Historia de los templos de España: los arzobispos toledanos (XIX)

Don Raimundo I y las ambiciones de los arzobispos de Compostela y Braga

Desde 1125 hasta 1151.

Muerto D. Bernardo, el capítulo y los canónigos de la catedral eligieron como nuevo prelado a D. Raimundo, que había sido monje de Cluny, prebendado, y, después, Obispo de Osma y maestro de la reina doña Urraca. La elección fue aprobada por el monarca y por el Papa Honorio, sucesor de Calixto II.

Por aquel entonces trataba el arzobispo de Compostela de que la primacía pasase de Toledo a Santiago, creyendo que Alfonso VII, en agradecimiento por su constante apoyo, le ayudaría en su pretensión ante el Papa Honorio. Nada consiguió, como vemos en los siguientes textos, traducidos directamente de la carta escrita al efecto por los reyes y del breve de Su Santidad:

Traducción de la carta de los monarcas:

El Rey y la Reina al carísimo D. Diego, Arzobispo Compostelano y Legado de la Santa iglesia de Roma, que viva en Cristo. Sepa Vuestra Santidad que estamos ligados con un indisoluble vínculo de amistad; pero os decimos y amonestamos que en delante de ninguna manera perturbéis el honor de la Iglesia Toledana, que perturbado, tratasteis de disminuir o aniquilar desde hace mucho tiempo; para que la mencionada Iglesia no carezca de honor por intercesión de los vuestros (lo que Dios no quiera). Pasadlo bien.”

Traducción del breve pontificio:

Y por esta razón somos inducidos a querer conservar la honra de la noble y famosa Iglesia de Toledo, hija propia y especial de la Sede Apostólica. Por tanto, por el escrito del presente privilegio, por la Autoridad Apostólica establecemos que tenga la dignidad de Primado sobre todos los reinos de las Españas. Dado en San Juan de Letrán por mano de Américo, Diácono Cardenal y Canciller de la Santa Iglesia de Roma, a 29 de noviembre, indición 4ª, año de la Encarnación del Señor de 1126, el año 2º del Pontificado del Papa Honorio II.”

Poco después el prelado de Compostela pidió al Papa la Legacía de toda España; pero Su Santidad, lejos de acceder a tal petición, confirió esta dignidad al de Toledo.

Volviendo a D. Raimundo, había hablado éste en diversas ocasiones con Alfonso VII sobre la muchas y necesarias reformas que precisaba España, por lo que acordaron convocar un concilio en Palencia. El prelado, en calidad de Legado Apostólico y Arzobispo Primado, lo convocó y reunió el año de 1130. Se celebró a mitad de Cuaresma, hacia el día de Nuestra Señora, en Marzo, presidiendo el mismo D. Raimundo y asistiendo, entre otros, el conflictivo Arzobispo de Compostela, D. Diego Gelmírez; el de Braga, D. Pelay Menéndez; y otros muchos obispos.

En 1337, el de Compostela volvió a la carga, discutiendo con D. Raimundo por haber éste consagrado sin su licencia a D. Arias como Obispo de León, motivo por el cual el compostelano se quejó ante la Santa Sede.

En 1142, reconquistada por Alfonso VII la rebelada ciudad de Coria, D. Raimundo convirtió su mezquita en catedral, con la advocación de la Asunción, la misma de la Catedral Primada, y consagrando como obispo a un prebendado, y al parecer toledano, llamado D. Navarro.

Los arzobispos españoles se hallaban disgustados de tener que someterse a un arzobispo primado. No menos disgustado estaba don Raimundo por ver lo mal que llevaban la sujección a la Silla Toledana, por lo que fue a Roma a presentarse al nuevo Pontífice, Lucio II, para que nuevamente, y al igual que sus antecesores, confirmara el privilegio de la Primacía de Toledo. El Papa le recibió afectuosamente, y tras examinar los antecedentes llevados consigo por el arzobispo, accedió a su súplica, dándole, en marzo de 1144, el breve que deseaba y expidiendo en el mismo mes otro en que mandaba a todos los arzobispos y obispos de España que le prestaran la obediencia canónica y la reverencia debida a su calidad de Primado.

En 1145 D. Raimundo acudió ante el nuevo papa, Eugenio III, para querellarse contra D. Juan, Arzobispo de Braga, quien había desobedecido el mandato del anterior papa, Lucio, de venir a Toledo a dar obediencia a D. Raimundo como Primado. El plazo dado al efecto por el difunto Papa había expirado. Así pues, Eugenio envió un breve en el que ordenaba al bracarense cumplir lo mandado y que, de no obedecer o contestar en el término de tres meses, perdería la dignidad episcopal.

A pricipios de la cuaresma de 1147 acudió D. Raimundo al concilio general de Reims, en Francia, convocado por el Papa Eugenio III contra los errores de Gilberto Porretano, Obispo de Protois, a quien terminó convenciendo San Bernardo y a quien se le mandó retractarse públicamente.

Antes de regresar a España, fue a visitar la célebre abadía de San Dionio (Saint Denis), cerca de París. En una de sus capillas encontró una inscripción que afirmaba que allí estaba el cuerpo de San Eugenio I, Arzobispo de Toledo. Decidió D. Raimundo investigar la veracidad de esta información, y, habiéndosele facilitado antiguos oficios y testimonios que lo corroboraban, persuadió a Alfonso VII para que trajera a la Iglesia Primada de España alguna reliquia del santo, lo cual consiguió con el tiempo.

Ya en España, D. Raimundo se reencontró con otro viejo problema: los mozárabes toledanos no querían obedecerle ni regirse por sus órdenes y mandatos. Recurrió el arzobispo a Roma, de donde recibió respuesta, que traducida dice así:

Eugenio Obispo, siervo de los siervos de Dios, a los amados hijos, clerecía y pueblo de Toledo, salud y apostólica bendición. Qué gran crimen es el de la desobediencia, y con cuanta severidad ha de ser castigado, lo mostró el Creador de todas las cosas cuando castigó la desobediencia del primer hombre; y el linaje humano, puesto en el valle de lágrimas, lo experimenta. Porque nos ha sido dicho que ciertos hombres, que se llaman mozárabes, negando la obediencia al venerable hermano nuestro D. Raimundo Arzobispo de Toledo, reciben iglesias de manos de seglares; y, siguiendo su antigua costumbre en los sacramentos de las misas, en los divinos oficios, y en la corona de clérigos y vestiduras, presumen sentir de otra manera que siente la Silla Apostólica; mas, pues concedió el Señor a esta Santa Silla tanta autoridad, que lo que escribió en diversos tiempos por sana doctrina, conforme las costumbres de los fieles, hoy sea tenido por aceptado. Y lo que ella ha desechado hasta hoy quede por ineficaz; cuanto mas lo que por reverencia de la Fe Católica se sabe haber ordenado en los sacrificios de la misa y en los divinos oficios deba ser antepuesto a todo con suma honra, y del todo, de todos recibido con gran reverencia; mandamos por estos escritos, a todos vosotros, que estrechamente los amonestéis que de hoy mas no se atrevan a sentir otra cosa que lo que siente la Iglesia Católica en los sacrificios de las misas y en los otros divinos oficios; y que, dando la debida obediencia al sobredicho hermano nuestro, si es que quieren quedar en la provincia, reciban con reverencia sus preceptos y amonestaciones”.

D. Raimundo trató de completar la obra iniciada por don Bernardo de reemplazar al oficio gótico o mozárabe con el romano, por aquel entonces conocido en Castilla como rito galicano o francés. Con este fin ordenó a los que seguían el rito mozárabe que eligieran entre abandonar Toledo o adaptar sus ceremonias, corona y vestido a lo acostumbrado en la corte romana. Jamás pudo llevar a la práctica tal propósito.

En 1149, el Papa Eugenio escribió al Arzobispo de Braga un breve, cuya traducción es ésta:

Eugenio Obispo, siervo de los siervos de Dios, al venerable hermano Juan, Obispo de Braga, salud y apostólica bendición. Cuanta sea la virtud de la obediencia no lo ignora el que es discípulo de Cristo, como lo testifican todos los libros de la Sagrada Escritura; como ella sea el sabor de todas las otras virtudes, es cosa clara que es como vicio de agoreros el repugnar, y maldad de la idolatría no querer obedecer. No podemos del todo maravillarnos de ti, hermano, y juntamente nos dolemos, porque tienes en poco obedecer a los mandamientos de la Sede Apostólica, y que tan presto se haya caído de tu corazón el mandamiento, que de palabra te dimos, de que obedecieses al Arzobispo de Toledo como a Primado, según nos lo dan a entender las quejas de la misma Iglesia; y parece que te resistes como áspid sorda que cierra las orejas; pues no debe parecer cosa indigna que los súbditos se sujeten a los mayores, a ninguno que tiene quien le obedezca; y ojalá que se puedan hallar en ti aquellas cosas que pertenecen a la gloria de la virtud. Y dado que el menosprecio de tan grande desobediencia debiera ser purgado con mayor venganza, empero usando de la mansedumbre apostólica, mandando por los presentes escritos te obligamos que procures, hasta el Domingo de Ramos venidero, dar la debida obediencia al sobredicho Arzobispo; y esto con toda humildad y respeto; y si no, desde ahora para entonces, hasta que cumplas lo que tantas veces te hemos mandado, te suspendemos del oficio de Obispo. Dado en San Juan de Letran a 24 de las calendas de enero.”

El de Braga no tuvo más remedio que ceder en su obstinación y el 16 de mayo de 1150 vino a Toledo, y en el capitulo dio la debida obediencia al Primado D. Raimundo, en presencia de muchos obispos que asistieron al acto, entre los cuales se hallaron D. Bernardo de Sigüenza y D. Berenguer de Salamanca; y de las personas siguientes: D. Fernando, hijo de Alfonso VII, y que después fue rey; su ayo, el conde D. Fernando; D. Honorio, Obispo de Oporto, embajador de D. Alfonso Rey de Portugal, enviado para hacer las paces con el monarca de Castilla; D. Ordoño, canónigo de Braga; D. Melendo, canónigo regular del monasterio de Iglesillas, otro D. Melendo, del monasterio de Santa Cruz de Coimbra; y otros muchos caballeros, eclesiásticos y seglares.

Murió D. Raimundo el miércoles 30 de agosto de 1151, y fue enterrado en la capilla de San Andrés de la Santa Iglesia Catedral Primada.

Continuará

Fuente:

  • “Historia de los templos de España”, de Gustavo Adolfo Bécquer y Juan de la Puerta Vizcaíno. 1857.

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