Historia de los templos de España: los arzobispos toledanos (XXXIII)
D. Gutierre III Álvarez de Toledo
Desde 1442 hasta 1446.
Parece que desde este tiempo en adelante, el Cabildo de Toledo no volvió a elegir sus Arzobispos, sino que los Reyes de Castilla hicieron la presentación de Primados al Sumo Pontífice, y este aprobó y dio las bulas.
Muerto D. Juan de Cerezuela, D. Juan II, a petición del almirante, nombró Prelado Toledano a D. García Osorio, Obispo de Oviedo, y notificó su elección a la Santa Sede Romana. Pero interesándose fuertemente el Rey de Navarra y el Infante D. Enrique por D. Gutierre Álvarez, Arzobispo entonces de Sevilla, revocó el monarca castellano los poderes dados y suplicó al Santo Padre a favor de D. Gutierre, que ya en otra ocasión había sido presentado pero no admitido por el Papa. El Sumo Pontífice dio esta vez sus bulas y D. Gutierre se sentó en la Silla Primada en 1442.
Era hijo de Hernán Álvarez de Toledo, señor de Valdecorneja, y de doña Leonor de Ayala y Guzmán, su mujer.
Siendo abad de Valladolid, el Rey le dio el Obispado de Palencia, vacante por muerte de D. Rodrigo de Velasco, el año 1427.
En 1428, mandó D. Juan II que D. Gutierre fuese Presidente de la Chancillería, no por seis meses como hasta entonces habían sido los prelados, sino por un año, con 100.000 maravedís de honorario, y que tuviese tres oidores con 50.000 mrs. anuales.
En 1429 se halló en las Cortes de Palencia.
En 1431, le envió el Monarca de Castilla a Alcántara a tratar de que volviese a la obediencia de la autoridad Real D. Juan de Sotomayor, Maestre de la orden que de aquella villa tomó su nombre. Le acompañó en su misión el Doctor Diego González Franco; y los dos enviados consiguieron que ofreciese hacer homenaje a D. Juan II, y no favorecer ni ayudar a los Infantes, él ni nadie de la Orden, con tal que, si el Rey le enviase a llamar, se pudiese excusar sin por esto “caer en mal caso”.
Poco después acompañó al Rey D. Juan a la guerra de Granada.
En 1432, D. Juan II, estando en Palencia, donde se habían reunido las Cortes para jurar por Príncipe de Asturias al Infante D. Juan, mandó prender a algunos magnates porque se le había hecho creer que estaban en tratos secretos con el Rey de Aragón y Navarra: huyeron el Obispo de Palencia y el Conde de Haro, temiendo ser del número de los que habían de ser aprisionados; salieron en su seguimiento el Rey y uno de los Maestres de las Órdenes con mucha gente; alcanzároslos, y los llevaron presos a Zamora. El monarca mandó encerrar al Obispo, con previa licencia de su metropolitano don Lope de Mendoza, en una fortaleza y bajo la custodia del Abad de Alfaro, capellán del Rey, para que no pareciese que se le ponía en poder de seglares. En seguida, envió por mensajero a la Corte de Roma a Ruy Gutierrez de Barcivalla, Arcediano de Toro, a fin de que diese cuenta el Papa de todo lo tocante a la prisión del Obispo de Palencia, y de que suplicase al Sumo Pontífice fuese servido nombrar Juez que entendiese en la causa de este Prelado y le sentenciase. El Santo Padre, habiendo oído al Arcediano, mostró mucho disgusto de que el Monarca castellano hubiese hecho prender a D. Gutierre sin avisárselo, y de que el Metropolitano lo hubiese permitido; pero, a causa del afecto que profesaba a D. Juan II, permitió que absolviesen a este Príncipe, y mandó que se obtuviera información acerca de lo que al Prelado se le acriminaba, y se le llevasen a Roma para que Su Santidad pronunciase la sentencia. Resultó de las diligencias del proceso que la acusación había sido calumniosa; y viendo el Rey que no tenía culpa el Obispo, le hizo trasladar por de pronto al castillo de Mazcuelos, cerca de Valladolid, para que desde allí pudiese gobernar su casa y hacienda, y por último hizo ponerle en libertad, mandándole que esperase hasta que le enviase a llamar.
Él, empero, no aguardó el llamamiento, antes por el contrario, partió en seguida, fue a besar las manos al Rey, y después de haber sido bien recibido en la corte y de haber estado en ella algunos días, marchó a descansar en su villa de Torrejón de Velasco.
En 1434 o 35, recordando D. Juan II los servicios hechos por D. Gutierre, le trasladó desde la silla sufragánea de Palencia a la metropolitana de Sevilla, en la cual sucedió a D. Juan de Luna.
En 1441 era del Consejo Real, y fue uno de los magnates que acudieron a la plaza de San Antolín en Medina del Campo, en la noche que con licencia del Rey huyeron de allí D. Álvaro de Luna y su hermano el Arzobispo de Toledo D. Juan de Cerezuela.
En la Pascua de 1443, siendo Arzobispo electo toledano, acompañó en Segovia al Príncipe de Asturias; y en octubre del mismo año fue a Toledo y consiguió que el Rey de Navarra y el Almirante, que a la sazón ocupaban la Ciudad Imperial, le diesen licencia para tomar posesión de la Sede Primada; quedando muy en la gracia del príncipe y de los Señores que le eran contrarios.
En aquel tiempo el Rey de Navarra y sus partidarios tenían a su disposición a D. Juan II, ocupadas sus fortalezas y detentadas sus rentas para hacer de ellas lo que les acomodaba. Algunos magnates del Reino se propusieron quitar al monarca castellano tan ominoso yugo, poniéndole en disposición de regir y gobernar por sí mismo sus estados: el Arzobispo de Toledo D. Gutierre se adhirió a ellos partiendo desde la villa de Alba de Tormes a Ávila a donde también habido ido el Príncipe heredero, convencido de la razón que asistía a los partidarios de D. Juan II. El Príncipe, acompañado del Primado, salió de Ávila acaudillando 5.000 hombres de armas y jinetes, y 4.000 infantes; y luego marcharon detrás y en contra de ellos, el Rey de Navarra y varios magnates de sus adictos, con 3.000 hombres de armas.
Unos y otros al cabo de pocos días asentaron sus reales en las orillas de una gran laguna cenagosa cerca de Pampliega, a pocas leguas de Burgos en el camino de Valladolid, teniendo en medio la laguna, de modo que sin gran trabajo no podían reunirse los de ambas partes.
Algún tiempo después de estar todos acampados, los partidarios de D. Juan II, viendo bajar por una cuesta 40 jinetes que al mando de García de Herrera, señor de Riaza, venían a reunirse con las tropas del Rey de Navarra, enviaron contra ellos al Conde de Alba con 150 caballos, y el navarro por su parte mandó a Fernando de Rojas y a Fernán López de Saldaña ir a proteger al señor de Riaza. El Conde de Alba desbarató la hueste de García de Herrera, y puso en fuga a Rojas y a Saldaña en dirección de la villa de Roa, haciéndolos sufrir grandes pérdidas en muertos y heridos. El Rey de Navarra, no pudiendo entonces dudar que las ventajas estaban por sus contrarios, se aprovechó de la oscuridad de la noche, y sigilosamente marchó a Palencia, en donde se encerró al salir el sol, no sin que la gente del Príncipe le persiguiese de cerca.
Entretanto, D. Juan II, habiendo conseguir salir de Portillo y entrar en Valladolid, recibió aquí la noticia de lo acaecido en Pampliega, y oyó los ruegos del mensajero, D. Lope, Obispo de Ávila, encaminados a que se pusiese al frente del ejército acaudillado por el Príncipe. Accedió D. Juan y pasó a la villa de Dueñas. Vinieron allí a su encuentro desde el campamento el Príncipe, el Condestable D. Alvaro de Luna, el Arzobispo de Toledo y otros Grandes, y le llevaron al Real de los sitiadores de Palencia. Esto bastó para deshacer la parcialidad del Rey de Navarra, que se volvió a su reino, mientras los magnates de su séquito fueron a fortalecer sus villas y a proveer de la necesario sus fortalezas.
En 1445, el Rey de Navarra volvió a entrar en Castilla por la parte de Atienza, acompañado de su hermano el infante D. Enrique, a la cabeza de 400 jinetes y 60 peones, con los cuales llegó hasta Olmedo, en donde D. Juan II le presentó la batalla, y le ganó la victoria. En este hecho de armas se halló el Prelado D. Gutierre Gomez al lado del monarca castellano y del regio estandarte.
Teniendo ya mas de 70 años enfermó en la villa de Talavera, en donde otorgó testamento el día 22 de febrero de 1446 y murió, según parece, a 4 de marzo del mismo año.
Fue depositado en la capilla mayor de la iglesia colegial de Santa María de Talavera, y en el año de 1486 o poco después fue trasladado al monasterio de San Leonardo, de la orden de San Jerónimo, en la Villa de Alba de Tormes.
Continuará
Fuente:
- “Historia de los templos de España”, de Gustavo Adolfo Bécquer y Juan de la Puerta Vizcaíno. 1857.
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