Historia de los templos de España: los arzobispos toledanos (XXXI)

D. Pedro V de Luna

Desde 1404 hasta 1414.

Estuvo vacante la Sede toledana hasta el año de 1404, en que el Papa Benedicto XIII nombró para ocuparla a su sobrino D. Pedro de Luna, administrador del obispado de Tolosa.

Era D. Pedro hijo de Juan Martínez de Luna y de Doña Teresa de Albornoz, sobrina del Cardenal D. Gil y tío del célebre y desgraciado Condestable D. Álvaro de Luna.

En el año de 1406 no había aún venido a Toledo y administraba el arzobispado D. Juan de Illescas, Obispo de Sigüenza.

En 1407 estaba ya consagrado de Arzobispo, y era su vicario D. Diego Núñez de Guzmán, Arcediano de Toledo, como consta por la confirmación de éste en el fuero de Alcalá, el día 11 de marzo.

El Rey Enrique III nunca quiso consentir que ocupase la silla de Toledo D. Pedro de Luna, pareciéndole no ser conveniente que el Papa confiriese la dignidad de Primado de las Españas a un sujeto que no era natural del reino de Castilla, pero muerto él, se consiguió fácilmente de la Reina y del Infante, Gobernadores de la Monarquía, el permiso para que viniese a regir su diócesis. Vino, pues, trayendo consigo a su sobrino D. Álvaro, y se halló con estos en una junta que tuvieron en Guadalajara, a principios del año de 1408.

En este año asistió en Perpiñán al Concilio convocado por el Papa Benedicto XIII, y en el cual se reunieron sobre 120 prelados de España y de Francia.

En 1412 se hallaba en la Corte romana acompañando a su tío el Sumo Pontífice Benedicto, y era Vicario General del Arzobispado el licenciado D. Juan Serrano, tesorero de la Santa Iglesia Toledana.

Murió en Guadalajara el día 18 de setiembre de 1414, y está sepultado en la capilla de Santiago, edificada por su sobrino, el Condestable D. Álvaro de Luna, o en la de San Ildefonso, en la catedral de Toledo.

D. Sancho III de Rojas

Desde 1415 hasta 1422.

Fue hijo de D. Juan Martínez de Rojas y de Doña Mencía de Leiva.

Siguió la carrera de las letras, en la cual se hizo tan eminente, que tanto por ésta como por otras buenas circunstancias que en él concurrían, le nombró la Corte Obispo de Palencia.

Fue a Aragón para tratar de que el Infante D. Fernando, que con la Reina Catalina ejercía la regencia de la Corona de Castilla, ocupase el trono de aquel reino.

Acompañó al mismo Regente en la guerra de Antequera, en la cual por haber con su hueste desalojado de un cerro a dos infantes moros que, situados en él, le defendían, fue nombrado Conde de Pernia por D. Fernando, con título espiritual y temporal.

Hizo en su Iglesia de Palencia obras magníficas, entre las cuales fue una la sillería del coro.

Declarado Rey de Aragón el Infante de Castilla don Fernando, y antes de ir a empuñar aquel cetro, nombró a don Sancho de Rojas para acompañar y ayudar a la Reina en su gobernación de la monarquía castellana.

Siendo aún Regente D. Sancho, escribió D. Fernando, antes Infante de Castilla y entonces ya Rey de Aragón, a la Reina Doña Catalina, pidiéndola la mano de la Infanta Doña María para su hijo primogénito D. Alfonso. Envió la Reina a la Infanta a la corte aragonesa acompañada de D. Sancho, de los Obispos de León y Mondoñedo, y de D. Juan Álvarez Osorio y D. Alonso Tenorio, adelantado de Cazorla. Llevó el Regente cartas de la Reina y de los Grandes de Castilla para el Papa Benedicto XIII, que a la sazón de hallaba en Valencia, en las cuales le suplicaban concediese la silla de Toledo, vacante por muerte de D. Pedro de Luna, a D. Sancho de Rojas, Obispo de Palencia y Gobernador del reino castellano.

El Pontífice, en vista de las cartas reales y del apoyo que a ellas dio el Rey D. Fernando, de buen grado accedió a lo suplicado. Celebradas las augustas bodas, volvió don Sancho a Castilla con los otros obispos y magnates que a Doña María habían ido acompañando; y después del 10 de junio de 1415, entró en posesión de la dignidad de Primado de las Españas.

Tuvo gran parte en ello su influencia con la Reina para que se continuara en Castilla acatando y obedeciendo, como Sumo Pontífice, a Clemente XIII, a pesar de haber pretendido lo contrario el Monarca de Aragón.

Muerta la Reina Doña Catalina, en 1º de junio de 1418, y habiéndose celebrado, por mediación del Primado, los desposorios entre el Rey D. Juan de Castilla y Doña María, hija del de Aragón, varios magnates castellanos, descontentos de la manera de gobernar del Arzobispo, que sin dar participación a ninguno de los Grandes, manejaba a su arbitrio la Monarquía, al mismo tiempo que recibía mercedes de la Reina aragonesa y tenía tanta influencia con aquella (a la sazón Regente de aquel reino por muerte de su esposo D. Fernando), y con las Infantas sus hijas, que nada hacían de alguna importancia sin consultarle; se quejaron de todo esto con el mayor sigilo a D. Juan II, suplicándole mandase que su Consejo se compusiese de prelados, caballeros, ricos-homes y letrados todos con voz y voto, y que se decidiesen sus votaciones por la mayoría de los votantes. En el año siguiente (1419) el Rey, habiendo alcanzado la mayoría de edad, quiso celebrar Consejo, y sabiéndose que don Ruy Lopez Dávalos se hallaba aquejado del mal de gota, fue a su casa con la excusa de visitarle, acompañado de sus primos los infantes, del Almirante, del Arzobispo Toledano y de otros Grandes Señores. Allí el Rey D. Juan manifestó ser su voluntad que compusiesen su Consejo los prelados, caballeros y letrados que en él se hallaban en tiempo de D. Enrique su padre y en el de las tutorías, con los mismos acostamientos que entonces disfrutaban, y que las Cartas Reales de dineros que de cualquier manera hubiese de dar el Rey se entregasen a D. Gutier Gómez de Toledo, Arcediano de Guadalajara, quien las mostraría en el Consejo a D. Sancho de Rojas, al Almirante D. Alonso Enríquez, al Condestable de Castilla don Ruy Lopez Dávalos, al Adelantado de León D. Pedro Manrique y a Juan Hurtado de Mendoza, Mayordomo Mayor del Rey, los cuales las darían a D. Gutierre Gómez, a fin de que éste las pusiese en manos del Monarca para que las librase. Se sorprendió en gran manera el Prelado Toledano de que nada de esto se le hubiese comunicado de antemano, pero, como hombre prudente, ocultó su sorpresa, y quedó a la mira del camino que tomarían tales innovaciones. Juan Hurtado de Mendoza, que tenía mucho valimiento con D. Juan II, impulsó a éste a determinar, como lo hizo, que cuando alguno o algunos de los cinco consejeros discordasen, se hiciese lo que el mayor número de ellos tuviese por conveniente. Entonces comprendió el Arzobispo que se había tratado de arrancar de entre sus manos el omnímodo poder que venía ejerciendo en los asuntos del Estado.

Poco después mandó el Rey que fuesen doce los consejeros, y que gobernasen de cuatro en cuatro por espacio de cuatro meses cada cuaternario de jueces. Los cuatro de estos que primero entraron en turno, fueron don Lope de Mendoza, Arzobispo de Santiago; D. Alonso Enríquez, Almirante de Castilla; Garci Fernández Manrique y Juan Hurtado de Mendoza; luego siguieron D. Sancho de Rojas, Arzobispo de Toledo; D. Fadrique, Conde de Trastámara; D. Ruy Lopez Dávalos y el Adelantado don Pedro Manrique; y, por último, D. Pedro de Stúñiga, don Pedro Ponce de León, D. Pero Afán Adelantado, don Diego Gómez de Sandoval y D. Gutierre Gómez de Toledo, Arcediano de Guadalajara.

Había entre los consejeros poca unión y mucha desconfianza recíproca; unos deseaban que estuviera cerca del Rey el Infante D. Juan, otros que D. Enrique, y los demás que ni uno ni otro. La mayor rivalidad se produjo, sin embargo, entre los Infantes D. Juan y don Pedro, procurando cada uno atraerse la mayor parte de los magnates. Esto afectó a la paz del Reino, dividiéndose en dos bandos y llegando hasta el extremo de tratar D. Enrique de prender a don Juan II, lo que habría conseguido si éste no hubiera huido a refugiarse en el castillo de Montalbán, en donde llegó a sitiarle el Infante. Les faltaron los víveres a los sitiados, y se vieron en la estrecha necesidad de comerse los caballos y de tener para ello que mandar D. Juan matar el mejor de los suyos. En tan terrible aprieto envió el Rey a pedir ayuda al Primado que estaba en Alcalá de Henares. D. Sancho, recibidas las Reales Cartas, juntó mucha gente para servir al monarca castellano. Con esta misma gente favoreció después al Infante don Juan, mas luego, viendo que iban mal sus hechos, pidió licencia y se volvió a su villa de Alcalá.

En 1422 envió D. Juan II a decir al Primado que viniese luego a la villa de Arévalo con el mayor número de gente que pudiese contra el Infante D. Enrique, Maestre de Santiago, opuesto a su regia autoridad. El Arzobispo, como gran enemigo y contrario a los designios del Maestre, obedeció con mucho gusto la orden real, pero sabiendo que debía pasar por cerca de los reales del Infante, no emprendió la marcha hacia Arévalo hasta que hubo reunido más de 1.000 hombres de armas. Con esto se pudo conseguir que se capitulase, que el Rey accediera a perdonar a los desobedientes y que éstos aceptaran retirarse y separarse, renunciando a sus intentos.

Murió D. Sancho de Rojas en Alcalá de Henares el día 24 de octubre del citado año 1422, estando don Juan II de montería en el Real de Manzanares. No se hicieron sus exequias hasta que vino el Rey, que las mandó celebrar con la mayor solemnidad. Llevándole a sepultar a Toledo en hombros de muchos caballeros, acompañó el Monarca al cadáver a pie hasta la puerta de la ciudad, y a caballo hasta a un cuarto de legua de ésta. Le siguieron hasta la Ciudad Imperial muchos nobles, parientes, amigos y criados suyos. Se cree que fue depositado en la capilla de San Eugenio en la Catedral Toledana, y después enterrado en su sepulcro de la capilla de San Pedro en la misma Iglesia.

Continuará

Fuente:

  • “Historia de los templos de España”, de Gustavo Adolfo Bécquer y Juan de la Puerta Vizcaíno. 1857.

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