Historia de los templos de España: los arzobispos toledanos (XXXIV)
D. Alfonso II de Acuña Carrillo
Desde 1446 hasta 1482.
Cuando el Rey de Castilla tuvo noticia de la muerte de D. Gutierre Álvarez de Toledo, quiso dar el arzobispado vacante a su confesor D. Lope Barrientos, Obispo de Cuenca, a quien se le había prometido en recompensa de sus muchos y buenos servicios, pero D. Álvaro de Luna tuvo tal empeño porque la dignidad de Primado de las Españas se confiriese a su pariente D. Alfonso Carrillo, Obispo de Sigüenza, y la influencia del Condestable sobre D. Juan II era tan grande, que éste no pudo menos de acceder a lo que D. Álvaro pedía. El Papa no concedió las bulas al electo sino con mucha dificultad.
En el año de 1446, asistió con otros magnates a una consulta de guerra que celebró D. Juan II en Madrigal, en la cual decidió este príncipe ir en persona a Atienza a castigar algunos desmanes. Partió en efecto el Monarca el lunes 16 de mayo, y habiendo cercado esta villa, envió a D. Alfonso de Acuña por frontero contra Torija, que se hallaba en poder del rey de Navarra. Marchó hacia allá el Arzobispo con 300 jinetes y se situó cerca de Guadalajara. Estaba la villa de Torija bien abastecida de pertrechos, y la fortaleza muy provista de comestibles. Guarnecían la plaza 70 valientes caballeros escogidos. Por todo esto y por la ventajosa situación del pueblo en paraje naturalmente fortalecido y en medio de un terreno muy áspero y fragoso, no podía el Primado impedir las salidas y correrías con que los de Torija molestaban a los pueblos de la comarca con tanta osadía que llegaron al arrabal de Guadalajara, robaron parte de él, incendiaron las casas y llevaron presas algunas de sus gentes, después de una pelea en que hubo muertos de ambas partes. Se creyó afrentado por ello D. Alfonso, sacó su gente a campaña rasa y cercó a Torija, pero, como no obtuvo resultado alguno, el Rey le envió un refuerzo de 200 caballos. Se estrechó entonces el cerco y se dieron varios asaltos, también sin éxito, hasta que por fin, por orden de D. Juan II, vino a reunirse con los sitiadores D. Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana. Este diestro caudillo hostilizó de tal modo a los sitiados que les obligó a rendirse con ciertas condiciones.
Se dice que en el año de 1447 celebró las velaciones en el casamiento del Rey de Castilla con doña Isabel, hija del Infante D. Juan de Portugal y de doña Isabel de Carvajal.
En 1448 tenía el mando de la gente armada que guardaba el campo de Tordesillas en donde celebraban junta el Rey y el Príncipe, habiendo venido a la villa con el objeto de confederarse.
Aun no había entonces el Papa dado sus bulas a D. Alfonso de Acuña, a pesar de hacer ya dos años que era Arzobispo electo, porque Eugenio IV se resistió siempre a aprobar su elección. Un año después la aprobó Nicolás V.
En el mismo año el monarca de Castilla escribió las dos cartas que siguen:
“Don Juan, por la gracia de Dios Rey de Castilla, de León, de Toledo, etc., a los Reverendos Padres en Cristo, Arzobispos, Obispos, Abades y Deanes, y cabildos y otras personas eclesiásticas de nuestros reinos y tierras y señoríos, especialmente a los Reverendos Padres Obispos de Burgos, de León, de Cartagena y Oviedo, Deanes y Cabildos y Clerecías de nuestras Iglesias y Obispados, y a cualquiera de vosotros a quien esta carta mía fuere mostrada, salud y gracia.
Bien sabéis, y a vosotros es notorio y público y manifiesto, así en mis reinos y señoríos como fuera de ellos, que la iglesia catedral de la Muy Noble Ciudad Imperial de Toledo siempre fue y es cabeza y metropolitana de las Españas, y que los Arzobispos de ella han sido y fueron, de tanto tiempo acá que la memoria de los hombres no es capaz de recordar lo contrario, Primados de las Españas, y usaron y usan de dicha primacía y de sus prerrogativas, así trayendo cruz alta ante sí por todas las ciudades, villas y lugares de mis reinos y de todas las Españas como en todas las otras cosas pertenecientes a dicha primacía, así de derecho como de antigua costumbre; lo cual siempre les fue y ha sido y debe ser guardado. Y ahora Yo, considerando lo susodicho, y porque cumple así a mi servicio y mi preeminencia y al honor de la Corona Real de mis reinos, mi merced es que la dicha elevación de la cruz y todas las otras prerrogativas y preeminencias, así de derecho como de leyes de mis reinos, como de costumbre antigua, sean guardadas, y cada una de ellas al Muy Reverendo en Cristo Don Alonso Carrillo, Arzobispo de Toledo, Primado de las Españas y Canciller Mayor de Castilla y de mi Consejo, según que más cumplidamente fueron guardadas antiguamente a los otros Arzobispos de Toledo, que lo fueron antes de él, y a cualquiera de ellos, y que no le sea puesto en ello ni en cosa alguna de ello embargo ni oposición alguna, no embargante cualquier pendencia o pendencias de pleito o pleitos que sobre ello estén pendientes en la corte de nuestro Santo Padre, o en otra cualquier manera ante el dicho Arzobispo y vosotros, los sobredichos Prelados o cualquiera otro de entre vosotros; porque mi merced y voluntad es que cesen dichos pleitos y contiendas, y aquéllas sean extintas y no se prosigan. Mas porque así cumple a mi servicio y a la guarda de mi preeminencia y a la honra de la Corona Real de mis reinos y al pacífico estado y tranquilidad de ellos, y para evitar y desviar de ellos muchos escándalos e inconvenientes que pudieran surgir. Por otra parte pretendo lograr, en cuando esté en Mi mano, que esto sea guardado en relación al dicho Arzobispo en todos los otros reinos de España. Porque os ruego y mando, a todos y a cada uno de vosotros, que lo guardéis y cumpláis, y hagáis guardar y cumplir todo en la forma y manera que en esta carta mía se contiene; y no incumpláis ni permitáis que se incumpla cosa alguna ni parte de ello, ni ahora ni en ningún tiempo ni por alguna manera. Y ni los unos ni los otros hagáis otra cosa en alguna manera, so pena de incurrir por ello en mi indignación y en las otras penas en que caen los prelados y personas eclesiásticas que son desobedientes a su Rey y Señor natural, apercibiéndoos que yo mandaré proveer y será proveído contra los que así no hicieren y cumplieren, y contra sus temporalidades, de manera que mis mandamientos sean obedecidos y cumplidos con efecto.
Y, por esta carta mía, y mediante traslado firmado por escribano público, mando al Príncipe Don Enrique, mi muy querido y amado hijo primogénito heredero, y también a Don Álvaro de Luna, Maestre de Santiago, mi Condestable de Castilla, y a los duques, condes, marqueses y ricos hombres, maestres de las órdenes y priores, y a los de mi Consejo y Oidores de mi audiencia, y a los alcaldes, notarios, alguaciles y a otras cualesquier Justicias de mi Corte, Casa y Cancillería, y a mis adelantados y merinos, y a los comendadores, subcomendadores, alcaldes de mis castillos y casas fuertes y llanas, y a los concejos, alcaldes, merinos, regidores, caballeros, escuderos y hombres buenos en la Muy Noble ciudad de Burgos, cabeza de Castilla, mi Cámara, y a todos los concejos, alcaldes y alguaciles, caballeros, regidores, escuderos y hombres buenos, y a todas las ciudades, villas y lugares de mis reinos y señoríos. Etc. Dada en Valladolid a cinco días de Febrero de 1448”.
“Don Juan, por la gracia de Dios Rey de Castilla, de León, de Toledo, etc. A vos, D. Alonso, Obispo de la Iglesia de la Muy Noble ciudad de Burgos, Cabeza de Castilla y de mi Cámara, y Oidor de mi Audiencia, y mi Refrendario y de mi Consejo, como aquél que aprecio y de quien mucho me fio. Ya sabéis el debate y cuestión que ha habido entre el Reverendo en Cristo, Padre Don Alonso Carrillo, Arzobispo de Toledo, Primado de las Españas, Canciller Mayor de Castilla y de mi Consejo, por una parte, y vos por la otra, con motivo de haber metido el citado Arzobispo en esa ciudad la cruz enhiesta al tiempo que entraba en ella, y el entredicho que vos, por la misma causa, pusísteis y mandásteis guardar en vuestra iglesia y en las otras iglesias de esa ciudad, y cómo el dicho Arzobispo me envió sus mensajeros y, así mismo, vos vinisteis por vuestra persona y las cosas que ante Mi, en el dicho Consejo, fueron propuestas y alegadas por las mencionadas ambas partes, cada uno en guarda de su derecho; y lo que por Mi fue mandado y acordado que se hiciese, de lo que más largamente se hace mención en ciertas cartas mías que sobre ello Yo mandé dar. Y ahora por parte del dicho Arzobispo fue puesto y alegado ante Mi y los de mi Consejo que su derecho en esta parte y su dignidad y primacía están muy claras, según ciertas bulas que fueron halladas en el Sagrario de la Santa Iglesia de la Muy Noble ciudad de Toledo; los trasuntos y traslados de las cuales, autorizados y autenticados por el Cabildo de la Santa Iglesia, expresamente contienen que los Arzobispos de Toledo son Primados de las Iglesias, no sólo de mis reinos sino de todas las otras Iglesias de los reinos de las Españas, según lo fueron antiguamente antes de que los moros enemigos de la Fe ganasen mis reinos y los otros reinos de las dichas Españas, y especialmente que ahora en nuestros tiempos el Papa Martín V, de buena memoria, dio sus bulas a D. Juan de Riaza (se refiere al arzobispo D. Juan V Martínez de Contreras, también conocido por ese nombre), Arzobispo que fue de Toledo, Primado de las Españas, Canciller Mayor de Castilla, por el tenor de las cuales, por autoridad apostólica, discernió, declaró y estableció que dicho Arzobispo de Toledo y sus sucesores, en las capillas del dicho Papa Martín V y de sus sucesores, en los Consistorios o Concilios Generales, y otros lugares públicos y privados tuviesen lugar asignado y que éste fuese antepuesto y preferido sobre los protonotarios de la Sede Apostólica y sobre los otros Arzobispos que en ellos hubiesen sido promovidos y que no fuesen Primados Electores del Imperio.
Establecen además que el dicho Arzobispo y sus sucesores, libre y lícitamente puedan gozar de todas o cualesquiera prerrogativas, privilegios e insignias que en cualquier manera puedan competer a los Venerables Patriarcas, a semejanza de los cuales y de quienes tengan esa misma dignidad, son de ensalzar, e igualmente gozar de la misma preeminencia y honor, aunque tengan diversos nombres. Todo lo cual el dicho Martín constituyó, discernió y declaró, y mandó que se guardase así, inamovible y perpetuamente, en todos los tiempos venideros, pese a cualesquier Constituciones Apostólicas, Estatutos, Costumbres de cualquier Iglesia o lugar, aunque fueran confirmados por la Sede Apostólica o por cualquier juramento o en cualquier otra manera, ni otras cualesquier cosas que fuesen en contrario; de modo que aquellos a los que les corresponde ejecutar lo mandado y a los cuales mandé que lo hiciesen guardar y cumplir diesen para ello toda ayuda y no permitiesen que el dicho Arzobispo de Toledo ni sus sucesores ni alguno de ellos fuesen molestados de aquí en adelante en ninguna manera contra lo susodicho, aplicándose censura eclesiástica a cualesquier contradictores, según está y más largamente se contiene en las dichas bulas, según lo cual fue visto en mi Consejo que el dicho Don Alonso Carrillo, como Primado de las Españas, igualmente pueda alzar la cruz, no solamente en vuestra diócesis, sino en todas las otras Iglesias y Diócesis de mis reinos, así de Arzobispos como de Obispos, cuanto quiera sean exentos, tanto en todas las Españas como en provincia de su primacía y patriarcado. Y pues el Papa otorgó esto a los Arzobispos de Toledo, lo cual redunda en gran servicio mio y honra a la Corona Real de mis reinos, no está en razón le sea embargado por vos ni por los Prelados, ni Obispos ni otros cualesquier de las Iglesias de mis reinos; y que no sólo debía yo mandar que en mis reinos se haga y guarde así, mas procurar con todas mis fuerzas que en los otros reinos de las Españas sea guardada esta prerrogativa y preeminencia a los dichos Arzobispos de Toledo como a Primados y Patriarcas de las dichas Españas, lo cual no es sin causa, pues como vos bien sabéis, la Muy Noble ciudad de Toledo es metropolitana de todas las Españas, y la Santa Iglesia de ella es una de las mayores de todo el mundo. Por lo cual la congregación de los Santos Padres de la Iglesia de Dios antiguamente dieron y concedieron la primacía y patriarcado de las Españas a los Arzobispos de Toledo, y después de que la tierra se ganó de poder de los moros que la tomaron, la restituyeron según y en el estado que antiguamente la tenían, y ahora postrimeramente la renovó y constituyó y declaró el dicho Papa Martín V por sus ya citadas bulas. Mayormente que Yo sé cierto bien que el dicho Arzobispo D. Juan de Riaza todo el tiempo que anduvo conmigo en mi Corte trajo la cruz enhiesta por todas las ciudades, villas y lugares y diócesis de cualesquier otros obispados y arzobispados de los mis reinos, cuanto quiera que fuesen exentos donde yo iba y él conmigo, especialmente por las diócesis, villas y lugares de vuestro obispado, de lo que soy Yo informado por personas de creer, que después que el dicho Papa Martín le dio las bulas, trajo cruz enhiesta por cualesquier partes que fuese de mis reinos, por doquiera que andaba. Especialmente que al tiempo que él y los otros por Mi designados sobre los debates que eran entre Mi y el Rey de Aragón y Navarra, y hubieron de entrar en Aragón, y señaladamente en Tarazona, el dicho Arzobispo siempre metió y trajo cruz alzada en las fiestas ante sí, y que le fue tolerado, no sólo por los prelados de mis reinos, mas fuera de ellos. Según lo cual grave cosa sería ahora le fuese impedido por vos ni por otro Prelado, Arzobispo u Obispo de mis reinos; ni sería cosa razonable que perjudicase al dicho Arzobispo, ni a su dignidad e Iglesia cualesquier actos que algunos de sus predecesores contra esto hubiesen hecho o consentido; mayormente pues, después de todo aquello que el dicho Papa Martín V constituyó, discernió y declaró que el dicho D. Juan Arzobispo o sus sucesores igualmente, sin otra diferencia ni distinción real, pudiesen gozar y gozasen de las insignias y prerrogativas y privilegios que a los Patriarcas en cualquiera manera pueden competer. Porque os ruego y mando que veáis los dichos trasuntos y copias de las dichas bulas autorizadas, y conformándoos con ellos, como de razón lo debéis hacer así mismo con mi voluntad. Dada en la villa de Navarrete, 20 de Agosto año del Señor de 1448 años.”
No convencieron al Obispo de Burgos las razones contenidas en esta carta, y tratando de llevar adelante su pretensión, persuadió para que le ayudasen en ella al Consejo y la Ciudad de Burgos. Le disgustó tal conducta a D. Juan II, y a causa de ello escribió otra carta bien sentida, mandando al Consejo y Ciudad no dar favor a su Prelado, sino antes por el contrario consentir que cuando D. Alonso Carrillo fuese a Burgos llevase la cruz levantada según le convenía por su título de Patriarca.
El Arzobispo de Toledo requirió al obispo de Burgos que no le impidiese ejercer los actos patriarcales correspondientes a su cualidad de Primado. Mediaron sobre esto muchas contestaciones, contiendas y pleitos de una y otra parte, hasta que por fin se convinieron por medio de escritura, en reconocer el Prelado Toledano que el burgalés era inmediato a la silla apostólica, y que desde la fundación de su diócesis lo habían sido sus predecesores, y en consentir el de Burgos que el de Toledo, como Patriarca y Primado de las Españas, pudiese entrar en su obispado con cruz alta y levantada, celebrar en secreto y en público, y echar la bendición y hacer celebrar aunque estuviese presente el obispo. Juraron la escritura y que pedirían al Papa Nicolás la confirmación de este convenio. Se extendió el documento en el cerco de Escalona el año de 1453, estando presentes D. Pedro García de Huete, Deán de Toledo y Capellán Mayor del Rey; el Doctor Pedro Díaz de Toledo, Alonso García de Fuentes y Cervatos; D. Juan López de Villalobos, Abad de S. Quince en la catedral de Burgos; y Pedro González de Illescas, Arcediano de Trujillo en la Santa Iglesia de Plasencia.
Por los años de 1453, viendo que en la Imperial Ciudad de Toledo faltaba la enseñanza de la lengua latina, no habiendo maestro alguno de ella, trajo de Portugal para cubrir esta necesidad a un hombre docto, a quien, para mas honrarle, mandó se alojase en la Casa Arzobispal. Allí empezó a explicar a los hijos de caballeros principales, pero pronto creció de tal manera el número de sus discípulos, que no bastando el local que podía proporcionarles el arzobispo, el ayuntamiento toledano, convencido de la utilidad de la nueva enseñanza, proporcionó al maestro un aposento mas capaz, para que en él pudiese holgadamente vivir y dar sus utilísimas lecciones. Después de esto comenzó a enseñar la misma lengua Alonso Cedillo, a quien en premio de ello dio el Primado una ración que disfrutó durante más de 80 años.
En 1455, el Rey Enrique IV a principios de su reinado hizo ir a la villa de Valladolid al Prelado de Toledo y a D. Pedro Fernández de Velasco para manifestarles que quería ir a guerrear contra los moros y los nombraba Gobernadores y Virreyes de estos reinos durante el tiempo de la campaña que iba a emprender, todo lo cual se llevó a efecto.
En 1463 Enrique IV de Castilla fue a Bayona a entrevistarse con el rey Luis de Francia, al que recibió en el río Bidasoa, límite entre aquella nación y de España. Allí estuvieron el Arzobispo de Toledo, don Alonso Acuña Carrillo, y el Obispo de Calahorra, D. Pedro González de Mendoza.
No mucho tiempo después, se sintió molesto el Primado de que los asuntos pertenecientes al gobierno de estos reinos pasasen todos por las manos del Conde de Ledesma, y de que el monarca no le mirase con la afición que solía ni le comunicase como antes sus secretos. Así las cosas, Enrique IV acordó tener unas vistas con el Rey de Portugal en Puente del Arzobispo, sin dar cuenta de ello al Prelado Toledano, y aún sin decirle que hiciese en su villa el recibimiento debido a tan augustas personas. D. Alfonso de Acuña, tan pronto como tuvo noticia de las vistas, marchó con el Conde de Villena a Alcalá de Henares, desde donde este último pasó a confederarse con el Conde de Plasencia y Señor de Oropesa, en tanto que el maestre de Calatrava hacía otro tanto con los nobles de Andalucía. Sabiéndolo Enrique IV, envío a rogar al Arzobispo y al Marqués “que quisiesen venir a la Corte, porque les daría parte de lo que había tratado con el Rey de Portugal”. Le respondieron que “si su Alteza tuviera gana de servirse de ellos y de darles parte, él los habría mandado ir a Puente; mas que, al no haberlo hecho, dio manifiesta señal de que no se servía de ellos. Y que, fuera de esto, tenia en su Consejo y Corte personas que eran sus notorios enemigos. Y que, estando ellos en la Corte, no tendrían seguridad de éstos en ella; que le suplicaban fuese servido salirse al campo donde le darían más larga razón de todo esto”. Accedió D. Enrique, pero el resultado de las pláticas sólo sirvió para aumentar los rencores.
Al fin el rey dio en rehenes al Conde de Haro y al Marqués de Santillana para que el Primado los tuviese en su fortaleza de Alcalá de Henares. Después, el Marqués de Villena pidió a Enrique IV que le entregase al Infante D. Alfonso, y el monarca tuvo la debilidad de acceder a tan osada petición. El Arzobispo por su parte dijo a D. Enrique “que si le daba seguridad le serviría”, y éste le dio la Mota de Medina y el Alcázar de Ávila.
Tomó el prelado posesión de ambas fortalezas, se apoderó de la ciudad de Ávila, se alió con los grandes del bando del Infante don Alfonso, e hizo venir a éste con sus partidarios, entre los cuales se hallaron D. Gómez de Cáceres, Maestre de Calatrava; D. Pedro Portocarrero, Conde de Medellín; y Diego López de Stúñiga, hermano del Conde de Plasencia. Reunidos todos en Ávila corriendo el mes de junio, hicieron construir un tablado en una gran llanura fuera de la ciudad y colocaron sobre él una estatua representando al rey de Castilla enlutado, con vestiduras e insignias reales, que eran una corona en la cabeza, un bastón o cetro en la mano, y un estoque ante sí. Salió de la ciudad el Infante, acompañado de los referidos caballeros, y fue a hacer alto cerca del tablado: entonces el Marqués de Villena, el Maestre de Alcántara, el Conde de Medellín, el Comendador Gonzalo de Saavedra y Alvar Gómez, mandaron leer una carta que contra Enrique IV contenía cuatro puntos principales: “1º, que por su mala vida, ruines costumbres, flojedad y poquedad de ánimo merecía perder la corona”. Leído el cual, llegó hasta la estatua el Arzobispo de Toledo y la quitó de la cabeza la corona. “2ª Que merecía perder la administración del Estado.”. D. Álvaro de Stúñiga le quitó el estoque. “3º Que merecía perder la acción que tenía en el Reino”. D. Rodrigo Pimentel le sacó el bastón de entre las manos. “4º Que merecía perder el trono”. Y D. Diego López de Stúñiga echó la estatua de la silla diciéndola, como si fuese el rey en persona, palabras afrentosas y muy descomedidas. Los magnates tomaron en brazos al Infante diciendo a voces: “Castilla, Castilla por el Rey D. Alfonso”. Enseguida sonaron trompetas y atabales, y los señores fueron llegando por su orden a besar la mano al supuesto rey. Poco después, siguiendo el ejemplo dado en Ávila, se sublevaron en Andalucía las ciudades de Sevilla y Córdoba, y en las Castillas las de Burgos y Toledo.
En 1465 los moradores de Simancas, hallándose esta villa cercada por los parciales del Infante D. Alfonso, levantaron en la plaza un cadalso en que pusieron la estatua del Arzobispo de Toledo, a quien por apodo llamaban “nuevo Oppas”, leyeron por voz de pregonero una sentencia privándole del arzobispado y degradándole, por haberse rebelado contra el rey, después de haberle dado éste las fortalezas de La Mota y Ávila, y luego más de 300 gañanes la sacaron al campo a quemarla cerca del campamento y a la vista de los sitiadores, manifestando por medio de pregones la culpa por la que se le imponía aquella pena.
El día 2 de junio de 1567 acompañó el Primado, como otros rebeldes, al Infante D. Alfonso, en la solemne entrada que hizo en Toledo a recibir en la ciudad Imperial el pleito-homenaje, con la pompa que se acostumbraba darle entonces a los reyes.
En 20 de agosto del mismo año, estuvo el Arzobispo en calidad de general, cerca de D. Alfonso en la batalla de Olmedo, llevando una estola con las rosas blancas, que eran la divisa del Infante como la del Rey las encarnadas. Allí peleando, le atravesaron el brazo izquierdo de un bote de lanza, a pesar de lo cual estuvo en el campo de batalla hasta que, mucho después de anochecido, viendo que las huestes contrarias habían sido derrotadas todas, excepto una, mandó encender grandes fogatas en el real, se reunió con el Infante, y con él entró en la villa de Olmedo, de donde con los suyos, había salido a pelear con los contrarios. Ambas parcialidades celebraron como suya la victoria de esta sangrienta jornada.
El Arzobispo dio un decreto en Arévalo, el año de 1468, mandando que si algún canónigo o dignidad admitía una o más pensiones sobre su canonjía, se debía presentar ante todos los demás canónicos para ser privado del voto en el Cabildo, y castigado sin poder decir misa en el altar mayor, sin poner una tabla delante. Además, en las procesiones debería llevar la cruz en lugar del diácono o subdiácono racionero. Confirmaron esta disposición los siguientes prebendados de la Santa Iglesia toledana: D. Fernando Tello de Buendía, Arcediano de Toledo; D. Fernando Pérez de Ayala, Vicario; y los canónigos Ruy García de Villaquirán; Pedro López de Sevilla; D. Diego Gutierrez de Villayzan, Chantre de Sevilla; Pedro Alfonso Serrano; Pedro Fernández de Toledo; Marcos Martínez; D. Fernando González, maestrescuela; Pedro de Toro; Pedro de Torres; Fernando de Sotomayor; Diego Delgadillo; Don Juan Fernández, Abad de Medinaceli; y D. Luis de Torres, Arcediano de Medina.
Muerto el Infante D. Alfonso el martes 5 de julio del mismo año, el Primado y los demás de su parcialidad llevaron a Ávila a la Infanta Doña Isabel (que después, por la muerte de Enrique IV, subió al trono castellano). Allí la ofrecieron proclamarla Reina de Castilla, pero ella contestó “que pues Dios había hecho a D. Enrique su hermano y confirmado en el reino por la muerte de D. Alfonso, que fuese enhorabuena. Que les pedía le suplicasen tuviese por bien que la jurasen por princesa heredera”. Accedió a ello D. Enrique, y con ésta y otras condiciones, hicieron paces, por entonces, las parcialidades que tan profundamente habían agitado el reino.
Por los años de 1469, Enrique IV manifestó intenciones de casar con el Rey de Portugal a su hermana Isabel la Católica, a la sazón Infanta. Ésta, empero, aconsejada, según dicen, por el Arzobispo, lejos de acceder a los deseos de su hermano, trató de contraer matrimonio con el Príncipe de Gerona, D. Fernando, Rey de Sicilia. Doña Isabel, con tal propósito y hallándose en la Villa de Madrigal, bajo la guardia y vigilancia de Diego de Merlo, envió a decir al Primado, por medio de un fraile llamado Juan de Burgos, “que se ponía en sus manos y le pedía encarecidamente que fuese a libertarla de la opresión en que por orden de D. Enrique estaba”. El Prelado no se hizo de rogar, marchó a Madrigal con 300 lanzas, se le reunieron D. Enrique Enriquez, el Obispo de Coria y otros grandes señores, acaudillando otras 600, y pusieron en libertad a la Infanta. Algunos de aquellos magnates opinaban que convenía hacer que la custodiase y protegiese el Conde de Alba, pero nuestro D. Alfonso Carrillo hizo prevalecer su contrario dictamen, manifestando no atreverse a confiar a nadie prenda de tanto valor. Estando aún en Madrigal, regaló el Arzobispo a Doña Isabel un rico collar de oro que valía 40.000 ducados, suma grande en aquellos tiempos, y además 8.000 florines, con lo cual se completó la cantidad de los 20.000 que debía entregar al Rey de Sicilia. Poco después entró en Valladolid la Infanta acompañada del Primado y otros de sus favorecedores; y allí, después, de haberse vencido no pocas dificultades fue a reunirse con ellos D. Fernando. Ocho días después, el 18 de octubre del mismo año 1469, los desposó y veló el Prelado Toledano, y este determinó que durante un año anduviesen con los nuevos esposos 1.000 lanzas a costa del Rey de Aragón. Indignado Enrique IV al saberlo, se querelló al Papa por considerar que el Primado, D. Alfonso de Acuña Carrillo, le inquietaba el Reino. S. S. mandó formar causa al Arzobispo, nombrando por jueces de ella a cuatro Canónigos de Toledo, que fueron Fernán Pérez de Ayala, hermano bastardo de Pedro López de Ayala; Diego Delgadillo; Marcos Díaz; y D. Francisco de Palencia, Prior de Aroche. Pero al cabo de algún tiempo, el Rey mandó que se sobreseyese este negocio hasta que él mandase otra cosa.
A 5 de diciembre de 1473, celebró D. Alfonso, en Aranda de Duero, un Concilio al que concurrieron los obispos sufragáneos y arciprestes de su arzobispado, y en el cual pronunció un elegante discurso lamentando lo caído que estaba el estado eclesiástico.
Se reconcilió con el Rey algún tiempo antes de la muerte de éste, acaecida en 1474.
Muerto Enrique IV, fueron a Segovia el Arzobispo de Toledo y otros magnates, y allí juraron por reina de Castilla a la Princesa Doña Isabel, no haciendo otro tanto con su esposo D. Fernando, a causa de hallarse ausente.
Enojado D. Alfonso de Acuña de que Isabel la Católica hubiese nombrado Canciller Mayor al Cardenal don Pedro González de Mendoza, y le comunicase sus secretos, creyendo ver en esto que se le imponía un superior, salió de la Corte y se convino con su sobrino el Marqués de Villena, en tratar de casar con el Rey de Portugal a Juana la Beltraneja, a quien Enrique IV había declarado en su testamento ser su hija y sucesora en la corona castellana. El Rey de Portugal aceptó lo que el Primado le ofrecía, y envió embajadores a los Reyes Católicos, intimándoles que dejasen desembarazado de su presencia el trono y el reino de Castilla, que por derecho le correspondía. De aquí tuvo origen una guerra entre los Monarcas de Castilla y Portugal, en la cual el Arzobispo guerreó en las filas portuguesas. Terminada la campaña a favor de D. Fernando y Doña Isabel, estos magnánimos príncipes perdonaron al Primado en el año de 1477. Poco tiempo después volvió a entrar en tratos con el Rey de Portugal, aconsejándole que viniese a Talavera de la Reina con objeto de continuar la guerra, pero no se atrevió a seguir su consejo el portugués. Los Reyes Católicos trataron entonces de deponer al turbulento Prelado y se dice que lograron obtener bulas del Pontífice para verificarlo, pero si bien no lo pusieron por obra ordenaron tomarle las fortalezas del Arzobispado, como se ejecutó con la de Talavera, de la que se apoderó Diego López de Ayala. Comenzaron, entonces, a abandonarle sus parciales y amigos, y, convencido de que caminaba a su perdición, solicitó y obtuvo, por medio del Arcediano de Toledo, D. Tello de Buendía, la gracia de los Monarcas de Castilla no mucho tiempo después de hacerse entre estos reinos y Portugal las paces con que quedaron para siempre asegurados en el trono castellano los ínclitos príncipes Isabel y Fernando.
Hacia este tiempo, el Maestro Pedro de Osma, que explicaba Teología en la Universidad de Salamanca, escribió y publicó un libro en que hablaba contra el Sacramento de la Penitencia, contra el poder del Papa y contra la potestad de las Claves. Se le amonestó para que se rectractase de tales herejías, pero él no quiso acceder. El Arzobispo de Toledo, cuando de esto tuvo noticia, escribió al Pontífice Sixto IV, manifestándole lo que ocurría. La Santa Sede delegó sus facultades al Primado, que en virtud de ellas convocó un Concilio en Alcalá de Henares, en donde se hallaba como retirado. Asistieron 50 maestros y doctores de Teología y Derecho Canónico, todos los cuales declararon que las proposiciones del libro de Pedro de Osma eran falsas, escandalosas, erróneas y manifiestamente heréticas. El Arzobispo D. Alonso Carrillo, que presidía el Concilio en calidad de Legado de S. S. y Patriarca de España, con la autoridad pontificia y “pro tribunali”, las condenó y lo participó a la Curia Romana. Su sentencia fue confirmada por el Papa, en bula dada en Roma a 9 de agosto de 1480. El Arzobispo, habiendo recibido las letras apostólicas, hizo intimar a Pedro de Osma que debía retractarse públicamente. Lo hizo éste, según se le mandaba; y su libro fue quemado en la plaza de la villa de Alcalá, publicándose por voz de pregonero el decreto del Primado y del Concilio, prohibiendo citarle, leerle ni tenerle.
Retirado el Arzobispo en Alcalá de Henares, poco favorecido por los Reyes Católicos, gobernando la archidiócesis como su Vicario General el Bachiller Juan Pérez de Treviño, Canónigo de la Catedral Toledana, dedicó Don Alonso su vejez a los estudios, enfermando y muriendo finalmente el día 1 de junio de 1482. Fue enterrado en la capilla mayor del convento de frailes menores de San Francisco de aquella villa, en un elegante lucillo con estatua yacente.
Continuará
Fuente:
- “Historia de los templos de España”, de Gustavo Adolfo Bécquer y Juan de la Puerta Vizcaíno. 1857.
Connect