Matando gatos a perdigonazos

“Colorina” era una gata confiada y cariñosa que vivía en la Calle del Instituto. Anoche se encontraba tendida en la calle, casi inmóvil, con la respiración entrecortada y una gran mancha de sangre en su cuello. Parecía haber sido atropellada o golpeada, como tantos otros gatos callejeros. De hecho, hace pocos días, otro gato fue atropellado justo en el mismo lugar, mientras que, meses atrás, unos cachorros fueron matados por unos albañiles, quienes intentaron también cargarse a la madre, que, malherida, consiguió salvarse y, poco a poco, recuperarse.
Pero volvamos a Colorina. Llamé a la Policía Local. La persona que me atendió, muy amable, me informó de la inexistencia de personal para estos casos: “Ya no tenemos veterinarios… ni hay recogida de perros ni nada” -me comentó sin dejar de disculparse y lamentarse por ello. Le agradecí su amabilidad y contacté con el servicio de urgencias de la clínica veterinaria a la que suelo acudir con mis gatos.
Recogí a la gata con mucho cuidado y la trasladé hasta la clínica, donde fue examinada y se le aplicó un sedante para que se tranquilizara. Tenía una pata inutilizada y no podía verse con claridad la herida del cuello de la que surgía la sangre. Tras realizar una radiografía se comprobó algo inesperado: en el cuerpo de la gata había un perdigón. Eso aclaraba muchas cosas. Al parecer, alguien había disparado contra la gata.
La gata pasó la noche en la clínica, donde se le aplicó calor y se le puso una vía. Tras un paro cardio-respiratorio, fue reanimada, pero no sirvió de nada. Poco después, un nuevo paro fue demasiado para ella. Murió a las 4 de la madrugada.
Al hilo de todo esto he recordado que, hace unos meses, un amigo me comentó haber visto a gente disparar, desde un coche, a un gato callejero. Ocurrió esto en la calle del Pozo Amargo, a la altura de la intersección con la callecita dedicada a Juan Bautista Monegro. Desgraciadamente, no pudo ver la matrícula. Todo ello me lleva a preguntarme si no hay por ahí algún sádico (o sádicos) que no tienen mejor entretenimiento que ir por ahí matando gatos a perdigonazos (lo que, por cierto, es un delito castigado por el Código Penal).
El caso es que ahora hay cuatro cachorros, hijos de “Colorina”, que aunque ya comen pienso y están destetados, aún iban a todas partes con su madre. Esperemos que sean capaces de salir adelante.
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