto anterior de los mismos para sacar algunas conclusiones, no siempre agradables.
Hubo un tiempo en que se optaba por rehacer y reconstruir todo lo dañado y perdido, con el objetivo claro de que lo nuevo y lo viejo no se diferenciaran en absoluto, como si jamás el monumento hubiera sufrido daño alguno ni por el paso del tiempo, ni por la erosión ni por la acción desalmada del hombre.
Un ejemplo de ello podría ser el claustro de San Juan de los Reyes, donde es imposible diferenciar las partes reconstruidas de las originales, lo cual nos impide valorar cada una adecuadamente y tener una idea visual de los enormes daños que sufrió en épocas aún no tan lejanas. En cambio, eso dice mucho a favor de la valía profesional de quienes intervinieron en esa restauración, al alcanzar el mismo nivel de calidad y los mismos resultados que los artistas originales. En conclusión: un magnífico trabajo, sin duda, que además supuso la salvación y preservación del monumento, pero… ¿no se está engañando al presentar como original lo que no lo es?.
Hubo otra época en que se optó por revocar todo, por ocultar el ladrillo y sustituirlo por trampantojos, más o menos afortunados según el caso, o por simples paredes blancas. ¿Que la pared de mi casa es de piedra y ladrillo y está estropeada?: la cubro de cemento o de yeso, la pinto y ya está.
Más que un criterio serio de restauración era una moda artística primero y ciudadana después que desembocó, a veces, en la creación de trampantojos interesantes e incluso valiosos (en tiempos ya lejanos), mientras que en otros muchos casos produjo fachadas ramplonas carentes de interés (en tiempos más cercanos, por lo general).
Costumbre iniciada, de forma más o menos masiva, a consecuencia de los bellos excesos ornamentales del Barroco, alterada por el Neoclasicismo y extendida en Toledo hasta los años de la Guerra Civil, tuvo esta moda un doble resultado: uno aplicable al exterior de los edificios y otro, muy diferente, al interior. Así, mientras el exterior buscaba siempre ennoblecer las fachadas, creando falsas arquitecturas, imitando sillares de piedra, inexistentes paredes de ladrillo o complicadas formas decorativas llenas de filigranas que jugueteaban creando una falsa sensación espacial, el interior, una vez superado el Barroco, tendió a la simplicidad más extrema. Fue la época en que los artesonados mudéjares fueron cubiertos por cielos de escayola, a menudo lisos, mientras que las paredes de los templos se blanqueaban, tapando frescos, ventanas y ornamentos diversos.
Se entendía así que había que combatir tanto los excesos ornamentales surgidos de la Contrarreforma, vistos ya desde los tiempos de Lorenzana como producto de un mal gusto estético, como acabar con el primitivo estilo mudéjar, contemplado como algo ya viejo, caduco y propio del oscurantismo medieval tan inapropiado para quienes se habían criado a la sombra de los parabienes de la Ilustración. Frente a la oscuridad, la luz.
Resulta revelador examinar las fotos del s. XIX y principios del XX de templos como Santiago del Arrabal, San Román, San Andrés, San Lucas, Santa Eulalia o San Vicente, por citar sólo algunos casos. Algunas de estas iglesias, todas blancas y lisas, resultan muy difíciles de reconocer si no es mediante una atenta observación o leyendo, ya rendidos, el pie de foto.
Y, como todas las modas terminan cambiando, se pasó al extremo contrario, muy extendido desde el fin de la Guerra Civil hasta hace no tanto: eliminar todos los revocos, todos los trampantojos, tengan valor o no, y dejar las fachadas de ladrillo visto (o crearlas así desde cero) aunque fuera un ladrillo “poco toledano” (como el del horrible Pasaje de las Hazas, atentado cruel contra lo toledano), y pese a que la fachada resultante fuera extremadamente simplona y sin interés, todo ello con la creencia de que “el ladrillo ennoblece”.
También influyó, en algunos casos, el creciente tráfico de vehículos. Por ello, calles como Real del Arrabal vieron como casi todas sus fachadas “se pasaban” al bando del ladrillo como forma de resistir mejor la suciedad producida por los vehículos a motor.
Tampoco hay que obviar la causa económica: una fachada de ladrillo visto resiste más tiempo sin necesidad de intervención o restauración alguna, o al menos eso han creído tradicionalmente muchos propietarios.
Y como prueba del movimiento pendular al que se somete siempre la conducta humana, siempre tan dada con facilidad a las posturas extremas, y, en parte relacionada con la moda anterior, estuvo la que buscaba devolver una presunta pureza perdida a los monumentos toledanos. Fue la moda que acabó con los enlucidos interiores y restauró el mudéjar, sacándolo a la luz, devolviéndole la capacidad de respirar y de lucirse, llegando hasta el extremo de recrear o inventar arcos, fachadas y puertas, con el afán de recuperar lo perdido por culpa de la estética anterior ahora ya denostada. Pero fue, también, la moda que llevó esto a cabo a cualquier precio, acabando con elementos artísticos posteriores que bien merecían igual respeto y el derecho a ser conservados y admirados.
Como consecuencia de este nuevo criterio, contrario al anteriormente expuesto, se acabó con los tejadillos barrocos de múltiples iglesias, en aras a “recuperar” el aspecto integral original de las fachadas eclesiásticas, aspecto que, realmente, tampoco es verdaderamente el original.
He ahí San Salvador, que vio desaparecer su tejadillo y el revoco de su torre y, con ellos, algunos elementos decorativos exteriores de gran belleza. En el caso de la torre el resultado fue acertado (sin perjuicio de que los elementos de gusto plateresco bien podrían haberse salvaguardado trasladándolos unos pocos metros), pues nos permitió admirar sus sillares, sus frisos romanos reutilizados y sus diferentes etapas constructivas.
Sin embargo, en el caso de la fachada que da a los pies del templo el resultado fue horrible: se despersonalizó, se eliminó el tejadillo y se dejó a la vista una pared de ladrillo que jamás fue diseñada para tal propósito.
De repente, todo el mundo pareció olvidarse de que Toledo es, precisamente, una amalgama, una superposición de estilos a priori muy distintos pero que, aquí, y casi por arte de magia, conviven, dialogan y se complementan, en perfecta simbiosis artística, retroalimentándose, y dando como improvisado resultado edificios de gran encanto y notable personalidad.
En el mismo sentido cabe hablar, por ejemplo, de la aséptica reforma de la fachada principal del Palacio Arzobispal, donde, no contentos con cambiar su volumetría y demoler parte del inmueble en aras a buscar una mayor simetría y supuesto equilibrio que jamás tuvo, se creó una pared de piedra y ladrillo de diseño falsamente toledano, con cajas de tamaño inadecuado e hileras de un ladrillo nada típico, dando como resultado un pastiche que no tenía absolutamente nada que ver ni con el diseño anterior que se estaba eliminando ni con el original del edificio. De nuevo, se creaba una ficción, un engaño.
Simplona quedó también la entrada a San Nicolás desde la plazuelita en la que su párroco tiene la puerta de su casa. También se eliminó el tejadito y se priorizó a toda costa el ladrillo. Actualmente, esta parte, completamente simplificada y carente de ornato, y con una simple y moderna cruz de madera en la esquina, destila una especie de estilismo protestante que no casa muy bien con Toledo.
Y casos como éste muchos, supuestamente para devolver la pureza al monumento y eliminar todos esos “añadidos” que lo desvirtuaban, como si esos elementos suprimidos no tuvieran valor o no fueran tan respetables o estéticos como los otros o no aportaran información sobre la historia del monumento y su evolución.
Hay casos realmente sangrantes de esta especie de “limpieza étnica” contra diversos estilos, condenando todo aquello que fuera posterior al Renacimiento como si fuera algo carente de valor y de interés, como si fuera algo impuro.
Muy reciente es, por ejemplo, la supresión de las dos pequeñas espadañas de Santiago del Arrabal que, pese a llevar siglos ahí, fueron suprimidas en la última restauración por no ser mudéjares, como el resto del edificio. Eran muy sencillas pero ¿de verdad hacía falta eliminarlas?.
Sin embargo, actualmente el criterio que parece predominar es el de, dicho vulgarmente, dejar dañado lo dañado y asegurarse de que el daño no vaya a más. Me explico: si una parte de aquello que se restaura está perdida o gravemente dañada, no se reconstruye ni se renueva, sino que se consolida, se “trata”, para que no vaya a más el daño, limitándose la labor a perpetuar el resto de la obra intervenida. Se busca así mostrar claramente el paso del tiempo en el monumento y no alterar para nada su fisonomía, evitando pastiches, falsedades y recreaciones que, fieles o no, ya no pueden ser consideradas como originales. Sin duda así no se engaña a quien contempla y admira la obra. Sabe que lo que ve es verdadero, que no está alterado por restauración alguna, y puede extraer sus conclusiones y aprender de lo que ve. Un acierto… ¿o no?. Mi humilde opinión es que esto es bueno hasta cierto punto, porque ¿de verdad eso respeta la voluntad de los artistas que crearon esa obra de arte?, ¿se está manteniendo la pureza original del monumento o sólo se está retrasando un deterioro inevitable?.
Piénsese en el escudo de la Puerta de Bisagra, que muchos hemos conocido con su corona intacta y que, desde hace ya unos cuantos años, sólo sobrevive en un cincuenta por ciento. El día que se caiga la otra mitad, ya no podremos admirar el escudo completo ni saber que ahí hubo una corona ni comprobar cómo era… a no ser que busquemos en libros o fotos antiguas. ¿No supone esto una alteración, por omisión, de la obra artística, al cambiar la percepción que de la misma tiene el observador?.
Está claro que los monumentos, poco a poco, sufren daños y pérdidas, bien por el paso del tiempo o bien por sufrir un mantenimiento deficiente, intervenciones tardías o episodios graves como incendios, guerras, accidentes, etc. Si nos limitamos a mantener lo que hay y no reconstruimos lo dañado o perdido, a largo plazo cada vez tendremos menos que conservar y el monumento terminará desvirtuado, primero, y perdido completamente, después. Es inevitable.
Sin embargo, hoy parece que se le da más valor a la ejecución que al diseño de la obra artística. Poco parece importar, por tanto, que el diseño desaparezca y no pueda admirarse; sólo parece importar la primera ejecución de dicho diseño, y digo primera, porque una vez que ésta desaparece total o parcialmente, cualquier nueva ejecución del diseño original es mal vista, como si fuera de un hijo bastardo del que no se tenía noticia y que vuelve ahora, para nuestro disgusto, con el fin de reclamar su legítima herencia.
Pongo un ejemplo para explicar esta postura: el fresco que hay en la girola de la Catedral representando a Esteban Illán. Originalmente, este fresco de estilo gótico se encontraba donde hoy se halla el Transparente. Cuando éste fue construido por Narciso Tomé, se realizó una réplica exacta de la pintura en la calle exterior de la girola, de forma que pudiera construirse el Transparente sin que desapareciera, en lo posible, el fresco. Evidentemente, se trataba ya de una réplica, no del original, pero gracias a ello, en nuestros días hemos podido conocer cómo era el original, y cómo lo concibió el artista que lo pintó. Quiero decir con ello que, aunque es mejor contar siempre con el original, cuando eso no es posible resulta preferible contar con una buena réplica antes que quedarnos sin nada.
Pero no acaba ahí la historia de esta imagen ecuestre de Esteban Illán pintada en la girola de la catedral. En las goteras que sufrió hasta hace pocos años el templo primado, esta réplica sufrió serios daños hasta el punto de perderse aproximadamente la mitad de su superficie. Una vez reparados los tejados y restauradas y repintadas las bóvedas, esa mitad fue pintado de blanco, en vez de rehacer la pintura. ¿Qué quiere decir eso? Que ya es imposible contemplar la pintura como fue concebida por su artista original y como fue fielmente reproducida al construir el Transparente. En otras palabras: lo hemos dejado perder. ¿Qué argumento puede justificar esta pérdida? Creo yo que ninguno. Como decía antes, es mejor tener una réplica que no quedarse sin nada. Si a eso le sumamos que la obra dañada era ya una réplica de un original desaparecido hace siglos, razón de más para evitar cualquier excusa en su recuperación. El resultado actual es que cualquiera que pase por allí no puede admirar la obra en su conjunto porque, simplemente, no está ni el original, ni la copia ni nada: sólo una parte de la pintura y un enorme hueco blanco. ¿Es eso respetuoso con la voluntad de los artistas creadores del original o, incluso, con los creadores de esa primera y exacta réplica?, ¿Es eso una buena forma de mostrar lo que es una obra de arte o lo que ha sido? Al fin y al cabo, aunque lo que se busca es no alterar ni “inventar” nada, ¿no se está haciendo justo lo contrario al permitir, en este caso, que una obra preexistente sea sustituida por un espacio vacío que jamás fue concebido expresamente?, ¿no es preferible una réplica de la mejor calidad posible que un vulgar y llamativo hueco blanco?.
¿Cuál sería, por tanto, la solución ideal?, ¿Cuál sería el criterio a seguir para conservar el monumento y compatibilizar el mantenimiento de su pureza inalterada con la conservación integral del monumento tal cual fue concebida por sus creadores?. El ejemplo lo tenemos en la torre de Santo Tomé.
Cuando la torre de Santo Tomé fue restaurada, diversos elementos en ella mostraban daños de diversa naturaleza: faltaban numerosos ladrillos, otros estaban sueltos o caídos y las piezas de cerámica vidriada habían desaparecido en buen número. ¿Qué se hizo? Rehacer todo lo que faltaba y rehacerlo exactamente tal y como era, con sus mismos materiales y procedimientos, pero hacerlo de tal forma que no se mimetizara sin más con las piezas originales conservadas.
Se buscó, por tanto, evitar falsear el resultado presentando como original lo que no lo era pero, al tiempo, mostrar la torre tal y como fue diseñada y construida en su día, para que se pueda admirar en su totalidad como la obra de arte que es. Por eso, los ladrillos nuevos muestran una tonalidad ligeramente diferente, las piezas nuevas de cerámica vidriada cuentan con una inscripción alusiva a su creación, y se ha dejado testimonio documental detallado de la totalidad de la intervención en la torre. Se trata, por tanto, de una buena forma de evitar los inconvenientes que he ido desgranando anteriormente. El resultado es difícilmente mejorable.
Otro ejemplo, esta vez con fotos, que ilustra lo que expongo, pero en este caso para mostrar una restauración con la que no estoy conforme: la de la Puerta del Niño Perdido de la Catedral, realizada con motivo de la restauración del claustro catedralicio.
En primer lugar muestro una foto hecha justo antes de la restauración, seguida de otra realizada justo después.  


Como se observa, la mejora es evidente. Buscando, además, proteger la piedra caliza de una mayor erosión, se ha instalado una pequeña cubierta metálica cubriendo la parte superior del alfiz. Sin duda la erosión continuará, pero esta intervención ha reducido su efecto y salvaguardado en parte la puerta.
Ahora bien, si yo preguntara: ¿Cómo era el escudo de la esquina superior izquierda?, ¿Era igual que el que subsiste en la esquina superior derecha o era diferente?. Nadie que vea la puerta en la actualidad podría responderme sin acudir a otras fuentes diferentes a la observación directa. El escudo que estaba destruido por la erosión antes de la restauración lo sigue estando después. No se ha colocado ninguna réplica. ¿El resultado? Viendo la puerta, sin más, es imposible responder a las preguntas. Y no olvidemos que, en las puertas antiguas, la heráldica no era un simple adorno, cumplía con una labor informativa que nos daba a conocer quién era el propietario o quién vivía en un determinado lugar o quién había encargado dicha portada o, incluso, el edificio. Por tanto, la pregunta puede ser importante: ¿Cómo era ese escudo?.
Veamos ahora una foto antigua, tomada por Jean Laurent a mediados del s. XIX:

Veamos ampliado el escudo izquierdo, hoy desaparecido: 

Y ahora el derecho:

En la foto de Laurent se ve el escudo izquierdo, bastante completo aún, perfectamente visible, aunque ya presa de la erosión lógica al tratarse de piedra caliza completamente expuesta a la intemperie (también se ven otros elementos perdidos, como el que remata el arco ojival exterior).
¿Qué hubiera pasado de no existir esta foto ni otras como la hecha en su día por Casiano Alguacil?. ¿Es que hay que rebuscar fotos antiguas e investigar para salir de dudas?. No parece la manera adecuada para que el espectador, el ciudadano de a pie, el turista, interpreten el monumento a la hora de observarlo. ¿No hubiera sido más lógico esculpir una réplica del escudo preexistente y situarlo en lugar del desaparecido? Podría haberse hecho sin traicionar ningún principio. Podría seguir viéndose el resultado de la erosión y del paso del tiempo en la zona de alrededor del escudo, y el escudo mismo podría diferenciarse como réplica simplemente por ser nuevo y no estar aún erosionado. Podría haberse hecho con el suficiente mimo para que el resultado fuera fiel al original, no falseara el resultado y no engañara a nadie, y que, al mismo tiempo, suministrara la información necesaria sobre la puerta, su diseño original y su valor como obra de arte. No se ha hecho así por lo que es imposible valorar esta obra de arte mediante su observación. No me extiendo más.
Basten estas reflexiones para expresar mi opinión al respecto, que, como decía al principio, no es la de ningún experto, sino la de un profano en la materia.
Para terminar, muestro la foto de Casiano Alguacil y formulo, a continuación, una pregunta sobre el claustro catedralicio:

La pregunta es: ¿Puede alguien aclararme por qué, en la última y gran restauración del claustro de la Catedral de Toledo, se han encalado las bóvedas, ahora uniformemente blancas, ocultando completamente las pétreas piezas que las conforman, cuando toda la vida han estado perfectamente a la vista? Obsérvense las fotos de Alguacil y Laurent que aporto o cualquiera hecha antes de esta restauración y compárese con lo que podemos ver en la actualidad. ¿No es eso una alteración, innecesaria por lo demás, de una obra de arte?. Claro que lo mismo podría decirse de las bóvedas de ladrillo, también pintadas de blanco, en el Alcázar o en San Clemente… Una nueva moda, otra más, que sufren nuestros monumentos.
Fuentes:
- Archivo Histórico Municipal de Toledo
- Archivo Histórico Provincial de Toledo
- Instituto del Patrimonio Cultural de España
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