Historia de los templos de España: los arzobispos toledanos (XXVII)
D. Jimeno de Luna
Desde 1327 hasta 1338.
Fue del ilustre linaje de los Lunas del reino de Aragón e hijo de D. Pedro Martínez de Luna.
Conmutó con el Infante Primado su arzobispado tarraconense por el toledano.
En enero de 1333 reunió un sínodo en Alcalá de Henares.
Asistió a las cortes de Valladolid y a las celebradas en Madrid.
Murió en Alcalá de Henares el día 16 de noviembre de 1338 y fue sepultado en la catedral de Toledo en la capilla de San Andrés.
D. Gil Álvarez de Albornoz
Desde 1339 hasta 1350
Nació en Cuenca y era hijo de Garci Álvarez de Albornoz “El Viejo” y de doña Teresa, hija de D. Gómez de Luna, perteneciente a la Casa Real de Aragón.
Fue preparado para la carrera eclesiástica desde su niñez. Su padre llegó incluso a hacerle vestir de clérigo desde que era un niño bien pequeño. Su madre, sin embargo, prefería que fuera seglar.
En su día se contaba que, viviendo aún en Cuenca, junto a la Iglesia Mayor, un día el pequeño Gil se cayó a la calle desde lo alto de su casa. Al enterarse su padre, éste le dijo a doña Teresa: “Pues no lo quisisteis, señora, dar a Dios, agora le ha hecho pedazos el diablo”. Lo cierto es que el niño no sufrió ninguna lesión en la caída. El propio Gil dio su milagrosa explicación de los hechos: “que una señora parecida a la de la Iglesia le había recogido entre sus brazos y le había llevado hasta abajo, por lo cual no se había hecho daño”.
Gil creció y se convirtió en un joven dotado para los estudios. Sus padres decidieron enviarle a la Universidad de Toulouse, en Francia, para que estudiara allí ambos derechos (canónico y civil). Por lo visto destacó en ambos, llegando a graduarse y adquiriendo la reputación de buen letrado.
A su regreso a España, sus padres ya habían fallecido, y por medio de su deudo D. Jimeno de Luna, Arzobispo de Toledo, obtuvo el arcedianato de Calatrava en la Santa Iglesia Primada.
Su labor como arcediano le dio buena fama y, como resultado, Alfonso XI decidió hacerle de su Consejo, surgiendo entre ambos una fuerte amistad, hasta el punto de que el monarca le rogó que aceptara ser elegido prelado de Toledo, elección que se produjo el 13 de agosto de 1449, tras permanecer la silla vacante por espacio de varios meses. Desde entonces, y siempre que le era posible, Alfonso XI optaba por acudir a las misas oficiadas por D. Gil en vez de a las de otros sacerdotes.
Tras ser elegido arzobispo, continuó perteneciendo D. Gil al Consejo Real y acompañó a Alfonso cuando, desde Sevilla, éste acudió a combatir a Ronda, Archidona y Antequera, tierras que además taló, siguiendo las estrategias bélicas de la época.
Estuvo presente en la batalla del Salado, recordada con gran solemnidad durante siglos por la Santa Iglesia de Toledo. Para aquella batalla, que supuso una gran victoria sobre los mahometanos que acababan de desembarcar procedentes de África, D. Gil había predicado la Santa Cruzada y el jubileo que, por tres meses, había concedido el papa a todos aquéllos que guerreasen bajo la enseña de la Cruz.
En 1343 Alfonso XI estuvo ocupado intentando conquistar Algeciras. En ese tiempo hizo que D. Gil le acompañase, lo cual le fue muy útil al monarca, pues, al quedarse sin dinero por culpa de los continuos esfuerzos bélicos, envió a D. Gil como mensajero al rey Felipe VI de Francia, al tiempo que mandó otros mensajeros al Papa y al rey de Portugal. D. Gil fue bien recibido por el rey francés, a quien convenció para que donara 50.000 florines para ayudar a los gastos militares de Alfonso XI.
El prestigio de D. Gil llevó a varios cardenales a proponerle como nuevo miembro del Sacro Colegio Cardenalicio. En diciembre de 1350, el día de la Expectación, el Papa Clemente VI le dio el capelo cardenalicio con título de San Clemente.
A consecuencia de todo ello, D. Gil se trasladó a la Curia Romana, dejando vacante la Silla Primada.
Continuará
Fuente:
- “Historia de los templos de España”, de Gustavo Adolfo Bécquer y Juan de la Puerta Vizcaíno. 1857.
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