Historia de los templos de España: los arzobispos toledanos (XXXII)

D. Juan V, Martínez de Contreras

Desde 1422 hasta 1454.

Apenas había partido la comitiva fúnebre que desde Alcalá trasladaba a Toledo el cadáver del Arzobispo don Sancho de Rojas, el rey D. Juan interrogó a los que le acompañaban, acerca de quien merecía ocupar la Silla Toledana, y mandó que en el campo mismo en donde aún se hallaban dijese cada cual su opinión. Todos sin quedar uno designaron a D. Juan Martínez de Contreras, Deán de Toledo, persona muy docta, de loables costumbres, y que con universal aprobación había siempre ejercido cuantos cargos se le habían dado, contándose entre estos el de Vicario General en lo espiritual y temporal, desempeñado en tiempo del recién muerto Primado. A consecuencia de esto, recomendó el Rey su elección al Cabildo Toledano, y lo mismo hizo también su augusta esposa por medio de la siguiente carta:

Yo, la Reina de Castilla y de León envío este saludo a vosotros, el Cabildo de la Iglesia de Toledo, como a aquéllos de quien mucho me fio y para quien mucha honra y buena ventura querría. Bien sabéis de cómo rezo a Dios a cause de haberse llevado de esta presente vida a D. Sancho de Rojas, Arzobispo que fue de esa Iglesia y por la muerte del cual está vacante esta Iglesia y viuda de pastor y prelado. Y, por cuanto a mi, como Reina y Señora, me corresponde considerar y acatar el servicio de Dios y del Rey, vuestro Señor y mío, y (proveer) el buen gobierno y administración de esa Iglesia, por lo cual ha de ser elegida tal persona que cumpla con lo sobredicho, y por cuanto he sido informada que el Deán de esa Iglesia es tal persona, (considero) que guardará servicio de Dios y del Rey, vuestro Señor y mío, y (cuidará) bien de sus reinos, (además de que tengo entendido) que os ha placido a vosotros y os place. Además, porque estoy segura que al Rey Nuestro Señor y a mi nos placería que él tuviese esta dignidad, por lo que ya he dicho. Por ende, lo más afectuosamente que puedo os ruego que, por el servicio de Dios y provecho de esa Iglesia, y por servicio del Rey Nuestro Señor y mío, os ruego, de manera cordial, que el Cabildo elija y tome por vuestro Prelado y Pastor al dicho Deán, pues vosotros sabéis que es buena persona y adecuado para esta dignidad; os aseguro que me daríais con ello un gran placer y un señalado servicio. Dada en la villa de Illescas, 15 días de noviembre. Yo Juan Díaz de Oviedo la escribí por mandado de mi Señora la Reina. Yo la Reina.”

Convencido el Cabildo, no solo por la voluntad de don Juan II y el deseo de su real consorte, sino también y muy principalmente por los merecimientos del Deán, le eligieron por unanimidad para su Prelado, según se cree, el día 18 de noviembre de 1422.

Tardó bastante tiempo el Papa Martino V en confirmar esta elección a pesar de las instancias hechas al efecto por el Monarca de Castilla, apoyado por sus privados y amigos.

El año de 1423 se hallaba con el Rey en Simancas y asistía a sus Consejos. El Pontífice Martino V le escribió en las Nonas de enero de 1425, una carta recomendándole, como Primado de las Españas, vigilar y proveer sobre todo aquello que pudiera parecerle necesario y útil para el feliz estado de la Iglesia Romana, para el honor del Santo Padre y de la Sede Apostólica, y para la alabanza de Dios y la paz de los fieles cristianos.

En 1428 mandó Juan II a los magnates de su corte que marchasen todos a sus tierras excepto los Arzobispos de Toledo y de Santiago, el Almirante de Castilla, el Adelantado Pedro Manrique, el Conde de Castro y los Doctores Pedro Yáñez y Diego Rodríguez.

Asistió a las Cortes de Palencia convocadas en 1429.

El Papa Martino V expidió en 1430 una bula en que declaraba que la dignidad de Primado de las Españas equivalía a la de Patriarca, no habiendo entre ambas mas diferencia que en el nombre; que en la Capilla y Consistorio del Pontífice, en los concilios y actos públicos el Arzobispo de Toledo debía estar delante de los prelados que no fuesen patriarcas o electores del Imperio o primados más antiguos que él; y que podía llevar cruz levantada por todas partes según lo usaban los patriarcas.

En el año de 1431 acudió al Concilio de Basilea, en donde fue muy respetado y tuvo el primer lugar entre todos los arzobispos, como Patriarca y Primado de España. Parece ser que antes de 1424 había gozado de esta misma preeminencia en el Concilio de Pisa.

Murió el día 16 de setiembre de 1434 en Alcalá de Henares, desde donde fue trasladado a Toledo. Yace en la capilla de San Ildefonso en la Santa Iglesia Toledana.

D. Juan VI Cerezuela

Desde 1434 hasta 1442.

Para elegir sucesor de D. Juan Martínez de Contreras, se dividió el Cabildo Toledano en dos bandos, de los cuales uno estaba liderado por D. Vasco Ramírez de Guzmán, Arcediano de Toledo, y el otro por el Deán, Rui García de Villaquirán. No pudiendo ninguna de ellas obtener en la votación más de la mitad de los votos, el Rey recomendó la elección de D. Juan de Cerezuela, Arzobispo de Sevilla y hermano uterino del Condestable D. Álvaro de Luna. No se resistieron ni el Deán ni el Cabildo a la regia recomendación, y quedó electo prelado de Toledo D. Juan, por todos los votantes excepto por el Arcediano. Se cree que fue elegido antes del día 30 de octubre de 1434. Le confirmó el Papa Eugenio IV el día 8 de noviembre del mismo año.

Antes de ocupar la Sede de Sevilla había sido Obispo de Osma.

Asistió en Madrid a un solemne recibimiento hecho por D. Juan II a los embajadores del Rey de Francia.

En 1431, acompañó al Rey a la Guerra de Granada.

En 1435, el Monarca castellano encomendó a don Álvaro de Luna la educación de su hijo D. Enrique, Príncipe de Asturias; y el Condestable encargó al Arzobispo su hermano la guarda del Príncipe.

En 1437 presenció, aprobó y confirmó una concordia hecha entre los Reyes D. Juan de Castilla y don Alfonso de Aragón. También, en el mismo año, se halló en los desposorios de los Infantes D. Enrique y doña Blanca, celebrados en Alfaro.

En el año de 1441, el Almirante, el Conde de Benavente, Pedro de Quiñones y Rodrigo Manrique, partieron de Arévalo con gente de armas a talar las tierras del Condestable D. Álvaro de Luna y le retaron a combatir. D. Álvaro y su hermano el Arzobispo salieron a esperarlos en el camino, cerca de la villa de Casarrubios, donde estuvo a punto de darse la batalla. El Rey don Juan, al saberlo, envió, con objeto de que no se enfrentaran, a su halconero mayor Pedro de Carrilllo con cartas para el Condestable y el Almirante, mandando que no trabasen combate. Llegó el halconero a un olivar cercano a Maqueda, en el cual acampaba el Almirante, y entregó a éste las cartas reales, pero volvió a Ávila sin respuesta y huyendo, y lo hubiera pasado mal en el campamento de no haber sido librado del peligro por su amigo Pedro de Quiñónes. Viendo los que habían venido de Arévalo que, en vez de acometerlos D. Álvaro se había encerrado en Maqueda, que de allí no salía, y que D. Juan de Cerezuela se había metido en Illescas, marcharon a Fuensalida, Portillo y Novés, en donde acordaron que fuesen Pedro de Quiñones y Rodrigo Manrique con la mayor parte de la gente, a Casarrubios, y el Almirante y el Conde de Benavente con 200 jinetes a Toledo en donde se encontraba el Infante D. Enrique, Maestre de Santiago, primo de don Juan II, a quien a la sazón obedecía. Fueron recibidos con mucho placer por el rebelde Infante, y luego marcharon a Cedillo pueblo cercano a la villa de Illescas donde aún permanecía el Primado. Al mismo tiempo que éstos, llegaron cerca de Illescas, desde Casarrubios, don Pedro de Quiñones y Rodrigo Manrique. Reunidos unos y otros, acordaron hacer un reconocimiento sobre Illescas, en donde estaba con el Prelado Toledano el Adelantado de Carzorla Juan Carrillo al frente de 300 jinetes, y pasar enseguida a Valdemoro, villa del Arzobispado. Lo hicieron así, pasando dos horas a la vista de Illescas con sus filas en orden, y sin que nadie saliese de la población a hostilizarlos. Habiendo permanecido dos días en Valdemoro, partió de este pueblo D. Gabriel Manrique, Gobernador Mayor de Castilla, y reuniéndose con Iñigo López de Mendoza, que se hallaba en Guadalajara, fue a tomar la villa de Alcalá de Henares. Se apoderó con facilidad de las poblaciones abiertas; pero no de la fortaleza de Alcalá, que defendió muy bien su alcaide Velasco de Barrionuevo, hasta que por fin López de Mendoza logró rendirla y puso en ella por castellano a uno de sus amigos. El Infante quiso entonces apoderarse de Cedillo, y que el Almirante, el Conde, Pedro de Quiñones y Rodrigo Martínez entrasen en Nominchal y en Recas para interceptar así las provisiones a los que se hallaban en Illescas. El Primado, que tenía más de 500 caballos y muchos peones, avisado de que algunos de los que le acompañaban trataban de entregar al infante la plaza por una torre junto a la puerta de Ugena, y habiendo recibido cartas del Rey para que le acogiesen en Madrid, salió para esta villa el día 18 de marzo a “cuatro horas andadas” de la noche, llevando consigo toda su caballería, infantería y bagaje, y dejando al Adelantado Juan de Carrillo al frente de las guardias que había este puesto en el campo para que no se descubriese por los enemigos la partida del Prelado. No fue esta, sin embargo, tan secreta que no tuviese de ella noticia el Infante, el cual mandó luego perseguir a los fugitivos. Sabiéndolo el Arzobispo, al llegar junto a Getafe, por aviso que le trajeron algunos de los caballeros que habían quedado en el campo a las órdenes del Adelantado, mandó dejar allí el bagaje, y él con su gente entró en Madrid por la puerta de Toledo antes de rayar el alba, y se aposentó convenientemente en esta villa. Entretanto, el Infante tomó gran parte del bagaje y continuó persiguiendo al Arzobispo hasta junto a Madrid, desde donde, viendo que éste no aceptaba la batalla, dio la vuelta a Getafe y el Almirante y los otros caballeros que con él venían, fueron a alojarse en Leganés. Desde ambos pueblos pasaron los rebelados a la villa de Illescas, que tomaron pronto por rendición; y en ella, de orden del Infante, saquearon y vendieron en pública almoneda cuanto encontraron perteneciente al prelado y a sus adictos.

Algún tiempo después, hallándose el Rey en Medina del Campo, y sus contrarios cerca, fueron a auxiliarle el Condestable D. Álvaro, su hermano el Arzobispo y don Gutierre de Sotomayor con 1.600 hombres de armas y jinetes, y el día siguiente salieron de Medina contra los acampados enemigos. Una noche en que les tocaba vigilar al Condestable y al Primado, uno de los centinelas rompió el muro de la población, y por la brecha que hizo entraron el Rey de Navarra, el Almirante D. Fadrique, el Infante Maestre y mucha más gente de los sitiadores; se armó rápidamente de todas armas D. Juan II al saberlo, y , precedido del Alférez de la Vanda Juan de Silva con el estandarte real, y llevándole un paje la adarga, la lanza y la celafa, marchó a situarse en la plaza de San Antolín donde luego acudieron D. Álvaro de Luna y otros magnates, y después el Arzobispo D. Juan de Cerezuela con mil caballos. El monarca castellano dijo a D. Álvaro que “pues veía la villa entrada, se fuese”. Lo hizo el Condestable llevando consigo al Prelado su hermano y otros nobles caballeros; al salir de la villa se encontraron con los enemigos y rompiendo por medio de ellos pudieron pasar los que no fueron conocidos; y no pararon hasta Escalona. D. Juan II, ya en poder de sus enemigos y, naturalmente débil de carácter, se dejó persuadir por la Reina su esposa, el Rey de Navarra, el Infante rebelde, el Almirante y otros señores de aquella parcialidad, y sentenció a D. Álvaro de Luna, condenándole a que en seis años no pudiese entrar en la corte ni en otra parte, sino en ciertas villas suyas y que él y su hermano D. Juan de Cerezuela fuesen guardados por 50 hombres. Se retiró por esto el Primado a su villa de Talavera, donde enfermó y murió el día 3 o 4 de febrero de 1442.

Fue enterrado en la magnífica Capilla de Santiago, edificada en Toledo por su hermano D. Álvaro.

Continuará

Fuente:

  • “Historia de los templos de España”, de Gustavo Adolfo Bécquer y Juan de la Puerta Vizcaíno. 1857.

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